lunes, junio 17, 2024

Año: II - Núm.: 594

Granada

Andanza nocturna en las montañas

*H.S.-GeneralMETAFICCIÓNAndanza nocturna en las montañas

PRIMEROS APUNTES DESPUÉS DE LA EXPERIENCIA CON UNA AMIGA

Estoy dichoso siendo tu felicidad, caminando ambos serenos por el bosque de penumbras nos encontramos con nosotros mismos. Casi siempre coincidimos en un otoño de prácticas de meditación. En el ciclo del tiempo de cuando la brisa sideral se arroja por caminos resecos, solitarios, de las empinadas montañas donde nos vamos alojando.

Las casitas de la población reflejan las tempranas lumbres que iluminan con parquedad las habitaciones. Los humos de las chimeneas con hollín ahúman las paredes, casi imposible decidir de qué color fueron pintadas hace años. Pero hoy sería distinto. Hoy estaríamos dentro de los mundos de la magia.

Con la delicada elegancia del aire, las hojas marchitas de los castaños bullen con sus insólitos giros, arremolinándose con gracia geométrica sobre su invisible centro.

Las campanas de los pequeñas y anochecidas iglesias resuenan con sus tañidos convocando los maitines. Esta es la hora en que, por cada sueño, por cada deseo que se pida, los vientos traen promesas que por suerte son tan incontables que nunca se cumplirán. Anchos portones aparecen de vez en cuando sobre casas blancas de anchos muros encalados, cada uno de ellos nos llevaría hacia recuerdos olvidados de algunas existencias.

Sin haberlo planeado, nos esperamos espontáneamente en las escalinatas de madera de la residencia, no hubo sorpresas parecía muy normal. Sin decir nada más caminando a una velocidad cuidadosa. Pronto estábamos ya siguiendo los frescos senderos ceñidos a las aguas de las afueras del pueblo. Observamos al principio del camino gracias a una lechosa luminosidad del cielo procedente de algunas nubes cercanas, un elemento indistinto que luego se convirtió en una pileta de aguas cantoras. ¿Cómo no ir hacia ella?

Entre la penumbra de la maleza entre la que se encuentra, se distinguía de un modo etéreo esa fuentecita muy transitada durante el día. Anhelos brillantes del agua nocturna riegan los labrantíos con su consuelo de gris cristal. Los vientos dulces refrescan una conversación en el más crudo de los sigilos una esfera de silencio nos hace armonizarnos con la noche. Comentaba esta anomalía, pero nuestras palabras sonaban extrañas en estos silencios. Nos daba temor hablar alto. Ella con una sonrisa se llevó lentamente un dedo a los labios y moduló con una suavidad alargada.

—¡Ssshhh!— susurrábamos para describir verdades importantes como si nos encontráramos en una catedral. Pero apenas hablamos durante el trayecto no hacía falta. En reglas inventadas en esos instantes tampoco queríamos pisar muchas de las hojas de tinta negra proyectadas sobre el reluciente suelo, como si fuera un exceso o una osadía pisar dentro de ese laberinto de frondosidades. Observaba con los ojos muy abiertos, por la falta de luz, la belleza de la proyección de esas nítidas negruras.

La casi invisible presencia femenina siempre al lado, reconfortando. La Luna estaba en su zénit, y bajo ella, se proyectaban muy marcadas todo lo que se encontraba como los árboles, las ramas, las hojas ovaladas de los álamos y los lóbulos que parecen manos de cinco dedos serradas de los castaños. También nuestras sombras unificadas se confundían con los claros y oscuros del camino de tierra.

Permanecimos en el misterio encaminándonos juntos para entrar en la substancia mística de la noche. De alguna manera y sin saber cómo o cuando había sucedido la consciencia no era la habitual. Cada elemento nos asombraba, nos sentimos constituyendo parte de la naturaleza, todo era bello y era nuestro, pues existía en nosotros.

Unos secretos vividos por las experiencias espirituales que se daban en ese momento por sí solas durante ese vagabundeo, el camino de la sensación interna. No pareció curioso que nuestros cuerpos se sintieran distintos, más completos, no como los cuerpos habituales. En ese momento nos sentimos especiales, tal vez perteneciéramos a otra raza distinta a la que pisaba la tierra.

Junto al cielo menguante destacaba la tierra lóbrega. Atisbos pardos y vaporosos que semejan figuras, pareidolias de símbolos arcanos. Cuando las pisamos parecía hacerlo sobre entidades —Uhhh—dijo ella al caminar sobre la tenebrosidad que impartían los ramones arbóreos entre la claridad. Avanzando por ondulaciones de un pasto áspero y húmedo nos asimos inadvertidamente de la mano como lo más lógico del mundo. Y así anduvimos el resto del camino. Un abismo que permanecía a nuestro lado y del que se escuchaba el rumor de sus aguas de montaña nos impresionó. Comentamos que era una ilusión sin bruma donde los firmamentos tiemblan con las estrellas que se mueven al compás del viento, y pareció correcto.

Al ser mecidas por las tinieblas las ramas de los altos árboles danzan de formas admirables con los claros de luna. Se aprecian pasajes inexistentes similares a temblorosos espectros de lo extraño. Sí, dudamos varias veces en aquel paseo cuando surgían maravillas a nuestro alrededor.

Nos susurrábamos aturdidos. No sabíamos si nos encontramos los dos sumergidos en un sueño lúcido compartido o estamos mirando espejismos. Distinguimos a pinos centenarios de negras formas apareciendo clavados entre la negrura de un barranco extraviado de la localidad de Capileira.

En la oscuridad advertimos como llegamos al final del camino. Frente a nosotros se yergue inexpugnable una hilera de peñascos. Siguiéndolos por los montes nos señalaban una ermita que parecía flotar en la negrura, pero en un mar oscuro en el que prenden mortecinas luminarias como si fueran islas. Los cerros simulan olas salvajes desprendidas de una roca formidable. Son rugosos caminos de correrías inmateriales los que atravesamos sin rubor.

Y aunque no hay asomo de temor en nuestras manos conectadas, algo, quizá el frío nos invitó a regresar a la casa rural donde se impartía el curso. Nunca, ni antes ni después, fuimos novios, simplemente existía una afinidad, quizá química, tal vez en las capas más elevadas de nuestro ser. Pronto llegará la alborada. ¡Rápido! Que nadie descubra en estas horas que a solas, hemos ido a pasear la acompañante y yo para tener una aventura fantástica con las luces y con las sombras.

© Rafael Casares. Enero 2024. Todos los derechos reservados.

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