Daniel S. Lardon. Diario de un eterno finalista
Principios de noviembre. Lisboa.
Clara dijo tres noches y yo hice las cuentas como si me estuviese proponiendo una hipoteca.
—El jueves salimos y el domingo estamos de vuelta.
—Tengo que entregar unas correcciones.
—Llevas corrigiendo ese libro desde septiembre.
Era cierto. El supuesto autor había descubierto que su infancia necesitaba otro capítulo. A sus sesenta años le estaban sucediendo cosas antes de cumplir los nueve.
—Puedo terminarlas el miércoles —admití.
Clara dejó el móvil sobre la mesa.
—Quiero ir contigo a Lisboa, Daniel. Pasear, entrar en alguna librería, acostarnos sin mirar la hora del último metro. Tres noches. Puedes traer el mismo miedo para todas.
Acepté. Después comprobé si el apartamento tenía una mesa donde escribir. Clara me vio ampliar las fotografías y no dijo nada.
Llegamos con una lluvia menuda que abrillantaba las aceras. Era noviembre y aún quedaba una luz suave entre las fachadas, aunque en las cuestas el viento obligaba a cerrarse el abrigo. Nuestra habitación daba a un patio con ropa tendida bajo un plástico. Había libros en una balda y una cocina pequeña. La mesa cojeaba.
Dejé la bolsa en una silla. Clara deshizo la suya y colocó el cepillo de dientes junto al lavabo. Aquel gesto me produjo una alarma ridícula: un objeto suyo había ocupado un espacio que todavía no consideraba nuestro.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—Nada.
Lo escribo aquí porque en este cuaderno sale baratísimo ser valiente.
La primera mañana quise bajar solo a tomar café. Clara estaba despierta, sentada en la cama.
—Voy un momento —dije.
—Vale.
Me quedé con la mano en el picaporte, preparando una explicación que ella no había pedido.
—Me gusta salir temprano.
—Ya lo sé.
En la cafetería le mandé un mensaje a Marcos: «¿Es normal necesitar estar solo a las doce horas de llegar con alguien?».
Respondió mientras me servían: «Depende. ¿Has bajado a desayunar o estás preparando la fuga?».
Compré dos bollos y regresé. Clara había abierto las contraventanas y estaba leyendo. Apartó los pies para hacerme sitio en la cama. Desayunamos allí, llenándolo todo de migas.
Pasamos el día entre librerías y calles que nos obligaban a detenernos para recuperar el aliento. En una tienda encontré una traducción portuguesa de una novela que había leído de joven. Me puse a hablar del autor con ese entusiasmo pedante que empleo cuando estoy a gusto y quiero estropearlo.
Clara me escuchó un rato.
—Puedes comprarlo sin defender una tesis.
Lo compré. Ella eligió un libro de poemas. Llevó ambos en su bolso, como si aquello no requiriese establecer previamente la propiedad de cada cosa.
La conversación llegó durante la cena, en una casa de comidas donde las mesas estaban demasiado juntas para nuestras habituales evasivas. Habíamos pedido sopa y pescado. Por una puerta abierta se veía parte de la cocina: una mujer mayor cortaba pan; un hombre joven secaba platos; otro removía una cazuela mientras discutía con alguien que no alcanzábamos a ver.
—Aquí estás más tranquilo —dijo Clara.
—No tengo correo pendiente.
—Lo has mirado cuatro veces.
Dejé el teléfono boca abajo.
—Estoy bien contigo.
—Yo también. Lo que me cansa es tener que adivinar hasta cuándo.
En la cocina cayó un cubierto. Esperé otro ruido que me concediese unos segundos más.
—A veces parece que, si estamos bien una tarde, al día siguiente tienes que desaparecer —añadió—. No te he pedido que te mudes.
—No quiero vivir con nadie.
Clara bajó la vista al plato. Había pronunciado aquella frase demasiadas veces, casi siempre sin que viniera a cuento.
—Ya. Pero podrías decirme alguna vez qué quieres hacer conmigo.
Miré hacia la puerta de la cocina. El muchacho había dejado de secar. La mujer le acercó un plato con comida y él empezó a comer de pie, apoyado en la encimera. Pensé que conocía mejor sus manos que su cara.
—Quiero poder repetir esto —dije al fin—. Y verte en Madrid sin pasarme el día calculando cuándo voy a volver a casa.
—Eso último tendrás que aprenderlo tú.
Asentí. Clara partió el pan y me acercó la mitad. Seguía seria.
Al salir le cogí la mano. Tardó unos pasos en entrelazar los dedos con los míos.
Aquella noche hablamos todavía un rato, ya acostados. Le confesé que me daba vergüenza ponerme a escribir delante de ella: temía que viese lo poco que avanzaba, las veces que borraba una frase, las mañanas enteras perdidas.
—Daniel, trabajo en una editorial. Sé que los libros no salen de un tirón.
Se rio, y después me besó con una paciencia que me hizo sentir algo peor que culpable: conocido.
El sábado llovió hasta mediodía. Bajamos a comprar huevos, tomates y pan. Clara quiso cocinar con lo que encontrásemos, sin receta. Yo pregunté cuánto tiempo debían hacerse los tomates y me entregó un cuchillo.
—Tú corta.
Era una distribución del trabajo al alcance de mis capacidades. Mientras ella calentaba el aceite, recordé al muchacho comiendo de pie y a la mujer que le había servido sin interrumpir la discusión.
—Creo que tengo algo —dije.
Clara miró la tabla.
—Como sea un dedo, avisa.
—Una novela. Una familia que lleva una casa de comidas. Todo sucede alrededor de la cocina. El comedor casi no aparece.
Nunca había escrito nada semejante. Mis personajes solían tener bibliotecas, agravios y demasiado tiempo para examinarlos. Aquellos tendrían que servir cuarenta comidas antes de poder acabar una discusión.
—¿Y qué les pasa? —preguntó.
—No lo sé todavía.
—Pues empieza por no quemarles el almuerzo.
Bajé el fuego. Después de comer saqué el cuaderno y apunté algunas cosas: quién se queda con la mejor ración, quién prueba la salsa con una cuchara distinta, quién sabe que alguien va a marcharse porque ha dejado de comprar para la semana siguiente.
Clara se sentó enfrente con sus poemas. Escribí durante casi una hora. Ella pasó páginas, se levantó a preparar café y me dejó una taza al lado. Hubo un momento en que olvidé vigilar si mi silencio la estaba molestando.
El domingo guardamos los cepillos en bolsas distintas. Comprobé dos veces los cajones. Clara encontró debajo de la cama un calcetín mío y lo sostuvo entre dos dedos.
—Te dejas parte de tu independencia.
En el aeropuerto le pregunté si el martes quería cenar en Argüelles.
—Puedo hacer algo yo.
—¿Los tomates?
—Con alguna variación.
Sacó el móvil para mirar su agenda. Mientras esperaba su respuesta, pensé en comprar una segunda silla cómoda para el estudio. Luego recordé que ya tenía una: estaba cubierta de libros.
El lunes tendría que buscarles sitio.
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