La pluma

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En el mismo instante en que el Dictador se sienta delante la mesa de caoba nace una mancha negra en el bolsillo superior de su chaqueta blanca. Los ministros y consejeros que le rodean intercambian miradas y silencios. El jefe de protocolo, con la gravedad requerida por el acto, abre la carpeta y coloca el documento a firmar sobre el escritorio. La mancha huye aterrada, se extiende a velocidad de magia por la chaqueta, la camisa. Una gota cae sobre la mesa. Algún puño se cierra, algún gesto se retuerce, pero nadie se atreve a una reacción. El Dictador, impasible, saca la pluma del bolsillo: es el último sorprendido ante la falta de tinta con la que firmar una nueva sentencia de muerte.

© Antonio Tejedor. Noviembre 2023

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