El verano que afloja

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18 de septiembre

El verano no termina: afloja.

Esta mañana, al abrir la ventana del estudio, no ha entrado la llamarada habitual, sino un aire casi fresco, todavía indeciso, con olor a tierra mojada aunque no hubiese llovido. Durante unos segundos he pensado que la ciudad había envejecido mientras yo dormía. Madrid seguía allí —los autobuses, un contenedor golpeado por el camión de la basura, una persiana que subía con estrépito—, pero se había desprendido de esa insolencia de agosto que convierte cada acera en una prueba de resistencia.

He apoyado los codos en el alféizar. La vecina del tercero regaba unas macetas exhaustas. Dos estudiantes arrastraban maletas hacia el metro. Enfrente, el camarero colocaba las mesas de la terraza con la parsimonia de quien sabe que pronto dejará de librar una batalla contra el sol. Todo parecía provisional: las mangas aún cortas, las primeras chaquetas sobre el brazo, las sandalias junto a los zapatos cerrados. Septiembre tiene algo de guardarropa mal organizado.

Yo también vivo así, entre prendas incompatibles.

Sobre la mesa permanecían las galeradas de un encargo que no lleva mi nombre y, al lado, un ejemplar de mi libro con tres notas adhesivas que tampoco sé interpretar. Una señala una errata; otra, una frase de la que me siento moderadamente orgulloso; la tercera no contiene nada. La pegué anoche, quizá para recordarme que incluso después de publicar quedan páginas en blanco, aunque estén impresas.

He intentado trabajar. El autor al que presto mi voz desea ahora que su personaje «suene más auténtico». No ha precisado si se refiere a la autenticidad del personaje o a la suya. Le he enviado dos párrafos y una pregunta. A los pocos minutos ha respondido: «Hazlo como tú veas». Esa frase es la forma más económica de contratar una conciencia ajena.

A media mañana me ha llamado Clara. Me ha propuesto comer en una terraza cerca del Conde Duque, aprovechando, ha dicho, «este indulto meteorológico». Desde que se trasladó al norte de Madrid, nuestras citas requieren una pequeña logística ferroviaria. Ya no aparece de improviso por Argüelles ni puede decirme que está a diez minutos, aunque a veces sospecho que la distancia le divierte: obliga a que nos elijamos con antelación.

La he encontrado bajo un toldo color crema. Llevaba una blusa azul, gafas de sol y un libro que no abrió. En la mesa había dejado una chaqueta fina, como una declaración de confianza en el porvenir.

—Tienes mejor cara —me ha dicho.

—Ha bajado la temperatura.

—Siempre encuentras una explicación atmosférica para no admitir una emoción.

He pedido una cerveza. Ella, agua con gas. A nuestro alrededor se mezclaban conversaciones de regreso: colegios, oficinas, dietas, obras en casa, propósitos que probablemente no llegarían a octubre. Un hombre aseguraba haber leído tres novelas durante las vacaciones; su acompañante parecía considerarlo una extravagancia íntima. En otra mesa, una mujer mostraba fotografías del mar en el teléfono. El camarero retiraba las sombrillas que ya no eran imprescindibles.

Clara me ha preguntado si seguían escribiéndome lectores. Desde la publicación recibo mensajes de personas que se sienten obligadas a contarme dónde compraron el libro, cuánto tardaron en leerlo y a qué pariente piensan prestárselo. Al principio respondía con una gratitud casi administrativa. Ahora procuro imaginar a cada lector en su casa, cerrando mi novela y volviendo a una vida que desconozco. Esa intimidad me conmueve y me incomoda. Ser leído es entrar en una habitación sin saber qué ropa lleva puesta quien nos abre.

—También han reaparecido algunos conocidos —he dicho.

Clara ha levantado la vista.

—¿Conocidos o lectoras antiguas?

No había reproche en su tono, solo una precisión demasiado precisa. He pensado en Alicia Ferrer, en su correo nocturno, en la clase de atención que no halaga, sino que descubre. Podría habérselo explicado. En cambio, he partido un trozo de pan y he contestado:

—Personas que recuerdan mejor que yo quién era.

—Eso no siempre es una ventaja.

Después hemos hablado de otras cosas. Clara sabe retirar una pregunta sin fingir que la olvida. Me ha contado los preparativos de otoño en la editorial, una colección que nadie sabe todavía cómo financiar y el entusiasmo de un autor joven convencido de que el mundo editorial conspira para impedir su éxito. Me ha preguntado si a los veinticinco años yo era así.

—Peor. Yo creía que el mundo conspiraba con talento.

Se ha reído. Durante unos minutos hemos sido los compañeros de universidad que podían pasar una tarde discutiendo si una mala novela contiene, pese a todo, una verdad sobre su época. Luego ha mencionado que en su casa hay una habitación pequeña que apenas utiliza. Lo ha dicho al hablar de unas estanterías, como quien deja una puerta entornada para que circule el aire.

—Podrías llevar allí algunos libros —ha añadido—. Solo los que ya no te caben.

He mirado la chaqueta doblada sobre la silla. He entendido que no hablábamos de libros.

—Mis libros se reproducen cuando los traslado —he contestado—. Sería peligroso.

Clara no ha insistido. Ha sonreído con una tristeza breve, casi educada, y ha pedido café. Mi cobardía suele vestir de ironía; por eso, a veces, incluso yo la confundo con inteligencia.

Al salir, hemos caminado sin rumbo. El cielo tenía nubes altas y una luz limpia que perfilaba los edificios. En una plaza, unos niños corrían alrededor de una fuente apagada; cerca, un anciano dormía con el periódico sobre el pecho. Pasó una bicicleta, sonó una persiana, alguien ensayaba escalas al piano detrás de una ventana. El final del verano reunía escenas que no parecían pertenecer a la misma estación: hojas secas en las aceras, turistas en pantalón corto, castañas anunciadas en un escaparate y una heladería todavía llena.

Quizá por eso me gusta este tiempo. No exige coherencia.

Nos hemos despedido en la entrada del metro. Clara me ha besado despacio y luego ha bajado las escaleras sin volverse. He sentido el impulso de llamarla, de decirle que llevaría unos libros a su casa, que podríamos probar, que una estantería no constituye todavía una convivencia. No lo he hecho. Cada cual tiene sus supersticiones: yo creo que ciertas frases, si se pronuncian antes de tiempo, se convierten en contratos.

He regresado andando a Argüelles. El calor comenzaba a recuperar terreno, pero ya no mandaba. En una librería de viejo he visto mi libro apoyado entre dos autores muertos. No estaba seguro de si aquello era una promoción o una advertencia. He entrado. El librero me ha reconocido, lo cual habría satisfecho alguna vanidad si no hubiese añadido:

—Usted estuvo aquí la semana pasada preguntando por Galdós, ¿verdad?

He dicho que sí. Me ha parecido una identidad bastante digna.

Ya en casa, he abierto de nuevo la ventana. Sobre Madrid caía una luz oblicua, dorada sin exceso, y por primera vez en semanas el estudio no parecía una celda térmica. He apartado las galeradas ajenas y he buscado un cuaderno. Antes de empezar esta página, he seleccionado cinco libros de los estantes: poesía, dos novelas, un ensayo y un diccionario etimológico que Clara jamás consultará.

Los he dejado en una caja pequeña junto a la puerta.

No sé si se los llevaré. Pero esta noche están ahí, y a veces la esperanza no es más que eso: preparar un equipaje que todavía no nos atrevemos a sacar de casa.

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