La literatura un crimen sin castigo

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La literatura es un crimen sin castigo. No hay otra forma de decirlo. Cuando escribes, no sólo construyes mundos: los destruyes. Asesinas personajes sin juicio, robas almas ajenas con premeditación, y lo haces con la impunidad gloriosa de quien tiene una coartada artística. Y lo peor —o lo mejor, según cómo se mire— es que el lector no sólo lo permite: lo celebra. Te aplaude. Te paga. Te agradece.

Porque escribir no es un acto inocente. Es diseccionar vidas, desmembrar emociones, desfigurar verdades y manipular el tiempo como un dios borracho. Es entrometerse en lo íntimo, lo sagrado, lo sucio. El escritor no pide permiso: invade. Se infiltra en las mentes de los vivos y de los muertos, se apropia de sus voces y las arroja al papel como quien lanza cadáveres al río.

Matar en literatura no duele. No hay sangre real, pero hay heridas que el lector carga durante años. Y ahí está la trampa: el lector quiere ser herido. Le das una tragedia bien escrita y la devora con placer. Le arrebatas un personaje que amó y lo llamas “arco narrativo”. Lo traicionas en cada página y él, masoquista fiel, vuelve por más.

¿Y el robo? Oh, el robo es constante. El escritor hurta experiencias ajenas, fragmentos de conversaciones, gestos robados en un café, traumas heredados y secretos que ni siquiera él sabe que está contando. No hay originalidad pura: hay saqueo elegante. Tomamos lo que sirve, lo deformamos, lo elevamos o lo ensuciamos, y lo firmamos con nuestro nombre. Ladrones bendecidos por la crítica literaria.

Pero este crimen tiene su código. No es gratuito: se paga con insomnio, con neurosis, con ese vacío asqueroso que queda después de escribir algo verdaderamente honesto. Porque si el lector recibe la cuchillada emocional, el escritor también sangra. Escribir es exponerse en carne viva. Pero eso no nos absuelve. Nos condena a seguir.

La literatura no pide disculpas. No busca redención. Su propósito no es moralizar, sino explorar lo inconfesable, lo oscuro, lo violento que habita incluso en los más virtuosos. Es una zona franca del alma donde se puede matar sin consecuencias legales, donde se puede confesar sin cárcel, donde se puede ser monstruo y poeta a la vez.

Así que sí: escribir es un crimen sin castigo. Y cada lector que cierra un libro con lágrimas, rabia o admiración, es cómplice.

Bienvenido al delito.

 

2 COMENTARIOS

  1. Estimado Antonio: El autor del artículo autoriza a que lo comparta en su muro. Si puede, cita la publicacion en Hojas Sueltas. Saludos.

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