Amor por los libros o por la literatura

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Hay una diferencia incómoda, y a menudo deliberadamente borrada, entre amar los libros y amar la literatura. No siempre coinciden. Diría incluso que, en el estado actual del ecosistema editorial, conviene separarlas para pensar con claridad. El libro, en tanto objeto, mercancía, fetiche cultural y emblema de prestigio, puede ser amado por razones muy distintas a las que sostienen una verdadera relación con la literatura. La literatura, en cambio, no siempre necesita del entusiasmo sentimental que hoy rodea al libro como artículo de consumo refinado. Necesita tiempo, exigencia, lectura atenta, tradición crítica y una cierta incomodidad moral. Dicho de otro modo: no todo el que invoca su amor por los libros está defendiendo la literatura; a veces está defendiendo un mercado, una imagen de sí mismo o una nostalgia rentable.

A mí me interesa esa fractura porque en ella se juega buena parte de la confusión contemporánea. Vivimos rodeados de discursos que idealizan el libro mientras degradan las condiciones que hacen posible la literatura. Se multiplican los sellos, las colecciones, las estrategias de visibilidad, las promesas de publicación, los catálogos de urgencia, los simulacros de legitimación. Y, sin embargo, no siempre crece con ello una cultura literaria más sólida. Más bien observo una inflación del objeto libro y una fragilidad cada vez mayor del valor literario. Lo que se ensalza no es necesariamente la escritura, sino su circulación; no la lectura, sino la posesión; no la crítica, sino la exposición.

Conviene mirar de frente la diversidad de editoriales que hoy configuran este paisaje. Están, por supuesto, las grandes casas y los grupos que apuestan por autores comerciales. No hay en ello nada escandaloso por sí mismo. La literatura siempre ha convivido con el mercado, y sería ingenuo fingir lo contrario. Un editor no funda un negocio para perder dinero, ni una industria cultural puede sostenerse al margen de la rentabilidad. El problema empieza cuando la lógica comercial deja de ser una condición material y se convierte en el criterio último de valor. En ese momento, el catálogo deja de organizarse como una apuesta intelectual y pasa a gestionarse como un flujo de rendimiento. La pregunta deja de ser qué texto importa y pasa a ser qué texto rota mejor. La diferencia parece pequeña, pero transforma por completo el sentido del oficio editorial.

No tengo ninguna objeción simplista contra el éxito ni contra el lector amplio. Me parece, de hecho, una vulgaridad crítica despreciar todo lo que vende. La cuestión no es cuántos ejemplares se colocan, sino qué tipo de relación con la escritura se promueve. Hay libros de circulación masiva que conservan densidad verbal, ambición formal o inteligencia moral, y hay libros minúsculos, publicados con aire exquisito, que no son más que un artefacto de vanidad bien encuadernado. El error está en sustituir la evaluación literaria por un sistema de marcas simbólicas: lo comercial como sospecha automática, lo independiente como garantía automática. Ninguna de las dos cosas resiste un examen serio.

Precisamente por eso me interesa la situación de las editoriales independientes, tantas veces presentadas como reserva ética del sector. Algunas lo son. Algunas han sostenido, contra toda inercia del mercado, un trabajo de edición admirable: rescatan autores, traducen con rigor, construyen catálogo, defienden una idea de lectura no subordinada a la velocidad de la novedad. En ellas persiste una forma de responsabilidad cultural que merece respeto. Pero también conviene decir que la independencia, por sí sola, no santifica nada. El prestigio de lo pequeño se ha convertido a veces en una coartada. Bajo la retórica de la exquisitez puede esconderse una política de supervivencia que no siempre se distingue por su transparencia, y bajo la estética del cuidado puede latir una precariedad asumida como virtud casi teologal. Hay editoriales independientes que aman la literatura; otras aman la imagen de ser las que aman la literatura.

El punto más turbio, en cualquier caso, aparece en ese territorio donde la necesidad de publicar de los escritores noveles se cruza con empresas que explotan su deseo de legitimidad. Ahí la ética deja de ser una abstracción y adopta formas muy concretas. Me refiero a los sellos que exigen contraprestaciones, compra de ejemplares, desembolsos encubiertos o compromisos comerciales por parte del autor. Se aprovechan de una aspiración legítima —ser leído, existir en el espacio literario, ver el propio trabajo reconocido— para convertirla en fuente de ingreso. Y lo hacen, además, usando el lenguaje del acompañamiento cultural, de la apuesta personal, del sueño cumplido. No venden solamente un servicio: venden un relato de acceso. La publicación se presenta como consagración, cuando en realidad funciona como transacción asimétrica.

No creo que todo pago por servicios editoriales sea, por definición, fraudulento. Hay autores que eligen conscientemente contratar corrección, maquetación, impresión o distribución. Eso pertenece al ámbito de las decisiones privadas y puede hacerse con total honestidad. Lo criticable es la confusión interesada entre edición y prestación de servicios; entre selección literaria y oferta comercial; entre reconocimiento y compra. Cuando una empresa deja creer al autor que ha sido elegido por su valor, mientras organiza el negocio a partir de su ansiedad, no estamos ante una mediación cultural, sino ante una extracción de vulnerabilidad. El daño no es sólo económico. Es también simbólico: se falsea la idea misma de lo que significa publicar.

Más descarnado aún resulta el modelo de las falsas editoriales que operan como meras imprentas con retórica de gran distribuidora. Prometen inserción nacional e internacional, presencia en librerías, campañas, proyección, ecosistema, visibilidad. Saben perfectamente que el autor principiante no compra un proceso técnico, sino una expectativa de pertenencia. Compra la idea de entrar en “el mundo del libro”. Y ese mundo, precisamente por haberse convertido en un espacio saturado de signos externos —ferias, presentaciones, fotografías, redes, cubiertas, rankings, plataformas—, es cada vez más fácil de simular. Lo terrible de esta impostura no es sólo que se imprima mal o se distribuya poco; es que suplanta el juicio crítico por la producción material. Se da a entender que existir en soporte equivale a contar literariamente. Y no es verdad. Un libro puede estar perfectamente encuadernado y no haber llegado nunca a ser literatura.

Tampoco la llamada publicación directa del autor, facilitada por plataformas de venta en internet, escapa a esta ambivalencia. Tiene, sin duda, una dimensión democratizadora. Ha permitido que muchos textos circulen sin pasar por filtros arbitrarios, inercias gremiales o cerramientos corporativos. Ha dado salida a obras que quizá no habrían encontrado editor. Ha abierto un campo de experimentación. Pero también ha consolidado una ficción muy propia de nuestra época: la de que toda mediación es sospechosa y todo acceso directo es liberación. No siempre es así. La eliminación del editor puede suprimir un obstáculo, sí, pero también suprime una instancia de lectura, de corrección, de contraste, de exigencia. Y cuando esa supresión se combina con regalías ínfimas, dependencia algorítmica y sobreproducción infinita, lo que emerge no es una república de autores emancipados, sino una intemperie competitiva donde la visibilidad depende de mecanismos opacos.

En ese entorno, el libro se convierte con facilidad en contenido. Esa palabra, que parece inocua, me resulta reveladora. El contenido no pide duración, pide tráfico. No aspira a perdurar en una tradición de lectura, sino a circular con eficacia. La literatura, por el contrario, necesita resistencia: resistencia del lenguaje, del lector, del tiempo. Por eso sospecho de ese sentimentalismo tan repetido sobre “el amor a los libros”, cuando aparece desligado de las condiciones reales de producción y de lectura. A menudo funciona como una pantalla moral. Se dice que se ama el libro mientras se banaliza el trabajo de corrección, se empobrecen las traducciones, se acelera la cadencia de novedades, se desplaza el criterio estético por la métrica promocional y se empuja a los autores a convertirse en gestores permanentes de sí mismos.

A mí me parece significativo que, cuanto más se invoca el amor por los libros, más se precariza el tejido que sostiene la literatura. Libreros exhaustos, traductores mal pagados, correctores invisibles, editores sin margen, críticos arrinconados, suplementos culturales adelgazados, lectores atrapados en una economía de la recomendación instantánea. El libro goza de una enorme respetabilidad simbólica, pero esa respetabilidad no siempre se traduce en una defensa material de la vida literaria. Hay ahí una paradoja cruel: el prestigio cultural del libro sirve para ennoblecer un sistema que, en muchos de sus niveles, trabaja contra la lentitud, la discriminación estética y la conversación crítica que la literatura exige.

No digo esto desde una nostalgia reaccionaria por un pasado supuestamente más puro. El mundo editorial nunca fue inocente. Hubo siempre vanidades, abusos, jerarquías interesadas, modas, componendas y mediocridades premiadas. Pero hoy la mercantilización ya no se presenta como una condición externa con la que la literatura debe negociar, sino como el aire mismo del sistema. Y eso altera la sensibilidad común. Se acepta con naturalidad que el valor de un libro dependa de su rendimiento, que un catálogo sea legible como estrategia de posicionamiento, que un autor administre su presencia pública como una extensión de su escritura. Lo inquietante no es que ocurra, sino que haya dejado de parecernos problemático.

Llegados a este punto, regreso a la frase que suele usarse para justificar muchas perseverancias: existe un amor por los libros, un intento de continuismo, un amor por la literatura. La formulación me conmueve, pero no la doy por buena sin examen. El continuismo puede ser fidelidad o puede ser inercia. Se puede continuar por devoción a una tradición viva, o por incapacidad de pensar críticamente lo que se reproduce. Amar la literatura no consiste en mantener abierto cualquier circuito de publicación, sino en discernir qué prácticas la fortalecen y cuáles la vacían. No todo lo que conserva el libro conserva la literatura. Hay formas de continuidad que son, en realidad, administración del residuo.

Yo diría que amar la literatura hoy exige una voluntad de discriminación que puede resultar antipática. Exige distinguir entre editar y fabricar, entre leer y consumir, entre acompañar y captar clientes, entre ampliar el acceso y explotar el deseo de reconocimiento. Exige, además, asumir que el libro no es un bien inocente. Es un objeto cultural sometido a tensiones económicas, tecnológicas y simbólicas, y sólo una mirada deliberadamente ingenua puede convertirlo en refugio moral automático. El problema no es que el libro sea también mercancía; el problema es olvidar que, cuando sólo se lo trata como mercancía adornada de prestigio, la literatura retrocede.

Por eso, cuando oigo hablar del amor a los libros, me pregunto siempre qué se ama exactamente. ¿Se ama el objeto, la escena, la identidad lectora, la respetabilidad cultural que procura, la promesa de publicación, la sociabilidad literaria, el gesto de pertenencia? ¿O se ama de verdad esa experiencia menos exhibible y más ardua que consiste en leer y escribir bajo una exigencia de forma, de verdad verbal, de conflicto con uno mismo? Entre una cosa y otra media un abismo. Y quizá el rasgo más inquietante del presente sea precisamente la facilidad con que se disimula ese abismo bajo una retórica sentimental y bienintencionada.

Mi hipótesis crítica, provisional pero cada vez más firme, es ésta: cuanto más se expande socialmente el culto al libro como objeto de prestigio y autoafirmación, más necesario se vuelve defender la literatura como práctica de resistencia contra su conversión en simple mercancía cultural. Tal vez la tarea no consista en preguntarnos quién ama los libros, sino quién está dispuesto a sostener las condiciones —materiales, éticas y críticas— sin las cuales la literatura deja de ser una forma de conocimiento y se convierte apenas en un decorado del mercado.

© Anxo do Rego para LENTE CRÍTICA

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Narrador. Fundador, director y editor de la extinta editorial PG Ediciones. Actualmente asesora y colabora en las editoriales: Editorial Skytale y Aldo Ediciones, del Grupo Editorial Regina Exlibris. Director y redactor del diario cultural Hojas Sueltas. Fundador en 2014 de una de las primeras revistas digitales del género negro y policial «Solo Novela Negra». Participa en numerosas instituciones culturales. Su narrativa se sustenta principalmente en la novela policíaca con dieciséis títulos del comisario del CNP, Roberto H.C. como protagonista, aunque realiza incursiones en otros géneros literarios, tales como la ficción histórica, ciencia ficción, suspense y sentimentales. Mantiene su creatividad literaria con novelas, relatos, artículos, reseñas literarias y ensayos.

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