Recomiendo leer El viaje de Baldassare porque pocas novelas contemporáneas consiguen convertir una peripecia histórica en una indagación moral tan viva sobre el miedo, la identidad y la convivencia entre culturas. Amin Maalouf, uno de los grandes narradores de la extranjería y de las fronteras, encuentra aquí una de sus formas más persuasivas: la de una narración que avanza como novela de aventuras, pero que en realidad trabaja sobre una pregunta muy actual, incluso hoy, cuando seguimos reaccionando al desastre con superstición, repliegue y pánico. Volver a este libro es volver a una ficción que no busca tranquilizar al lector, sino afinar su mirada.
La novela arranca en 1666, fecha cargada de presagios apocalípticos. Baldassare Embriaco, mercader de libros y antigüedades, descendiente de genoveses instalado en el Levante, oye hablar de un volumen raro que podría proteger a quien lo posea del inminente fin de los tiempos. Esa búsqueda del libro desencadena un viaje por el Mediterráneo y más allá, desde el mundo levantino hasta Londres, en un itinerario donde se cruzan puertos, credos, lenguas, negocios, intrigas y afectos. Lo importante, sin embargo, no es tanto el objeto perseguido como la transformación del que persigue. A medida que Baldassare avanza, comprende que viaja menos hacia una salvación exterior que hacia el desengaño de sus propias certidumbres.
Eso es lo primero que, a mi juicio, distingue a Maalouf de otros novelistas de asunto histórico: no utiliza el pasado como decorado erudito, sino como laboratorio moral. En El viaje de Baldassare el año 1666 no aparece sólo como un dato cronológico pintoresco, sino como condensación de una ansiedad colectiva. El miedo al fin del mundo activa conductas reconocibles: el fanatismo, la credulidad, la violencia contra el diferente, la necesidad de aferrarse a objetos o signos capaces de conjurar la incertidumbre. Leída hoy, la novela conserva una extraña nitidez porque entiende algo muy profundo: que los seres humanos, cuando sienten amenazado su horizonte, suelen preferir el consuelo del relato absoluto antes que la intemperie de la duda.
Formalmente, el libro se sostiene sobre una voz en primera persona que me parece una de sus mayores virtudes. Baldassare narra desde una conciencia inteligente, escéptica, vulnerable, y ese equilibrio evita dos riesgos frecuentes: el heroísmo enfático y la solemnidad filosófica. No habla como un protagonista excepcional, sino como un hombre cultivado al que la experiencia va obligando a revisar sus ideas. Esa modulación de la voz vuelve creíble el relato y permite que la reflexión surja de la peripecia, no al revés. Maalouf sabe que una novela de pensamiento sólo funciona cuando antes ha conquistado un ritmo narrativo.
La estructura, próxima al cuaderno de viaje y al relato de etapas, favorece ese movimiento. Cada escala introduce un matiz distinto en la relación entre Oriente y Occidente, comercio y fe, arraigo y desplazamiento. No estamos ante una novela cerrada sobre un solo conflicto, sino ante una cadena de encuentros y pérdidas que van decantando un sentido. Hay en ello una tradición reconocible: la del viaje como forma de conocimiento. Pero Maalouf la actualiza al despojarla de cualquier ilusión de totalidad. Baldassare no regresa con una verdad redonda, sino con una conciencia más compleja de la fragilidad humana.
También el lenguaje responde a esa apuesta. La prosa de Maalouf, al menos en esta novela, rehúye el barroquismo y prefiere la claridad. No busca deslumbrar por densidad retórica, sino por precisión narrativa y limpieza reflexiva. A mí me interesa especialmente esa sobriedad, porque encaja con el núcleo ético del libro: sólo una lengua sin exhibicionismo puede hacerse cargo de la mezcla, del tránsito y de la ambigüedad sin falsearlos. La novela está escrita desde una elegancia serena que deja espacio a la experiencia del lector.
En el contexto de la obra de Maalouf, El viaje de Baldassare ocupa un lugar muy significativo. Sus libros han insistido una y otra vez en las identidades múltiples, en las memorias cruzadas del Mediterráneo y en la necesidad de pensar la pertenencia sin caer en la exclusión. Aquí esos temas no aparecen formulados como tesis, sino encarnados en una ficción donde ser extranjero no es una anomalía, sino una condición humana básica. Por eso la novela posee una dimensión ética tan poderosa: defiende, sin didactismo, el derecho a no quedar encerrado en una sola adscripción, a vivir entre mundos sin ser castigado por ello.
Yo leería El viaje de Baldassare, en última instancia, por esa lección de fondo. Bajo la apariencia de novela histórica y de aventuras, Maalouf compone una meditación sobre la intemperie. Nos recuerda que ni los libros milagrosos ni los discursos redentores nos libran del miedo, pero sí puede salvarnos una forma de lucidez: la que acepta la complejidad del mundo, la mezcla de los orígenes y la dignidad del que atraviesa fronteras sin renunciar a sí mismo. No es una novela para buscar respuestas tajantes, sino para aprender a desconfiar de ellas. Y justamente por eso sigue siendo tan necesaria.
© Valentín Castro



