Un día con Miguel de Unamuno en su destierro

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Un día con Miguel de Unamuno


Los de Hendaya hablan de Don Miguel

Don Miguel en la cama, donde se pasaba las mañanas leyendo y escribiendo

El hotel Broca de Hendaya, es una chalé limpio y tranquilo. Una agradable casita vasca.
En el piso bajo hay un pequeño bar en el que conversan sosegadamente, mientras beben a sorbitos su aperitivo, algunos buenos señores del pueblo.
En este bar entré yo al apearme del tren de España.
—¿Monsieur Unamuno? —le pregunté a la señora del mostrador
Don Miguel est sorti.
—Vers l’Espagne, déjà?
—Pas encore? Il se promène…Maintenant Don Miguel se promène le matin…
Mi interlocutora me explica que Don Miguel —le llama así, a la española: «Don Miguel» antes no salía de su cuarto hasta la hora de comer; se estaba allí leyendo y escribiendo; pero que en los últimos días se echa a callejear desde muy temprano.
—Quizás —apunta— es que la alegría de volver a España no le deja estar quieto. ¡Le tiene tanto cariño a su España!…Se vino a vivir aquí, a Hendaya, para ver siquiera tierra española, ya que no podía entrar en ella…
Uno de los parroquianos del bar, que está en un rincón, recostado en la pared, con la pipa entre los dientes, se incopora al escuchar esas palabras de la dueña.
—Y aún —exclama dirigiéndose a mi— le querían echar de nuestro pueblo.
Como le miro un poco sorprendido por su inesperada intervención, se levanta y viene hacia nosotros con su cachimba en la mano.
Es un gigantón de ojos azules y patillas rubias, con aire de marino.
—Señor —me dice, haciendome una inclinación de cabeza—, nosotros, los franceses,no tenemos por qué mezclarnos en los asuntos de ustedes, los españoles. Nosotros desde aquí, desde Hendaya, hemos contemplado las luchas interiores de la época de la Dictadura, sin pretender tomar partido, naturalmente; pero el día que hemos sabido que se quería que nuestro pueblo negara asilo a M. Unamuno, que se quería que le echáramos de entre nosotros, como si fuera un delincuente a ese gran español, que es honra no solo de vuestro país, sino de toda Europa, entonces créame que nos hemos sentido injuriados…¿Por qué se ha imaginado a nuestro pueblo capaz de una infamia así? ¡Echar a don Miguel de Unamuno! ¡Negarle el consuelo de ver a lo lejos la tierra de su patria!
El vehemente discurso del hombrachón ha congregado alrededor nuestro a otros parroquianos del bar y a algunos dependientes del hotel.
—Toda Hendaya —dice alguien—toda Hendaya con su Ayuntamiento y su alcalde a la cabeza, se opuso a la expulsión.
—¡La habríamos impedido a toda costa! —grita el gigante.
Un señor viejecito y menudo, de aire tímido, murmura a media voz:
—Por las tardes, yo, desde mi ventana, lo veía pasar a don Miguel con su garrota y su boina, la cabeza baja, dando zancadas… Luego, de pronto, se paraba en medio del campo frente a la tierra de España…
El viejecillo se calla, súbitamente intimidado por el silencio que se ha hecho a su alrededor.
—La miraba… La miraba… La miraba…
Aguardando a que don Miguel vuelva, me salgo a la calle y me pongo a pasear por delante del hotel.
Otra persona está paseando también, con el aire de esperar a alguien. Es un cura.
Yo, lo miro intrigado ¿Esperará a don Miguel?
Pero me dura poco la duda, porque el sacerdote, que es un navarro abierto y campechano, muy simpático, en seguida se me acerca y entabla conversación conmigo.
Efectivamente, espera a Unamuno de quien es amigo. Me dice que lo considera un hombre de un entendimiento extraordinario, de gran sabiduría y de una austeridad ejemplar. Y que encuentra justa su actitud política. Pero que le duele su falta de fe. Suspira.
—¿Qúe lástima que un hombre así sea incrédulo?
Yo, claro está, me quedo estupefacto.
—¿Que no tiene fe don Miguel?… ¿Dice usted que no tiene fe?… ¿Que es incrédulo Unamuno?…
La aparición de Unamuno mismo corta nuestro diálogo.
Llega de la calle de la Estación, trepando, rápido, ágil, por una pina calleja. Viene sin abrigo y sin sombrero, con su cayada en la mano, un poco inclinada la frente y bella cabeza blanca.
—¡Don Miguel!

«¡Esos chicos!»

Don Miguel en el modesto café de Hendaya, en el que tenía su terturlia, con el pintor Juan de Echevarría y el periodista Sánchez Ocaña

Alrededor de una mesita de este modesto comedor de fonda provinciana nos hemos sentado don Miguel, el sacerdote y yo.
Don Miguel está muy contento. El, siempre locuaz y expansivo, está hoy más locuaz que nunca. Mientras come con excelente apetito, con un apetito de buen vasco, fuerte y sano, habla…habla…
¡Que alegría que pueda volver a sonar su voz!
Habla de todo, de política, de literatura, de su vida en el destierro, de sus proyectos y sus esperanzas…
—¿Han visto ustedes esos chicos? ¿Eh? Esos chicos: los estudiantes… ¡Qué ejemplo!…¡Qué ejemplo!
La mirada, tan viva y tan joven, le brilla detrás de los cristales de las gafas. Y la voz le tiembla un poco.
—Esos chicos…¿Eh?
Nos mira risueño, satisfecho, con el aite de un buen papá, orgulloso de sus hijos.
—¡Siempre puse esperanza en ellos!…Yo sabía que ellos…
Calla un instante, absorto en no sé qué remembranzas de estos años de luchas y penas.
—Allá, en España, nunca se le olvidó, don Miguel. ¿Y aquí? ¿Como se han portado con usted las gentes? ¿Como lo ha pasado usted en estos casi seis años de destierro?
—Seis años hará que me sacaron de Salamanca —puntualiza don Miguel— el día 21 de este mes. Me sacaron de Salamanca el 21 de febrerode 1924; justamente el día en que se cumplía medio siglo del comienzo del bombardeo de Bilbao por los carlistas. La segunda bomba que tiraron cayó en la casa de al lado de la mía. Yo estaba en el mirador de mi casa, y la vi caer… Y a los cincuenta años justos de ser bombardeado por los carlistas…
Calla un instante, abstraido otra vez.
Luego sigue:
—Conmigo se han portado muy bien en todas partes. A Fuerteventura y a las buenas gentes de Fuerteventura nunca las olvidaré. Lo primero que haré al pisar la tierra de nuestra patria será envíar un telegrama a aquella querida isla.
En Francia me recibieron con los brazos abiertos. En París todas las personas que traté fueron amables conmigo. Sobre todo Herriot y los socialistas Renaudel y Joubaux.
Y aquí, en Hendaya no puedo decir lo cariñosos que han estado. Desde el alcalde y los concejales hasta el más humilde vecino, todos, todos, han sido para mi unos amigos leales, cordiales, valientes.
—Dice usted que va a telegrafiar a Fuerteventura en cuanto pise tierra de España… De modo que va a volver pronto…
—Sí. En seguida. No tengo fijada aún la fecha, pero pronto, muy pronto… Primero iré a Salamanca, y luego a Madrid… En seguida.

Don Miguel en la playa de Hendaya mirando la tierra española

Una partida de mus

Después de comer hemos estado en el «Gran Café», el café de la plaza de la República, en que don Miguel tiene su tertulia y… su partida de mus. Porque el autor de: Del sentimiento trágico de la Vida, es, como buen vasco, gran jugador de mus.
La partida la formaban esta tarde, además de don Miguel, el pintor Juan de Echevarría —que está pasando una temporada en San Sebastián y viene todos los días a ver a Unamuno— y dos comerciantes españoles dos simpáticos tipos guipuzcoanos.
Durante un rato he estado viéndoles tirarse a la cabeza esas frases incongruentes mediante las que se relacionan los jugadores de mus:
—Paso a la chica.
—Órdago a la grande.
—Una porque no.
—Pares, si.
—Juego,no.
Don Miguel pone tanta atención en estos diálogos absurdos, como si estuviera haciendo algo serio. He recordado al director de El Sol, el admirable «Heliófilo», también encarnizado jugador de mus, que se siente mucho más orgulloso de ganar un envite «a pares» que de su mejor charla.

Paseo

Cuando acabaron la partida don Miguel y yo nos fuimos a dar un paseo.
Unamuno, como Baroja, que ha recorrido a pie media España, y como Valle-Inclán, que una noche al frente de una tropa de bohemios, se fue andando de Madrid a Toledo, es un andarín formidable. Sano y vigoroso, a pesar de sus sesenta y tantos años, anda kilómetros y kilómetros por estos quebrados caminos vascos, sube, baja, salta tan ligero y tan firme como un mozo.
Y casi siempre sin abrigo y con la cabeza descubierta. Sólo cuando llueve mucho saca del bolsillo una vieja boina que lleva metida en él y se la pone. Y… sigue   caminando tranquilamente bajo el agua.
—Don Miguel —le dicen— que se va a poner malo…
Pero él mueve enérgicamente la cabeza.
—¿Malo? ¡No! ¡No!
Y repite muchas veces ¡No! ¡No! ¡No!, con tono indignado, como si eso de suponerle a él capaz de dejarse dominar por la enfermedad fuera una ofensa.
Durante largo rato, mientras marchábamos, don Miguel me ha ido hablando de política. Naturalmente, la política es, y más en estos momentos, su preocupación fundamental.
De cuando en cuando interrumpía su discurso, paraba en medio del camino, y descargando un fuerte golpe con su garrote, exclamaba:
—¿Borrón y cuenta nueva, no¡No! ¡No!
Era su estribillo, a todo lo largo de la charla.
—¡No! ¡No! «Borrón ycuenta nueva» ¡no! ¡No! ¡No!
Claro está que no debo repetir lo que él decía. En primer lugar, no tengo ni permiso, y en segundo lugar, Estampa, no es sitio adecuado para polémicas políticas.

El trabajo de seis años

De literatura también hemos hablado mucho.
—¿Ha trabajado usted bastante en estos años de expatriación?
—Sí. Bastante.
—En los periódicos, no.
—En los periódicos españoles, no. No he querido someterme a la censura. Yo no he escrito ni escribiré en los periódicos de España mientras no pueda hacerlo con libertad… Pero en periódicos extranjeros sí que he publicado… En periódicos franceses, alemanes, suizos, americanos.
—¿Y además de artículos en los periódicos, que ha hecho usted?
—Algunos libros: De Fuerteventura a París, un libro de versos… Romancero del destierro, otro libro de versos… Cómo se hace una novela, especie de memorias íntimas de mi vida en París, que se publicaron primero en el Mércure y que después he recogido en un volúmen… La agonía del cristianismo, ensayos, que apareció en francés y está traducido al inglés y al alemán, pero al castellano todavía no… Además he escrito tres obras teatrales. El otro, que la tiene la compañía de Rivelles. Tulio Montalbán y Julio Macedo, que la lleva esa compañia que ha formado Cipriano Rivas Cherif, y El hermano Juan, que no se la he dado a nadie aún…. También tengo escritas y sin publicar infinidad de poesías. Voy a reunir algunas en un tomo, que titularé Cancionero
—Últimamente —sigue— casi no he hecho más que teatro y versos… He hecho muchos, muchos versos…¡Muchos!
Y me recita algunos: interpretaciones líricas de lugares y de paisajes castellanos, como El Escorial, Fontiveros, Toledo, Ávila, El Duero, Salamanca… retratos de grandes castellanos: Cervantes, San Juan de la Cruz, Quevedo
Yo le escucho, sin acertar a decir nada, ganado por una honda emocion. ¡Cómo siente este gran vasco nuestra tierra y nuestras gentes de Castilla!…Y ¡qué angustia da imaginárselo hundido en un rincón de una café de Montparnasse, o encerrado en el cuartito de esta fonda de Hendaya, solo, pobre, perseguido, injuriado, volviéndose patéticamente hacia nuestro pais, hablando en voz baja, a hurto de los cuadrilleros que le vigilan, con Santa Teresa y con Cervantes!

¡Perdónenos usted, don Miguel!… ¡Perdónenos usted!


Artículo firmado por el periodista Vicente Sánchez Ocaña, de la revista Estampa, publicado en el número de 11 de Febrero de 1930.

Redaccion de HOJAS SUELTAS.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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