—Deberías añadir un botón al abrigo —le reprochó Cristian nada más ver a su amigo.
Julián miró extrañado los botones de su abrigo gris. Encontró a Cristian en el parque, paseando y fumando nerviosamente. Unos minutos antes lo había visto subir al autobús de la línea número seis.
Tras aquel comentario inoportuno, Cristian se dejó caer, abrumado, en un banco de piedra, después de protestar por el empujón que le dio sin querer un viandante distraído.
—¡Eh, tú, mira por dónde vas! —gritó, enojado, tras el choque.
Julián se sentó a su vera y trató de apaciguar su malhumor.
—No es para tanto. Déjalo ya. Anda, ármate de ánimo.
Ciertamente, Cristian era un joven descarado, portador de un sombrero ridículo que llamaba la atención de muchos curiosos que pasaban a su lado.
Era mediodía. Corría una ligera brisa que hacía bailar las hojas de los árboles cercanos. Mientras tanto, Cristian y Julián permanecían sentados, atentos al murmullo lejano de la ciudad y al piar de los gorriones.
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