Don de lenguas, de Rosa Ribas (05)

En Don de lenguas encuentro una novela negra que trabaja a dos bandas: por un lado, el armazón clásico de una investigación criminal; por otro, una indagación en la textura moral de la Barcelona de posguerra. El cadáver de Mariona Sobrerroca —“blanca, rubia, carnosa y muerta”— no activa solo un caso policial: abre una grieta en una ciudad empeñada en exhibirse limpia, ordenada y devota a las puertas del Congreso Eucarístico de 1952. Ahí, precisamente, me parece que la novela acierta desde su arranque: entiende que, en el género negro, el crimen nunca es un hecho aislado, sino el síntoma de un sistema de complicidades, silencios y jerarquías.

El argumento sitúa en el centro a Ana Martí, joven periodista de La Vanguardia relegada en principio a la crónica de sociedad, que ve en este asesinato la posibilidad de entrar en asuntos menos ornamentales y más sustantivos. Su cruce con el inspector Isidro Castro, policía áspero y marcado por un pasado doloroso, genera una tensión muy reconocible dentro del género: la alianza incómoda entre quien busca la verdad desde los márgenes del poder y quien debe perseguirla desde dentro de una institución degradada. A esa pareja se suma Beatriz Noguer, filóloga y prima de Ana, cuya intervención a partir de unas cartas enigmáticas introduce un elemento singular: aquí el lenguaje no es solo vehículo del relato, sino una pista, un territorio de interpretación y una forma de conocimiento.

La localización, Barcelona, no funciona como simple decorado histórico. La ciudad aparece escindida entre la fachada oficial y sus bajos fondos morales: burguesía, funcionarios, policías violentos, vecindades vigilantes, prostitución, pequeños delincuentes, oportunistas de toda laya. Esa cartografía urbana enlaza con una de las grandes tradiciones de la novela negra: la de convertir la ciudad en un organismo enfermo que delata, en cada calle y en cada despacho, la hipocresía de un orden social. En ese sentido, la novela dialoga con la veta más crítica del género, la que va de Vázquez Montalbán a Andreu Martín, aunque su tono no sea el mismo. No hay aquí el sarcasmo ideológico ni la densidad ensayística de Carvalho, pero sí una voluntad semejante de leer la trama criminal como espejo de una sociedad corrompida. También veo una cercanía con la novela policíaca histórica contemporánea que ha sabido usar el pasado no como refugio pintoresco, sino como campo de conflicto moral.

Lo más interesante, a mi juicio, está en cómo el libro desplaza el centro de gravedad de la investigación. No se limita a la mecánica del enigma, aunque la administra con solvencia, sino que la enriquece con una mirada sobre el lugar de las mujeres en aquella España. Ana Martí no solo investiga un crimen: investiga desde una posición social subalterna, discutiendo con los límites que su tiempo le impone como periodista y como mujer. Su inteligencia no adopta la forma heroica del detective invulnerable, sino la del tanteo, la observación y la persistencia. Beatriz, por su parte, incorpora una dimensión menos habitual en la novela negra española: la erudición filológica como herramienta de desciframiento. No es un adorno culturalista, sino un recordatorio de que el poder también se escribe, se codifica y se encubre en los usos de la lengua.

Desde el punto de vista formal, la novela se sostiene sobre una estructura coral moderada, bien dosificada, que alterna investigación, reconstrucción del pasado inmediato y aparición paulatina de conexiones sociales. La voz narrativa privilegia la claridad expositiva y el ritmo por encima del virtuosismo. Eso le sienta bien al libro, porque evita que el aparato histórico o cultural ahogue la intriga. El lenguaje busca una reconstrucción de época verosímil, pero sin caer en el subrayado arqueológico ni en el exhibicionismo documental. Se nota un cuidado por el registro, por la diferenciación de hablas y por la inserción de matices sociales en los diálogos, algo particularmente valioso en una novela donde las palabras importan tanto como los hechos.

Diría, además, que el estilo narrativo destaca por su equilibrio entre agilidad y densidad ambiental. No es una prosa de fogonazo ni de frase sentenciosa, sino de avance sostenido, de observación precisa y de atmósfera bien administrada. A mí me interesa especialmente cómo maneja la información: no entrega grandes revelaciones de modo enfático, sino que deja que la verdad se vaya contaminando de contexto. Eso produce un efecto muy propio de la buena novela negra: cuanto más se aclara el caso, más turbio se vuelve el mundo que lo rodea.

En términos éticos, Don de lenguas acierta al no presentar la corrupción como una anomalía individual. Lo que aparece es una red donde confluyen intereses de clase, prestigio social, violencia institucional y control político del relato público. La cercanía del Congreso Eucarístico añade una capa muy fértil: la necesidad de ofrecer una imagen impoluta de la ciudad convierte el crimen en problema de propaganda antes que de justicia. Ahí la novela formula una pregunta incómoda y muy actual: qué hace una sociedad con aquello que mancha su relato oficial. El género negro, cuando funciona, obliga a mirar justamente ahí, en lo que el poder necesita ocultar para conservar su respetabilidad.

No me parece una novela interesada en la brutalidad como espectáculo, sino en las mediaciones del poder, en la relación entre lenguaje, verdad y encubrimiento. Por eso su lectura resulta más rica de lo que promete su premisa detectivesca. Bajo la pesquisa criminal late una reflexión sobre quién puede hablar, quién puede investigar y quién tiene autoridad para imponer una versión de los hechos. En esa tensión entre palabra y silencio, entre archivo y calle, entre prensa y policía, la novela encuentra su verdadero nervio.

Yo la recomendaría, sobre todo, a lectores del género que busquen algo más que una intriga eficaz: una novela negra de atmósfera histórica, conciencia social y sólida construcción narrativa, capaz de demostrar que en ocasiones resolver un crimen importa menos que entender el mundo que lo ha hecho posible.

PUNTO Y SEGUIDO – Marcos Gómez-Puertas

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