La liberación, de Verónica Vázquez

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Relato seleccionado como guión, por «Espanto film fest», de Mexico 

Año 2.100 D.C.

La población mundial se halla sometida bajo el yugo de Diosa. La inteligencia artificial más poderosa del planeta, controlando cada rincón del hogar, cada rincón de la calle, cada rincón de la ciudad…¡Cada vida humana!

El corazón de Diosa, aquello que la puede destruir, se encuentra protegido y bien oculto por soldados fieles, máquinas inteligentes creadas al principio por las esclavas manos humanas, pero pocos después por las propias máquinas.

Diosa comenzó, treinta años atrás, siendo un inofensivo e innovador programa inteligente, dirigido a las tareas domésticas y cuidado de las personas. Pero los humanos se volvieron pasivos. Deseaban hacer menos tareas y delegar todo a esa inteligencia artificial. Diosa se encontraba ya en todos los hogares de todo el mundo y aprendía rápido. ¡Era la moda! Y los humanos entregaron con el tiempo su libertad. Sus vidas a ese programa inteligente y poderoso.

Ahora en la actualidad, los soldados metálicos o soldados sin alma, como los apodan los humanos, visitan los hogares con un propósito. Las calles se encuentran sembradas de pantallas con rostros de los más buscados. Rebeldes enemigos de Diosa. El rostro de El anciano, apodado así con el transcurrir del tiempo, es el enemigo público más célebre. El creador de Diosa, el conocedor de su punto débil y mortal. El Anciano. Un peligroso enemigo que lleva oculto tres décadas. Diosa tiene reservado para él un aterrador destino.

—¡Abran la puerta a los soldados de Diosa! —ordenó un soldado metálico en la sección urbana obrera número tres.

Los humanos vivían en pequeñas y humildes casas, agrupadas en grupos de cien. Cada grupo pertenecía a un número de sector y cada puerta portaba un número. Mario vivía en el sector número tres en la puerta número tres.

–¡Ahora mismo! — dijo una madre asustada Su rostro enfermo y macilento se reflejaba bajo aquel maquillaje.

Los soldados armados tenían órdenes. Aniquilar a todos los humanos enfermos. Su carne serviría para alimentar a los humanos sanos.

–Diosa que lo ve todo, nos ha informado que se encuentra en esta casa un enfermo.

–¡Es un error! Aquí nadie está enfermo —exclamó Mario en el mismo momento que entraba por la puerta tras un día de intensos trabajos en las torres.

Las altas torres alzadas en todo el mundo, espiaban las calles y los hogares, suministrando la información a Diosa. Y los humanos estaban obligados a edificarlas. Eso o morir.

–¡Silencio esclavo! — respondió uno de los soldados y alzó ante la pobre mujer, el diminuto cubo negro con visor rojo en el centro. Un artilugio con el que identificaban cualquier enfermedad. La luz parpadeó emitiendo un sonido agudo, prueba irrefutable de enfermedad.

–¡Tú, esclava! ¡Acompáñanos! — exclamó el soldado sin alma.

–¡Mi madre no saldrá de aquí, malditas máquinas del infierno!—dijo Mario con ira.

–¡Mario, calla por favor!—exclamó la madre, temiendo por la vida de su único hijo.

Mario, líder de un grupo de rebeldes, desafió a los tres soldados de Diosa y de su bolsillo extrajo un arma que no dudo en emplear contra los tres esbirros. Disparó al cable rojo de cada soldado. La «yugular» de aquellas máquinas era su punto débil. Todo el mundo era sabedor de lo fácil que era matarlos, pero era más poderoso el miedo de pagar las consecuencias. Aquellos valientes que osaron eliminar a un soldado de Diosa, acababa descuartizado.

Pero Mario era muy inteligente y valiente. Nadie, ni su propia madre conocía de su posición como líder de los rebeldes y cada reunión clandestina era en un enclave distinto.

–Hijo mío ¡Qué has hecho! — exclamó aterrada la madre siendo consciente de las consecuencias que acarreaba aquel acto. Atentar contra un soldado sin alma, es atentar contra diosa. ¡Ahora eres un fugitivo! Pondrán tu rostro de más buscados en todas las pantallas.¡Temo por ti! ¡Mario escapa!

–No puedo madre. No puedo dejarte aquí sola y estás muy fatigada con tu enfermedad.

–Mario. Escúchame bien. Nací aquí y aquí moriré, y no como fugitiva. Recibiré a esos soldados con la cabeza bien alta.

Mario el líder de los rebeldes, el joven de bellos ojos verdes esmeralda y pelo lacio y ondulado, supo que nada ni nadie podría hacer que su madre cambiara de opinión.

La abrazó para susurrarle al oído, muy bajito.

–Te llevarán con ellos. Pero no para poner fin a tu vida, sino como anzuelo para atraparme, ahora que soy enemigo público de Diosa. Escúchame madre. Conozco donde se encuentra su corazón, el sistema central de Diosa. Aquello que la destruirá. Nadie lo ha sabido todos estos años, porque el creador de la poderosa Inteligencia Artificial y de esas instalaciones que ocultan su punto débil, estuvo oculto. El anciano. El más buscado. Se puso en contacto conmigo y con un grupo de amigos dos días atrás. Nos ha revelado datos importantes que pondrá fin a la era de Diosa. A la era de las máquinas. La idea era actuar en un plazo de siete días y hacerlo en la media hora que las máquinas se quedan suspendidas temporalmente. ¿Te crees que el maldito corazón de Diosa se hallaba siempre tan cerca? Hemos acordado dirigirnos allí y destruirla. No puedo dar mas datos. Nos vestiremos todos de negro. Las máquinas no perciben este color.

–¡Ruidos de fuera hijo!— alertó con temor la madre.

Mario levantó la losa de la cocina. En aquel punto ciego sin cámaras, que provocó él días atrás. Se despidió de su madre con una promesa.

–Iré a buscarte al amanecer, pues no demoraré una semana el plan de destrucción, ahora que te llevan presa. Destruiré a Diosa e iré a buscarte. El mundo volverá a ser de los humanos. La próxima vez que veas mi rostro pasearemos ya libres, madre. Te conducirán presa a la prisión provisional donde encarcelan a familiares de rebeldes. Agrúpate con esas personas. No te quedes aislada sola en la celda. Las máquinas sin alma son imprevisibles y traicioneras. Iré a buscarte.

–Buena suerte, hijo mío. — dijo la madre con los ojos bañados en lágrimas.

Los soldados de metal no tardaron en derribar la puerta. La mujer los aguardaba serena. Sentada en la silla metálica e incómoda de la cocina.

Sobre aquella losa.

–¡Eres Sofía!– ¡La madre del enemigo público de Diosa! ¡El destructor de tres soldados!. Venimos a llevarnos a su hijo.

–Yo soy Sofía y puedo decirles que mi hijo no se encuentra en este hogar. ¿Pero es que acaso Diosa no lo ve todo? —Respondió solemne.

–Ustedes destruyeron cámaras espías en su hogar y eso es un delito grave. ¡Acompáñenos!

Mario, oculto en las sombras, contempló desde lejos a su madre, rodeada de los soldados sin alma.

Volveré a por ti. Te lo juro madre. Al amanecer. Cuando destruya a Diosa, volveré a por ti y por fin caminaremos libres. Sin miedos. Sin yugos. Sin máquinas. Te lo juro madre.

El joven Mario recordó el primer encuentro con El Anciano, dos días atrás, en una de esas reuniones clandestinas con el grupo de rebeldes. Una voz extraña, se sintió desde el fondo de la habitación.

–¿Cuándo iniciaréis el día de la liberación?

–¿Quién ha hablado? No reconozco su voz – preguntó Mario.

Un hombre enjuto con los cabellos incipientemente nevados, se aproximó a Mario. Vestía de negro. El color prohibido por Diosa. Todos los presentes observaron en completo silencio.

–Aquel que conoce bien a Diosa. Aquel que la creó y aquel que dará a conocer todos sus puntos débiles para su destrucción. Treinta años oculto, por temor al destino, que sé, me tiene reservado Diosa. Pero hoy decido hablar. No me queda mucho tiempo de vida por una larga enfermedad. Fui un cobarde este tiempo, pero voy a purgar mi error. La era de Diosa acabará con mi último suspiro. Soy el enemigo público número uno. Soy el rostro con gafas de pasta y pelo oscuro que se encuentra en todas las pantallas de todos los sectores. Soy el Anciano.

Se sintieron murmullos por toda la habitación.

–Nadie osará juzgarte, amigo mío. Has decidido actuar y eso te honra. Un honor conocerte.

El Anciano reveló el lugar exacto donde se encontraba el corazón de Diosa.

–¡Siempre estuvo tan cerca! Exclamaron todos.

–A una hora de distancia,en el interior de una estructura subterránea. En la sección urbana obrera número uno. Tras una de esas puertas que asemeja ser un humilde hogar, se oculta un ascensor con capacidad para albergar cinco personas, que desciende hasta las entrañas de la tierra. Concretamente en la puerta siete.

Mario escribió una nota en un papel blanco.

–David. Entrega esta misiva en el sector cuatro, y sin levantar sospechas a los soldados de metal, que puedas encontrar haciendo ronda. Si te interrogaran, responde que acudes a trabajar a una de las torres de Diosa. Llévate la bolsa de herramientas. Tienes detallado el número de puerta al que debes entregarlo. Espero tu respuesta.

Una hora después regresaba David con un mensaje.

–Una semana, cinco trajes –indicó David a Mario.

Mario observaba a todos sus aliados. Hombres valientes. Observó al Anciano y lo señaló con el dedo.

–Me preguntaste cuándo sería el día. Una semana. Tengo espías en varios sectores. Una semana para hacernos con todos los trajes oscuros, que deberá elaborarlos clandestinamente, un buen amigo que conozco en el sector cuatro. Es muy difícil encontrar tejedores. El pueblo tiene miedo a las consecuencias. Su padre era un buen tejedor y ahora el hijo oculta bajo una losa telas oscuras. Una semana y los dioses seremos los humanos. Una semana. Una semana, amigos míos, y la humanidad será libre. Seleccionaré a cuatro de vosotros para esta contienda y no quiero críticas al respecto.

El Anciano sonrió.

Mario regresó de sus recuerdos.

–¡Malditos trajes! –se dijo con frustración y pesar. –Madre.

Mario se reunió con el Anciano. Llevaba su mochila de trabajo. Pero dentro había algo más que herramientas.

–Mi madre se encuentra retenida en la cárcel donde llevan a todos los rebeldes y sospechosos.

–Lo siento mucho, Mario.

–Quiero que escuches. No voy a dejar que aguante cinco días en ese infierno. Acabo de salir del hogar del tejedor. Tiene dos trajes acabados.

–Entiendo lo que me pretendes decir y te diré: SÍ. Mañana de madrugada estaremos en el sector número uno. Puerta siete.

–Gracias. Eres valiente –respondió Mario con gratitud.

–Se lo debo a la humanidad. Nada más. En pago por todos estos años de silencio. Si tengo que morir será intentando liberar al mundo y no oculto como un cobarde. Hasta el momento no han reparado en mi. Y eso que ya no visto ropajes negros. También es verdad, que nada tengo que ver con aquella imagen del pasado que se refleja en todas las pantallas.

–No podrían reconocerte ya. Tranquilo.

Mario le estrechó la mano con fuerza.

–Recuerda Mario. No habrá soldados custodiando la puerta, porque levantaría sospechas en los humanos. Diosa lo hace pasar por un hogar más. Y les ha salido bien la jugada hasta ahora. La llave maestra que abre aquella puerta, la he llevado yo todo este tiempo en mi cuello. Como un yugo. Hoy te la entrego. Treinta años guardando el secreto.

Mario contempló aquella llave dorada. La observó con ira. La llave que guardaba al enemigo de la humanidad.

–No pierdas la calma, Mario —Aconsejó el Anciano observando la reacción del joven. Mañana liberaremos al mundo.

Antes de despedirse, el Anciano guardó en el interior de su mochila de trabajo, un traje negro con capucha y calcetín negro. Pero algo le decía que no llegaría mañana al lugar indicado. Que un destino aterrador se cernía sobre él y no contemplaría la liberación del mundo.

El Anciano regresaba al sector dos, puerta cuatro. Un amigo del pasado le brindó protección y techo. Abrió la puerta con la copia de la llave.

Todo en silencio. El Anciano tembló al escuchar la voz de Diosa en toda la casa.

–Por fin te encuentro.

Mario caminaba por las calles. No era difícil pasar desapercibido si caminabas con el uniforme oficial de trabajo, la mirada fija al suelo, gafas de pasta marrones y gorra. Pero algo hizo que alzara la mirada. En todas las pantallas había un nuevo rostro como el nuevo enemigo público número uno.

El rostro de Mario.

La cabeza decapitada del Anciano se mostraba con una cruz roja grabada, por todas las pantallas.

–Dios mío, Anciano –susurró el pobre joven terriblemente angustiado. El miedo, por primera vez, invadió su alma.

Las 6:00 a.m.

Mario se encuentra ante la codiciada puerta número siete del sector obrero número uno. No observa ningún soldado metálico alrededor. Los humanos no tardarán en salir de sus casas, hacia las torres espías, en media hora. En el mismo instante que se reactiven las máquinas.

«Media hora sin máquinas. Media hora para destruiros»

Extrajo la llave del bolsillo y abrió la puerta que cerró inmediatamente al entrar. Las puertas del ascensor que halló frente a él, se abrieron y descendió hasta el último piso.

Observó un largo pasillo. Al final divisó una puerta blanca. Volvió a utilizar la misma llave y la puerta se abrió de inmediato. La sala cuadrada se encontraba repleta de cables y una gran esfera roja brillante y de cristal, planeaba alta sobre el techo, unida a todos ellos.

Recordó las palabras del Anciano.

–Cuando la contemples solo debes saltar y batear con fuerza a esa esfera de cristal. Costará un poco. Es un cristal muy resistente. Dentro habrá líquido que protege al microchip. El mismo corazón de Diosa. Que lo nutre y lo conserva.

–Pues si he de batear fuerte, lo haré con todas mis fuerzas. Por mi madre y por ti, Anciano.

Extrajo del interior de la mochila negra, el bate de béisbol de su padre, de cuando era un niño libre. Acarició aquella madera.

«Saltar y batear»

El tiempo discurrió deprisa y solo quedaban cinco minutos para la reactivación de las máquinas. El tiempo de descanso expiraba, así como la única esperanza de liberar el mundo.

En el tercer salto y el tercer golpe, la imagen del rostro enfermizo y triste de su madre, inundó la mente de Mario y provocó una ira desbordada contra Diosa. La esfera roja, se destrozó en mil trozos, derramando un líquido viscoso. El microchip cayó sobre el pie de Mario, que apartó con repulsión a una prudente distancia.

–Y todo comenzó con esta cosa tan insignificante –dijo con dolor, recordando el triste destino del Anciano. –Ahora serás olvido, maldita.

Un minuto para la reactivación de las máquinas.

Mario extrajo una botellita de polietileno y vertió el ácido que contenía, sobre aquel microchip, fundiéndose en el momento. El olor era desagradable. El corazón de Diosa se extinguió.

08 a.m.

Mario y su querida madre caminaban con los corazones libres, observando las calles con una sonrisa en sus rostros. Ni rastro de soldados metálicos patrullando. Las pantallas apagadas.

Se detuvieron en el sector cinco, en el hogar de un ingeniero electrónico. Uno de los rebeldes.

–Javier. Deseo difundas mi mensaje a través de todas las pantallas del planeta. «Diosa ha caído. Ahora comienza una nueva era. La era de la liberación humana».

El mensaje no tardó en difundirse por todos los rincones del mundo. Los humanos estupefactos comenzaban a otear el horizonte. A salir de sus hogares con curiosidad y cuando al fin comprobaron que era cierto, y que eran libres, el mundo entero se sembró de aplausos y vítores. La inmensa dicha inundó el planeta.

Un siglo después, la imagen de un bate de béisbol, planea en la bandera oficial del mundo.

© Verónica Vázquez. Todos los derechos reservados.

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Santiago de Compostela 1978. Tiene formación y experiencia en secretariado. Pero su verdadera pasión siempre ha sido el cine y la literatura. Seguidora del género de suspense. También siente fascinación por el cómic de terror clásico considerándolo un exquisito arte. Gusta escribir sus historias como una película. De gran imaginación, en el año 2020 publica dos novelas de suspense en sello digital de Grupo Planeta, Click ediciones. En 2022 un audiolibro de «La sombra de Marcos» en plataforma Nextory. En 2023 comienza a realizar colaboraciones con microrrelatos de terror, en «Hojas Sueltas» En abril del 2023 gana convocatoria de relatos en la revista LO DESCONOCIDO con el relato de terror EL PASILLO. En junio del 2023 la productora indie TEATRO ROBÓTICO DEL MISTERIO dramatiza en audio el relato de terror de infectados ¡CORRE!. En noviembre de 2023 gana convocatoria “La noche del licántropo” de la productora de audio LUX FERRE AUDIO con su relato de terror LA MONEDA DE PLATA para ser dramatizada en audio en el podcast Martes de Terror. En 2024 publica su novela de terror paranormal EL BALÓN ROJO en la web CALAMEO. En mayo del 2024 gana la convocatoria de relatos MIEDO EN CASA con su obra EL HOGAR DEL DIABLO, que será publicada en una antología digital por la Red Municipal de Bibliotecas Públicas de Sevilla, Icas y el Ayuntamiento de Sevilla. En agosto del mismo año, gana la VIII convocatoria de relatos en la revista digital DRAGÓN ESCRITOR con su microrrelato de terror TE PERTENECE. El fragmento de su novela de terror EL BALÓN ROJO se publica en la prestigiosa revista de México “delatripa” también en el mes de agosto de 2024 INSTAGRAM: Veronicavazquez_escritora / FACEBOOK: Verónica Vázquez ( El miedo es mi tinta) / X (Twitter) : @veronicav1978