MITOS Y LEYENDAS DE LOS IK’HUE
Los presentes mitos y leyendas conforman el imaginario colectivo de la tribu de los Ik’hue, una nación norteamericana de carácter ficticio en la que se desarrolla la novela «Ik’hue – Lazos de sangre» (Verbum, 2024), obra del prolífico autor guipuzcoano Iñaki Sainz de Murieta.
EL DISFRAZ DEL COYOTE
Dicen los ancianos que no es fácil la vida del coyote, aunque lo parezca. Puede estar agotado, sediento y muerto de hambre, pero sigue caminando y aullando a las estrellas. Su espíritu es inquebrantable, como así debe ser el de todo bravo que se precie. Gracias a esto son capaces de solventar grandes problemas sin demasiado esfuerzo. Ese es uno de sus dones.
Cuentan que, un día, un coyote se encontró con un pavo que no paraba de correr de un lado para otro. Se bañaba en la tierra que él mismo había batido y se restregaba contra la corteza de los árboles tal y como lo haría un oso. Estaba desquiciado por algún motivo, pero se desconocía por qué. Aquello era todo un espectáculo y los demás animales que presenciaban la escena no podían parar de reír. Fueron esas mismas risas las que condujeron al coyote hasta allí. En su caso, el olor a sangre fresca no habría sido más eficaz de cara a despertar su interés. Ya se sabe que estos animales son muy amigos de las distracciones, porque es el momento perfecto para pegar un buen bocado y salir corriendo.
Sin embargo, como en esa ocasión el coyote estaba demasiado cansado, decidió que no intentaría cazarlo. Es más, intentaría que él mismo se tomase la molestia de cocinarse a sí mismo para saciar su apetito. Para ello, se disfrazó con el cráneo reseco de un ciervo macho que había por ahí tirado y se acercó hasta el orondo y escandaloso pájaro. Cualquier otro animal se habría dado cuenta del engaño, pero los pavos son una excepción en lo que respecta a la inteligencia. Pueden llegar a ser tan grandes como estúpidos.
—¡Hola, buen amigo! Veo que estás algo nervioso. ¿Te puedo ayudar?
—¡Quita de enmedio, raposo!
—¡Por supuesto! No es mi intención molestar. Corre tranquilo. Yo me quedo aquí pastando un poco de hierba.
—¡Ah! ¿Eres un ciervo? No te había reconocido. Tienes un aspecto raro.
—¿Acaso no ves mis astas? ¿Quién creías que era?
—Algún coyote sarnoso.
—¡Qué horror! ¿Has visto alguno?
—No y espero no hacerlo nunca.
—Bien dicho. Será lo mejor para todos.
—Supongo. Perdóname, pero tengo otras preocupaciones ahora mismo.
—Dime, ¿qué te pasa?
—Tengo algo entre las plumas del cuello que no me deja vivir.
—¡Hum! Quizá pueda ayudarte.
—¿Lo harías? Estoy desesperado.
—Déjame ver. Acércate. ¡Ajá!, mal asunto. Es lo que me imaginaba.
—¿Qué es?
—Garrapatas.
—¿Garrapatas? ¡Quítamelas!
—¡Quieto ahí! No es tan fácil. Saben esconderse muy bien y el collar de tu cuello es demasiado profuso. Habría que limpiarlo de plumas.
—¡Lo haré! ¿Me ayudarás?
—Por supuesto, pero quizá te haga algo de sangre al tirar de ellas.
—No me importa. ¡No aguanto más!
—También necesitaré un poco de tu tabaco, para honrar a los espíritus.
—¡Tenlo todo!
—Esto, a buen seguro, los complacerá. Acércate, buen amigo. Yo te ayudaré.
El pavo se puso entonces en manos del coyote. El hábil animal, después de fumar el tabaco que le había ofrecido el ave, le arrancó a mordiscos todas las plumas del cuello, lamiendo las heridas que con sus dientes a propósito le ocasionaba, olvidándose por completo de las garrapatas.
—¡Ay! ¿Consigues algo?
—¡Hum! Estoy en ello, pero…
—¿Qué pasa?
—Imaginaba que esto podía pasar.
—¿El qué?
—No quieren salir.
—¿Y no puedes hacer nada?
—Sí que puedo.
—¿Y a qué esperas?
—No es tan sencillo. Requiere de mucha medicina sagrada.
—¿Eres un brujo?
—No. Pero, si lo prefieres, puedo marcharme por donde he venido.
—¡No, no!
—De acuerdo. Te voy a explicar lo que debes hacer. Es necesario que construyas una cabaña de sudación siguiendo los ritos sagrados que te voy a explicar. Solo así te podrás librar de ellas.
—Te escucho.
—Lo primero que debes hacer es conseguir hierba dulce, menta y salvia blanca para la ceremonia. Sin una buena cantidad de ellas, no habrá humo suficiente que ofrendar y los espíritus de las garrapatas no quedarán complacidos. También necesitarás dos docenas de varas de sauce para la estructura. Tienen que ser largas y muy flexibles. Cuando tengas todo eso, vuelve aquí. Para entonces ya tendré el fuego sagrado preparado.
—Es mucho trabajo.
—Ya dice el castor que toda empresa que merece la pena requiere de tiempo y esfuerzo.
—Cierto. Llamaré a mis primos para que me ayuden y así terminamos antes.
—¡Buena idea!
—Dime, amable ciervo, ¿no hace falta nada más?
—Cantos rodados. Si son tan grandes como tú, diles a tus primos que traguen las piedras para que puedan traer muchas en sus pronunciados vientres.
—¿Ya está?
—Unas calabazas con agua fresca, y quizá más tabaco, por si acaso. Eso es todo. Ve y no pierdas tiempo.
No lo hizo. Para el atardecer, los pavos habían llevado todo lo que el coyote había pedido. Todavía tardaron algo más en construir la cabaña de sudación, pero lograron terminarla antes de que fuese noche cerrada. Mientras tanto, el coyote fumaba y meditaba su engaño. Su mayor preocupación era que no lo descubrieran antes de tiempo. Algunos animales del bosque empezaban a chismorrear y ya había tenido que comerse un ratón que había intentado alzar la voz.
—¡Ya está!
—Bien. Dejadme que inicie la ceremonia y luego, cuando yo os indique, quiero que paséis uno a uno, si es que alguno de vosotros tiene los mismos problemas que vuestro primo.
—¡Sí, sí! Oye, ¿qué le pasa a tus astas?
—¿Qué les pasa?
—Están como caídas.
—A veces me pasa. Es por culpa de las orejas. No pueden estar las cuatro mirando hacia arriba al mismo tiempo. No se llevan bien.
—¡Ah! Qué raro.
—¿Así mejor?
—Sí. Ya pareces un ciervo como los demás.
—¡Gracias! No esperaba menos.
Con el fuego ya listo y las piedras rusientes, el coyote no perdió el tiempo y comenzó a llenar de vapor aromático la cabaña. Era imposible ver nada.
—¡Pasa!
El primero de los pavos pasó y se sentó junto al fuego. El coyote lo observaba tranquilamente mientras fumaba. Pasado un rato, le pidió que se tumbase sobre las brasas hasta que dejase de sentir dolor. Así lo hizo el ave. Comenzó a perder su plumaje mientras el coyote aplastaba las garrapatas y los insectos que saltaban del interior del animal. ¡Clac, clac! Muertas. Haciéndole ver lo efectivo del tratamiento, le recordó que debía permanecer sobre las brasas hasta que dejase de sentir dolor. Así lo hizo. Más tarde le pidió que se pusiese del otro lado y finalmente que se sentase directamente sobre las brasas. Cuando terminó de asarse, el coyote lo devoró y repitió la jugada con varios pavos más, hasta que el último dio la voz de alarma, pero como tenía la tripa llena de piedras no pudo alzar el vuelo y el coyote también lo devoró.
Por eso es que ya casi no se ven pavos con plumas en el cuello, para evitar que algún astuto coyote los engañe otra vez, pero eso no quita que sigan sin poder volar, porque encontraron en las piedras una forma de matar el hambre y siempre que pueden se llenan la tripa de cantos rodados. Está claro que siguen sin ser los más listos, para alegría de muchos.
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