ALBAHACA O NADA

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Txema Arinas-

Sueño que soy cocinero en una trattoria de lo viejo de Bolonia. Una familia compuesta por un matrimonio italiano y sus dos hijos acaba de recibir los fusilli con mejillones y langostinos que preparo con  una salsa elaborada con ajos fritos, vino blanco, pimentón de la Vera, el fondo de la sartén elaborado con las cabezas de los langostinos y el fumé con las colas de estos, todo ello aderezado con parmesano y albahaca. Una receta que, y ya sé que está malo decirlo, me sale de rechupete. Pues en eso que uno de los críos, el pequeño preadolescente con pinta de no salir de su puta cueva, donde debe pasar la mayor parte del tiempo jugando a la maquinita y pelándosela mientras espera que se bajen nuevos juegos, más que para dar por culo al prójimo como es costumbre en la inmensa mayoría de los de su edad, va y llama la atención al camarero.

Scusi? Potrei parlare con il maitre? Non mi piace il basilico nella pasta.

Como puede que los lectores no estén muy familiarizados con la lengua de Dante, y siquiera por esta vez que me siento generoso y tal, me voy a tomar la molestia de traducirlo.

— ¡Disculpe! ¿Podría hablar con el maitre? No me gusta la albahaca en la pasta.

Cosa vuol dire que no ti piace…, perdón, tremendo pedante, sí- ¿Cómo que no te gusta la albahaca en la pasta?

— En la carta venía Fusille con cozze e gamberi, pero no decía nada de albahaca.

— ¿Tú no sabes que la mayoría de los platos de pasta en Italia llevan albahaca?

— Me da igual; no me gusta la albahaca.

— Mira que esta albahaca es fresca, recién cortada esta mañana de nuestro huerto.

— Me da igual; no me gusta.

— Prueba la que he puesto yo a ver si te gusta.

— Si digo que no me gusta es que no me gusta.

—¿Y qué quieres que haga, que coja el plato y retire uno por uno todos los trocitos de albahaca para que el señorito pueda comer la pasta a su gusto?

En eso que reparo en los rostros compungidos de los progenitores de este mocoso pajero suplicándome con la mirada que no monte un pollo y procure complacer a su criatura como seguramente están acostumbrados a hacer ellos en todo momento y ocasión desde que lo trajeron a este mundo.

— De acuerdo. El cliente siempre tiene razón… aunque sea un coglione.

— ¿Perdone, el qué?

— Que ya retiro la puta albahaca, ya.

Al rato regreso de la cocina al comedor para llevarle yo mismo el plato “desalbahacado” al niñato de los cojones. Y en eso que empiezo a ver cómo otros adolescentes reunidos en la sala levantan la mano y, sin darme tiempo incluso a preguntar uno por uno, empiezan a pegar voces.

—¡A mí no me gusta la panceta en la carbonara!

—¡Ni a mí el queso en la boloñesa!

— ¿Por qué tiene que ser verde el pesto?

—¿Es necesario que el risotto sea de arroz?

— ¡Odio el tomate en la pizza!

— La bechamel de la lasagna

Siento que la vena del cuello se me hincha como cuando me llega la factura de la luz, vamos, que si no me da un ictus de una vez por todas es más que probable que acabe corriendo la sangre en la trattoria porque por algo tengo los cuchillos de la cocina a mano.

—A ver, pandilla de niñatos hipeconsentidos que os han educado para que creáis que tenéis derecho a todo con sólo pedirlo. Las cosas son como son, no como a vosotros os gustaría que fueran para satisfacer vuestra ignorancia, falta de gusto o simples antojos. Si no os gusta la comida italiana, o cualquier otra, como se ha preparado siempre desde que hay constancia escrita, pues no la comáis y ya está, pediros un bocadillo de mortadela y a cascarla por ahí; pero, no vengáis jodiendo con vuestros caprichos de pequeños tiranos maleducados que van a crecer en la convicción de que el resto del mundo tiene que estar a vuestro servicio para complaceros en todo y por todo a todas horas. La vida no es así, y cuando os deis cuenta de que el resto de adultos no son como los pringados sometidos e inútiles de vuestros padres, eso y que además estos no van a estar siempre a vuestro lado para evitar que os frustréis al menor contratiempo, ya será demasiado tarde. Por eso os aconsejo que empecéis a asimilar que si salís fuera de casa y pedís una pizza ésta siempre llevará tomate, el risotto se hace con arroz por pura lógica, el pesto es verde por lo mismo, la boloñesa lleva queso, la carbonera panceta porque de lo contrario y al que no le gusta la bechamel en cualquiera de sus formas es simple y llanamente un stronzo di merda, porque de lo contrario no serían lo que son, serían otra cosa, probablemente algo asqueroso. De modo que si me pides fusilli con mejillones y langostinos, te apartas tú mismo los trocitos de albahaca o haces el esfuerzo ingente de probarla a ver si del modo como la pongo yo te gusta; pero, eso sí, yo siempre le echo albahaca a mis fusilli y seguiré haciéndolo por muchos mocosos gilipollas y malcriados que vengan a comer a mi establecimiento. Eso en mi trattoria, en vuestra casa como si os metéis los mejillones por el culo. He dicho.

Y en eso noto que mi señora esposa me coge del brazo a la vez que me regaña, para variar.

— ¡Txema, deja de gritarme al oído, por favor! En serio, qué suplicio el tuyo con la comida. Mira, si tan mal lo pasas que luego hasta tienes pesadillas, la semana que viene cocino yo la pasta; pero, que después de la bronca que le has montado al pequeño este mediodía por la albahaca, todavía sigas dando la murga en mitad de la noche…

—¡Ahora mismo voy a la cocina comerme lo que ha sobrado!

—Eso, eso, toda la albahaca para ti.

Porca miseria

© Txema Arinas. Septiembre 2023. Todos los derechos reservados.

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