La fiesta de la insinificancia, de Milan Kundera

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Hay novelas que no se leen tanto por lo que cuentan como por la clase de mirada que nos enseñan a sostener. La fiesta de la insignificancia merece entrar en una sección como Por qué leer precisamente por eso: porque en sus páginas Milan Kundera vuelve a recordarme que la literatura no está obligada a competir con la realidad en densidad, dramatismo o gravedad, y que a veces la inteligencia narrativa consiste en rebajar el tono para decir mejor lo esencial. Es un libro breve, sí, pero nada menor: en su levedad hay una forma de conocimiento.

El argumento, en sentido estricto, es casi un pretexto. Un grupo de amigos parisinos —Alain, Ramon, Charles y Caliban— conversa, pasea, organiza un encuentro, encadena observaciones sobre el deseo, la edad, la vanidad y la representación de uno mismo. En paralelo, Kundera introduce una de esas derivas suyas que parecen caprichosas y acaban siendo centrales: la evocación de Stalin y sus chistes, la memoria deformada del poder, la comicidad siniestra de la Historia cuando se convierte en teatro. No hay aquí una progresión novelesca tradicional ni una intriga que avance hacia una resolución; lo que hay es una circulación de motivos, escenas y digresiones que terminan componiendo una meditación sobre la insignificancia como condición humana y, más aún, como posible sabiduría.

Eso explica que el verdadero interés del libro no esté en el “qué pasa”, sino en cómo Kundera organiza una forma narrativa que bordea constantemente el ensayo, la fábula y la conversación filosófica. Su voz sigue siendo inconfundible: una voz que no renuncia a pensar dentro de la novela y que, sin embargo, busca aquí una ligereza extrema, una especie de despojamiento final. Kundera no pretende crear personajes psicológicamente opacos o densos al modo realista; sus criaturas funcionan más bien como figuras de una partitura reflexiva. Esto, que para algunos lectores puede resultar una limitación, me parece una de sus mayores coherencias. Nunca ha sido un novelista del naturalismo, sino de la variación intelectual, de la ironía estructural, de la idea encarnada en escena.

La estructura responde a esa lógica. El libro avanza por fragmentos breves, por pequeños núcleos de conversación y observación que se espejan unos a otros. Todo parece leve, improvisado, casi casual, pero esa levedad está cuidadosamente construida. Kundera sabe muy bien que la dispersión sólo funciona cuando detrás hay una forma férrea. Por eso la novela produce una sensación curiosa: la de ser al mismo tiempo mínima y recapitulativa. En cierto modo, resume preocupaciones que atraviesan toda su obra —la risa, el kitsch, la identidad, la banalidad del poder, la fragilidad del yo moderno—, pero lo hace sin solemnidad testamentaria. Más que un balance, yo diría que es una coda: una pieza tardía en la que un autor ya no necesita demostrar nada y puede permitirse escribir desde la depuración.

También el lenguaje participa de ese programa. Kundera escribe aquí con una nitidez que rehúye el ornamento y desconfía de la retórica enfática. No busca deslumbrar por la frase, sino afinar el pensamiento narrativo mediante una prosa clara, irónica, a menudo aforística. Esa claridad no debe confundirse con simplicidad. Bajo el tono juguetón hay una precisión casi musical en la colocación de los temas y en el ritmo de las repeticiones. La comicidad, además, no sirve para aliviar la reflexión, sino para intensificarla. Ésa es una de las lecciones más finas del libro: hay verdades que sólo pueden decirse bien cuando se las aparta del gesto grave.

Leída en el conjunto de la trayectoria de Kundera, La fiesta de la insignificancia tiene un lugar singular. Es una novela tardía y, como tantas obras últimas, podría haberse entregado a la gravedad retrospectiva, al ajuste de cuentas o a la autointerpretación. Hace exactamente lo contrario. Frente a una época obsesionada con la importancia de todo —la visibilidad, la opinión, la identidad exhibida, la urgencia moral convertida a veces en pose—, Kundera propone una ética de la distancia. No una ética de la indiferencia, conviene matizarlo, sino de la desinflamación. La insignificancia no aparece como derrota del sentido, sino como correctivo contra la hipertrofia del ego y contra la necesidad contemporánea de convertir cada gesto en declaración trascendente.

Ahí es donde, a mi juicio, la novela encuentra su dimensión más fértil. Yo no la leo como una ocurrencia brillante ni como una miniatura menor dentro de una gran obra, sino como una defensa deliberada de la ironía frente a los fanatismos del sentido. Kundera sugiere que aceptar la insignificancia —la propia y la del mundo— puede ser una forma de lucidez. No se trata de relativizarlo todo, sino de sospechar de quienes no soportan la ambigüedad, el azar, el chiste, la inconsistencia fundamental de la vida social. En esa sospecha hay una posición literaria y también ética.

Por eso recomiendo leer este libro. No porque sea la novela más ambiciosa de Kundera, ni la más compleja, ni siquiera la más conmovedora, sino porque en su brevedad condensa una forma muy rara de inteligencia: la que sabe que la literatura puede pensar sin engolarse y sonreír sin volverse frívola. En tiempos de exceso verbal y de gravedad automática, La fiesta de la insignificancia sigue defendiendo algo poco frecuente: el derecho a la levedad cuando la levedad no es evasión, sino claridad.

PUNTO Y SEGUIDO – Beatriz Caso

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