¡Especial Navidad!

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Lito y Lota fingían proteger al político catalán Carles Belmont a su vuelta a Hispania, aunque en realidad querían robarle sus fondos secretos, por orden de Vamp-Hitler.

Un mendigo pedía sentado en la acera, mientras hablaba por el móvil. Belmont le echó un billete, que salió volando con el viento. El mendigo y Belmont corrieron tras el billete, chocaron las cabezas. ¡CLOC! Cayeron al suelo con sendos chichones. El mendigo dijo:

—Grrr. Estaba invirtiendo en bolsa por el móvil y me lo has fastidiado.

Sacaron de allí a Belmont Lito y Lota, con la excusa de comprar el Nacimiento en un centro comercial, con grandes figuras de cerámica. Lito montó en la mula y Lota en el buey, cabalgaron para rodear a Belmont y birlarle la chequera. Belmont se adelantó a orar al Niño Jesús, Lito embistió con su mula al buey de Lota. ¡CRASSS! Los destrozaron y cayeron.

Tuvieron que huir a toda pastilla, hasta el parque donde vendían árboles de Navidad. Miraban el mayor abeto. Soplaba el vendaval con viento del norte. El gran abeto se volcó con fuerza hacia ellos. Lito y Lota empujaron a Belmont a un lado para evitarle el golpe.

—Cuidado, el árbol se nos viene encima. Salvemos a Belmont.

Pero el viento cambió de dirección y el abeto cayó donde estaba Belmont ahora. ¡PLOMM! Quedó hincado en la tierra, con un chichón en el coco. El pobre Belmont dijo:

—Queridos compatriotas, declaro la in-de-pen-den…

—¡Ehhh! —le sujetaron Lito y Lota—. Eh, eh, eh. Ehhhhh.

Le dieron tortas en la cara por ambos lados para despertarle de su sueño.

La cena de empresa les esperaba, vestidos de etiqueta, allí dejarían sin blanca a Belmont. Quintero el Cocinero les sirvió tarros de sopa sin descongelar. Lota le hincó el cuchillo al suyo. Un cubito de sopa saltó y puso morado el ojo de Belmont. “¡AAAY!”.

Los langostinos estaban helados. Lota robó langostinos por toda la mesa, hasta que llegó a Vamp-Hitler, quien le coló fríos langostinos por la espalda. Lota brincó de lo lindo.

—¡Ay! Ñam, ñam —dijo—. ¿Cómo puedo evitar tantas comilonas?

—Pues no comas tanto, disfrutona —le dijo Vamp-Hitler.

Agarró una sartén y le soltó un sartenazo en el coco. Lota dio un respingo y se quedó inmóvil, con los ojos muy abiertos, le creció un gran chichón sobre la melena.

Las migas con choricito y morcilla, las espinacas con garbanzos, parecían perdigones, de tan duros. Los comensales empezaron a tirarse pelotitas de migas y garbanzos como proyectiles. Luego mendrugos, y bollos enteros de pan. Lota recibió impactos de Lito y estrelló sobre el lomo de Lito su silla, que se desmenuzó como si fuese de cartón piedra.

—Ya no hacen las sillas como antes, ¿eh? —le dijo Lito.

Y tomó una botella de champán, para hacer los honores del brindis. Mas no podía abrirla. La agitó tanto, ¡POM!, que le explotó encima y se puso perdido. Cogió otra botella, por fin acertó a sacar el tapón, ¡PAM!, le atizó en la frente al sorprendido Vamp-Hitler.

Todo el champán chorreó en tromba a Belmont, le puso el traje calado.

Belmont y Vamp-Hitler sujetaron a Lito para zurrarle. Por enmendarlo, Lito encendió el árbol de Navidad, pero tenía las manos mojadas y, al enchufarlo, ¡¡FISSSS!! Le dio una descarga eléctrica, que contagió al serio Vamp-Hitler. “¡UAHHH!”. Y a Belmont, convulsionando, cuya excelente cabellera quedó chamuscada y tiesa, apuntaba al techo.

Terminaron la fiesta en la estación de esquí de Vaqueira-Beret, para aplacar a Belmont… y desplumarle todo su equipaje navideño. Lito, como un niño, se lanzó a los mantecados con papeles de colores brillantes rojos, azules, dorados, verdes, rosas. Dijo:

—Ñam, ñam. Me encantan estos mantecados verdes. ¿De qué estarán hechos?

—Inútil —le dijo Lota—. Te los estás comiendo con el papel.

Y le dio un pescozón, que Lito casi se atraganta. “¡UGHHH!”.

Pidieron las uvas de fin de año en la cocina. Quintero el Cocinero les dijo:

—Aquí no hay uvas, sólo traje membrillos.

Sacó doce membrillos para cada uno. Belmont, por educado, se aplicó a comerlos. Acabó con la tripa hinchada y bufando. Los demás arrojaron sus membrillos a Quintero.

Fueron a esquiar, vestidos con ropa de nieve. Lito fingió que era experto, pero salió disparado, esquivó varios árboles y se estrelló al cabo con uno. ¡BLOMM!

—Jajaja, qué torpe eres —dijo Lota a su lado—. No sabes esquiar.

Con la sacudida, le cayó a ella toda la tromba de nieve que había en el árbol. Quedó enterrada en la blanca nieve, salió cavando con las manos y tiritando.

Había una larga escalera de hierro apoyada en el árbol y, con el golpe, se volcó lenta hacia el otro lado. Lota se echó las manos a la cabeza y dijo:

—Dios mío, va a aplastar a Belmont. ¡Adiós, Belmont!

Pero le cayó a Belmont encima un hueco de la escalera. Siguió andando como si tal cosa, entre los huecos de la escalera, cual si fuera una vía, ni se dio cuenta. En esto le cortó el paso un oso, que le soltó un zarpazo, arañándole de arriba abajo. “¡ARGHHH!”.

© Manuel del Pino. Diciembre 2023.

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Licenciado en Filosofía y Letras (Universidad de Granada, 1994). Publicó diversos artículos y varios ensayos. XIV Premio de Ensayo Becerro de Bengoa con 'La sonrisa de la esfinge' (Diputación de Álava, 2002). 'Olivas negras', novela policíaca, Editorial Cuadernos del Laberinto, Madrid, 2012. Publicó otras novelas en plataformas de internet y relatos policíacos en diferentes revistas y periódicos digitales.

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