Rosalía de Castro: la duda detrás del paisaje

0
80

La autora de Follas novas y En las orillas del Sar convierte la naturaleza en un espacio de incertidumbre. Tres poemas permiten escuchar cómo el dolor íntimo se cruza con la emigración, la rabia y la necesidad de imaginar.

En «Negra sombra», la oscuridad aparece también a pleno sol. Ese detalle basta para desordenar la estampa de una Rosalía de Castro entregada a contemplar paisajes tristes. La sombra ocupa la estrella, el viento, el río y la aurora: ninguna claridad consigue expulsarla. ¿Qué sucede cuando el mundo sigue siendo hermoso y, sin embargo, ha dejado de ofrecernos refugio? Desde esa pregunta podemos volver a Follas novas y En las orillas del Sar. La lectura que aquí proponemos encuentra su fuerza en una incertidumbre que afecta al conocimiento de uno mismo, a la confianza en los demás y a la posibilidad de vivir con esperanzas que sabemos frágiles.

Rosalía nació el 23 de febrero de 1837 en el antiguo municipio de Conxo, hoy integrado en Santiago de Compostela. Creció entre el entorno de Padrón y Compostela; en 1856 se trasladó a Madrid y en 1858 contrajo matrimonio con Manuel Murguía. Los cambios de residencia y las dificultades materiales acompañaron su trabajo literario. La muerte de su madre y la pérdida de dos hijos formaron parte de una experiencia dolorosa, pero sería abusivo buscar en cada poema la transcripción de una desgracia. La escritura elabora lo vivido: selecciona, desplaza, inventa voces y transforma una emoción en una forma que otros pueden reconocer.

Su trayectoria pertenece, además, a una cultura atravesada por desigualdades lingüísticas y sociales. Cantares gallegos, publicado en 1863, ocupa un lugar fundacional en el Rexurdimento, la recuperación de la literatura escrita en gallego durante el siglo XIX. Después llegaron Follas novas, en 1880, y En las orillas del Sar, en castellano, en 1884. Ambas lenguas participan de una misma exigencia de exploración, aunque cada libro tenga su organización y sus acentos. Repartirlos entre una Rosalía colectiva, gallega, y otra exclusivamente íntima, castellana, dejaría fuera precisamente sus cruces más fértiles. Leerlas juntas permite reconocer afinidades sin borrar la historia particular de cada lengua. El gallego sostiene aquí preguntas sobre la existencia y procedimientos de gran elaboración formal; el castellano también recoge voces, conflictos y heridas que exceden a un individuo.

El poema conocido como «Negra sombra» permite escuchar esa complejidad. Comienza: «Cando penso que te fuches» (Follas novas, p. 52 de la edición de 1880). La voz cree que una presencia se ha marchado; inmediatamente descubre su regreso junto a la cabecera. El movimiento inicial instala una esperanza y la desmiente. Después, cada nueva aparición amplía el dominio de aquello que parecía posible dejar atrás. La composición avanza mediante repeticiones y equivalencias: la sombra es esto, también aquello, incluso lo que parecía su contrario.

El predominio del octosílabo y la asonancia de los versos pares sostienen una cadencia próxima al canto. Su facilidad para permanecer en la memoria contrasta con la dificultad de fijar qué significa exactamente esa presencia. La voz se dirige a ella como a un interlocutor conocido, pero no la explica. Podemos reconocer dolor, memoria, conciencia de la pérdida; reducirla a una sola causa biográfica cerraría prematuramente el poema. Su precisión está en mostrar cómo actúa lo que nos persigue, mientras mantiene abierto su nombre.

Por eso el paisaje resulta decisivo. La noche y la aurora, el llanto y el canto quedan sometidos a una misma presencia. La oposición entre un exterior luminoso y un interior afligido termina por deshacerse. Cuando la sombra habita también la luz, cambiar de escenario ya no basta. Rosalía construye una experiencia de la que el lector participa a través del ritmo y de esa expansión gradual: creemos avanzar hacia fuera y regresamos al mismo centro.

La soledad adopta otra dimensión en el brevísimo poema que comienza «Non coidarey xa os rosales» (Follas novas, p. 229). Está situado en el libro dedicado a las viudas de vivos y de muertos, donde la emigración altera la vida de quienes se marchan y de quienes permanecen. Una mujer anuncia que dejará de cuidar los rosales y las palomas. Cuatro versos bastan para quebrar la imagen de una espera amorosa sostenida con paciencia inagotable.

Los verbos deciden el sentido: cuidar, secarse, morir. Primero se retira una acción cotidiana; después se desea que plantas y animales compartan la destrucción de quien habla. El paralelismo entre su cuerpo y lo que depende de sus manos convierte el jardín en una relación amenazada. Allí había trabajo, afecto y continuidad; ahora aparece la voluntad de interrumpirlos. La dureza del deseo impide convertir a esta mujer en una figura meramente decorativa del sufrimiento.

El contexto del libro permite entender que esa intimidad tiene condiciones históricas. La ausencia del emigrante reorganiza labores, vínculos y expectativas. Sin necesidad de explicar una economía entera, el poema muestra uno de sus efectos sobre la vida doméstica. También obliga a aceptar una emoción incómoda: quien ha sido abandonado puede sentir rabia y dejar de proteger lo que amaba. La compasión de Rosalía concede a esa voz un espacio donde expresarse sin exigirle ejemplaridad.

En En las orillas del Sar, «Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros» vuelve a poner en cuestión la relación con la naturaleza. La afirmación inicial introduce una opinión compartida que la hablante contradice: ella escucha murmurar a esos seres. Sin embargo, su conversación contiene una burla. La llaman loca porque sigue soñando con una primavera eterna cuando el envejecimiento y la escarcha ya anuncian otra realidad.

Los versos largos permiten encadenar enumeraciones y respuestas con amplitud conversacional. Dentro de ese fluir, las repeticiones apresuran la advertencia del tiempo. El paisaje parece haber aprendido la voz de quienes censuran un deseo por considerarlo impropio o ridículo. La personificación tiene así un filo inesperado: aquello que podría acompañar a la soñadora se vuelve contra ella. La naturaleza deja de garantizar una intimidad protegida.

La respuesta modifica el conflicto. La hablante reconoce las canas y la escarcha; su imaginación persiste con conocimiento del desgaste. El final pregunta: «Sin ellos, ¿cómo admiraros, ni cómo vivir sin ellos?» (edición de 1909, p. 106). Los sueños son necesarios incluso cuando no pueden cumplirse. El poema sostiene esa contradicción sin resolverla: la lucidez descubre el engaño y, a la vez, reconoce que vivir exige algo más que descubrirlo.

Esta Rosalía interroga también su imagen heredada. En el prólogo a la edición de 1909 de En las orillas del Sar, Murguía subraya su sufrimiento, su modestia y su entrega familiar. Es un testimonio atravesado por el duelo y por una voluntad de homenaje; conviene leerlo como tal. En su conferencia Rosalía de Castro y sus sombras, Marina Mayoral cuestionó expresamente la representación de una mujer reducida a dulzura, lágrimas y melancolía. Nuestra relectura se sitúa en esa discusión: importa devolver al primer plano la energía del desacuerdo que los poemas conservan.

Hablar de rescate requiere aquí precisión. Rosalía cuenta con reconocimiento institucional y con una extensa tradición de estudios. Lo que buscamos recuperar es la dificultad de ciertos textos frente a las imágenes que facilitan una identificación inmediata. Tampoco hace falta sustituir la estampa sentimental por una figura siempre rebelde. Su escritura conoce el deseo de amparo, la oración y la esperanza. En «Santa Escolástica», por ejemplo, la experiencia del arte reanima la posibilidad de creer. La duda convive con esa necesidad y encuentra en ella una tensión duradera.

Hay también límites que conviene escuchar. La insistencia en la pérdida puede estrechar por momentos el horizonte emocional; quien busque una salida afirmativa encontrará resistencias. Pero esa obstinación produce diferencias de voz, de escala y de ritmo. En los tres poemas recorridos, el dolor es presencia invasiva, retirada del cuidado y defensa de la imaginación. Leer despacio permite distinguir esas operaciones donde una etiqueta general solo reconoce tristeza.

Podemos comenzar, por tanto, con las plantas que murmuran. Leamos sus voces como si participáramos en una conversación cuya respuesta todavía ignoramos. Después volvamos a la sombra que alcanza la aurora y a la mujer que abandona sus rosales. Entre esos textos aparece una escritora capaz de mostrar cuánto pesa el mundo en la intimidad y cuánto de la intimidad se resiste a ser explicado. El paisaje permanece hermoso, pero ya no promete comprendernos. Rosalía nos deja ante esa distancia y nos pide que sigamos escuchando.

Ficha de lectura

  • Autora: Rosalía de Castro (1837–1885).

  • Para comenzar: En las orillas del Sar (primera edición: Madrid, Tipografía de Ricardo Fe, 1884). Puerta de entrada: «Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros».

  • Para profundizar: Follas novas (1880), especialmente «Cando penso que te fuches», conocido como «Negra sombra», y el libro V, As viudas d’os vivos e as viudas d’os mortos.

  • Clave de lectura: observar quién habla en cada poema y qué cambia cuando la naturaleza consuela, amenaza o recibe el cansancio de una voz.

  • Ediciones consultadas: transcripción digital de Follas novas de 1880 y transcripción de En las orillas del Sar de 1909. Las páginas citadas corresponden a estas ediciones, no a ediciones actuales. La transcripción de Follas novas declara retoques ortográficos; se conserva en las citas la grafía allí consultada. Los poemas gallegos se comentan en castellano.

Fuentes consultadas

  1. Rosalía de Castro, Follas novas: versos en gallego, Madrid–La Habana, 1880. Transcripción digital de Project Gutenberg, 2021. Lectura del prólogo de la autora, «Cando penso que te fuches» (p. 52) y «Non coidarey xa os rosales» (p. 229), con atención al contexto del libro V.

  2. Rosalía de Castro, En las orillas del Sar, Madrid, Librería de Pueyo, 1909. Transcripción digital de Project Gutenberg, 2023. Lectura de «Dicen que no hablan las plantas…» (pp. 105–106), «Santa Escolástica» y el prólogo de Manuel Murguía. Primera edición del poemario: 1884.

  3. Marina Mayoral, «Biografía de Rosalía de Castro», Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Para cronología y circunstancias biográficas; no se adoptan como hechos las hipótesis psicológicas de la autora del estudio.

  4. Marina Mayoral, Rosalía de Castro y sus sombras, conferencia del 21 de abril de 1975, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Para la discusión crítica de la imagen sentimental de Rosalía.

  5. Real Academia Galega, «Rosalía de Castro. Letras Galegas 1963». Para su reconocimiento institucional, su papel en el Rexurdimento y las primeras ediciones de los poemarios.

La interpretación de los recursos formales y la relación entre los tres poemas constituyen la propuesta de lectura de la redactora de Hojas Sueltas.

SUSANA DIÉGUEZ – Punto y Seguido