Voces de Chernóbil| , de Svetlana Aleksiévich

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ATLAS LITERARIO – LITERATURA DEL SILENCIO

Lo innombrable: trauma, violencia y memoria  – Narrar sin poder contar

Europa traducida: Voces de Chernóbil – Svetlana Aleksiévich (Debate, 2015).


Hay libros que no se leen tanto como se escuchan. Voces de Chernóbil pertenece a esa clase rara de obras en las que la literatura no comparece para ordenar el caos, sino para dejarlo hablar sin domesticarlo del todo. Yo no la leo como una crónica del desastre ni como un repertorio de testimonios sobre la catástrofe nuclear: la leo, ante todo, como una investigación radical sobre los límites de la voz cuando la experiencia ha rebasado el lenguaje disponible. En ese sentido, el silencio no aparece aquí como ausencia, sino como materia misma del libro. Todo en Aleksiévich parece escrito contra la falsa elocuencia con que los Estados, la propaganda o incluso la información periodística suelen cubrir el dolor colectivo.

Lo primero que me interesa de esta obra es su forma. Se ha dicho muchas veces que Aleksiévich practica una escritura polifónica, pero conviene no quedarse en la etiqueta. La polifonía, en Voces de Chernóbil, no consiste simplemente en reunir muchas voces; consiste en construir una arquitectura de resonancias, repeticiones, interrupciones y huecos donde cada testimonio parece responder a otro sin haberlo oído. No hay aquí una narración soberana que jerarquice el material ni una conciencia autora que aspire a sintetizarlo todo. La escritora actúa más bien como una montadora de intensidades verbales. Escucha, selecciona, dispone. Y esa disposición importa tanto como las palabras pronunciadas. El libro avanza por acumulación, pero no por saturación: cada intervención abre una grieta nueva en la percepción del lector.

Esa estructura coral remite, en efecto, a una tragedia, aunque no en el sentido ornamental de la comparación culta. Lo trágico no está solo en el destino fatal de quienes atraviesan la irradiación, la enfermedad o la pérdida, sino en la imposibilidad de inscribir esa experiencia en un marco de sentido compartido. En la tragedia clásica, el coro daba forma colectiva al espanto; aquí, en cambio, la comunidad aparece rota, contaminada también en el plano moral y simbólico. Nadie sabe del todo cómo nombrar lo ocurrido porque lo ocurrido ha destruido precisamente las condiciones de nombrarlo. De ahí que muchas voces vacilen, rodeen el núcleo de la experiencia, se contradigan o se refugien en imágenes domésticas, casi mínimas. El horror entra por los utensilios, por el cuerpo cotidiano, por las frases dichas al salir de casa. Aleksiévich comprende algo decisivo: que la devastación histórica solo se vuelve inteligible cuando afecta a la sintaxis de la vida ordinaria.

Por eso su lenguaje no persigue la brillantez. Lo notable es la contención. Incluso cuando el material testimonial podría empujar hacia lo espectacular, la autora rehuye cualquier tentación de subrayado patético. La emoción llega, precisamente, porque no se la fuerza. Yo diría que uno de los mayores logros del libro reside en esa negativa a convertir el sufrimiento en espectáculo moral. Aleksiévich sabe que hay una obscenidad posible en toda representación del daño, y escribe contra ella. Deja que la lengua tropiece, que la memoria se repita, que aparezcan frases incompletas o asociaciones aparentemente laterales. Ese tartamudeo no es defecto: es forma. En una literatura menos exigente, el silencio sería un efecto dramático; aquí es un dato epistemológico. Hay cosas que no se pueden decir de una vez, ni del todo, ni quizá nunca. La autora no corrige ese límite: lo incorpora.

Desde ahí, Voces de Chernóbil ocupa un lugar singular en la literatura contemporánea. No es novela, aunque tenga una poderosa construcción formal; no es reportaje, aunque proceda de la escucha periodística; no es ensayo, aunque produzca una meditación moral de gran alcance. Esa condición híbrida explica parte de su fuerza. Aleksiévich trabaja en una zona en la que los géneros tradicionales resultan insuficientes para captar la experiencia postsoviética y, más en general, la experiencia moderna del desastre tecnológico. Chernóbil no fue solo un accidente nuclear: fue también la quiebra de un lenguaje político, de una fe en el progreso, de una gramática heroica heredada del siglo XX. Las voces del libro hablan desde ese derrumbe. Lo que cuentan no es únicamente lo que pasó, sino el modo en que la realidad dejó de corresponderse con las palabras que tenían para entenderla.

En ese punto el libro adquiere una dimensión ética muy precisa. Aleksiévich no se limita a “dar voz” a los silenciados, fórmula que me parece siempre algo complaciente. Más bien nos obliga a interrogarnos sobre las condiciones de escucha. ¿Qué estamos dispuestos a oír cuando el testimonio no encaja en los relatos tranquilizadores de la historia, la nación o la reparación? La lectura incomoda porque no ofrece la distancia higiénica del documento cerrado. Tampoco permite el consuelo de una denuncia unívoca. El poder soviético, por supuesto, atraviesa el libro como maquinaria de ocultación y deshumanización, pero la autora es demasiado compleja para reducir el mal a una abstracción ideológica. Lo que aparece es algo más perturbador: una cultura entera habituada a sacrificar cuerpos concretos en nombre de relatos grandiosos. En ese sentido, Chernóbil no es solo un episodio histórico; es una forma extrema de visibilizar una lógica de silenciamiento profundamente moderna.

Yo encuentro aquí una afinidad con ciertas escrituras europeas del trauma que desconfían de la narración cerrada y de la retórica testimonial más evidente. Pero Aleksiévich introduce un matiz decisivo: no escribe desde la interioridad solitaria ni desde la depuración minimalista, sino desde una coralidad rota. Sus personajes hablan como pueden, y esa precariedad verbal compone una verdad más incisiva que cualquier relato total. La literatura del silencio, en este caso, no se funda en callar mucho, sino en mostrar cómo toda palabra nace ya herida por lo que no alcanza a decir.

Quizá por eso Voces de Chernóbil sigue siendo un libro tan incómodo. No convierte el desastre en lección, ni el sufrimiento en capital simbólico, ni el testimonio en ceremonia de reparación. Nos deja ante una evidencia más áspera: hay experiencias que desbaratan la relación entre lenguaje, memoria y mundo, y la tarea de la literatura no es restaurarla con premura, sino sostener esa fractura sin traicionarla. Mi hipótesis es que ahí reside la verdadera radicalidad del libro: no en contar lo indecible, sino en hacernos ver que una parte de la verdad solo comparece cuando el discurso acepta su propia insuficiencia.

PUNTO Y SEGUIDO – Susana Diéguez para ATLAS LITERARIO

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