Premio Minotauro 2025
En el siglo XXII se han popularizado los cruceros vacacionales entre la Tierra, Marte y Júpiter. A bordo del SC Schettino, de la compañía Starliner Cruises, Durga Deckett, Jefa de Seguridad, ha de resolver un nuevo caso: el homicidio de la fastuosa, increíble, famosa y soberbia Condesa Planck -así la conocen en todos los Nodos Sociales-, multimillonaria e influencer con innumerables seguidores.
Su mejor pista es, al mismo tiempo, testigo y sospechoso: el lovebot de la difunta, Hermes Lagrange, un humanoide artificial para el placer creado por Bionic Entertainment, la empresa líder en el mercado de la biónica y la Inteligencia Artificial.
Lo que parecía ser un viaje rutinario, como tantos otros, se convierte para Durga en otro viaje, más personal. Un viaje de descubrimiento, de desvelamiento de lo que, durante toda su vida, ha creído que sustentaba su existencia, al hilo de la investigación por la muerte de la mujer más famosa de todo el Sistema Solar.
En ese viaje, Hermes será su guía y, para su sorpresa, mucho más.
Sobre el Autor:
Sabino Cabeza Abuín nació en Sevilla en 1965. Tras varias paradas en Salamanca, Murcia, León y Valencia, recaló en Zaragoza, donde reside desde hace veinte años. Es oficial del Ejército del Aire, Licenciado en Psicología por la Universidad de Valencia, y ejerce de Psicoanalista en la ciudad del Ebro.
Su querencia por la ciencia ficción y la fantasía viene de lejos. Aún conserva su primer ejemplar de Veinte mil leguas de viaje submarino, y la colección de Acervo «Antología de Novelas de Anticipación» (que hurtó a su padre sin que se enterara), en la que conoció a Poul Anderson, Ray Bradbury, Philip K. Dick, Domingo Santos o José María Aroca.
De aquellos tiempos son también sus primeros intentos de escritura, cuando imitaba a sus admirados Julio Verne o Tolkien. Sus influencias son incontables, aunque destaca a Ursula K. Le Guin y Terry Pratchett de entre la larga lista.
A sus padres debe no solo la afición a la lectura, sino también su atracción por la Astronomía. Recuerda ver junto a su madre, en el verano de 1982, todos los capítulos de «Cosmos», por lo que también se declara deudor de Carl Sagan por los tiempos de los tiempos, culpable de inocularle la fascinación por los misterios del universo.
No ha dejado de escribir desde entonces, y no ha dejado de aprender desde entonces. Considera que los años te dan historia y perspectiva. Pero también que la imaginación necesita ser encendida en la niñez, y confiesa haber tenido la buena suerte de nacer en un hogar donde justamente eso le fue dado: imaginar.
© Minotauro