¡Se llevaría a todos al infierno con él!
Gabriel era de esos hombres sin agallas, sin alma. Un pusilánime de la vida. Un hombre débil de espíritu que con sus casi cincuenta años, nunca se atrevió a levantar el tono de voz a nadie, manteniendo constantemente la vista a sus pies. El dolor de sus cervicales, era ya acusado e insoportable. Su físico era como su personalidad, nada destacable. No era gordo ni delgado. Ni feo ni guapo. Unos ojos negros apagados. De labios finos como su lacio y pobre pelo oscuro. Lo único que destacaba en su fisonomía, era su nariz aguileña, de la que él se avergonzaba y le añadía más inseguridad.
Gabriel era uno de esos hombres grises en el que nadie reparaba. Tampoco él deseaba hacerlo, pues experimentaba temor de cruzarse directamente con la mirada de cualquiera que tuviera en frente. ¡Y ya no digamos de su mujer! Rita.
Rita, la mujer baja y corpulenta de Gabriel no se despegaba jamás de sus gafas de pasta de color rosa chicle, que llevaba desde tiempos prehistóricos. Sin ellas no era ella, como siempre argumentaba si alguien osaba aconsejarle lentillas u otro modelo de gafas mas moderno. Sus cabellos castaños eran rizados pero siempre se hallaban grasientos. Los hábitos alimenticios de aquella mujer eran muy cuestionables y cada año ganaba unos kilos que ya no perdía. Dios quiso que no tuvieran descendencia y su ternura y amor lo prodigaba a todos los perros y gatos que había rescatado de la calle. Sus hijos como ella los llamaba. Esa era Rita. Su mujer Rita. Su tortura y su desgracia, que siempre le hablaba con rudeza y frialdad. Su sufrimiento, como siempre pensaba Gabriel. Una mujer con todo el carácter del que él carecía. Se conocieron por amigos comunes y se casaron sin más. Sin ganas. Sin emoción. Sin amor.
El hogar de Gabriel estaba siempre invadido por esos perros y gatos. Muchas patas que lo pisaban todo y rasgaban todas las cortinas. De ladridos y maullidos a cualquier hora del día. Y el hombre pusilánime creía volverse loco a momentos. Una vez reprendió a uno de esos gatos por rasgar las cortinas nuevas y Rita apunto estuvo de arañarlo a él con sus largas y rosas uñas.
—¡A nuestros hijos no se les riñe!— exclamó encolerizada su mujer, achuchando al gato. Gabriel guardó silencio sin dejar de mirar la punta de sus propios pies. Con temor pensaba que Rita había perdió el juicio.
—¡Gabriel! ¡Gabriel!— Tronaba reiteradamente la voz de su mujer.
—Dime cariño. — Respondía siempre Gabriel con un hilo de voz, encogido y con temor a las explosiones periódicas de Rita.
—¡No has dado de comer a nuestros hijos!. ¡Todo lo tengo que hacer yo!
—Lo siento cariño. No volverá a suceder..
—¡Siempre dices lo mismo!. ¡Espero que no se repita más veces!— Respondía Rita exaltada.
La mujer ponía un nombre diferente a sus perros y gatos cada vez que los acariciaba y colmaba de arrumacos y besos.
—¡Ahora arréglame el baño y pon a calentar el termo!— ordenaba Rita con fiereza.
«Pienso divorciarme pronto de ti, mala mujer. Lo haré» pensaba Gabriel, pero sin ninguna intención de hacerlo. Él en su fuero interno era bien consciente de que jamás tomaría el paso del divorcio. Le faltaba todo el valor para tomar decisiones.
Pero un pozo negro iba creciendo en sus entrañas. Una oscuridad nutrida de frustraciones, temores y rabia contenida desde que era un niño retraído. Nunca fue una buena persona.
Para Gabriel todas las personas que interactuaban con él era su enemigo. Un enemigo que intentaba siempre humillarlo y dañarlo en público. Desde su jefe, su hermano, su padre, su amigo, sus hijos, hasta el conocido que se encontraba en la calle. Nunca hallaba nada bueno en la gente, por muy bien que se comportaran con él. Siempre percibía una mala mirada. Un mal gesto. Una mala intención. ¡Hasta creía que los perros y gatos ladraban y maullaban amenazándolo!.
Llegó el lunes y se encontró ante el ordenador con el rostro mustio y sin ganas de vivir. Su expresión acusaba de una tristeza y un agotamiento desmedido.
Recibió de repente una llamada interna a su línea. Era su jefe, el director de la empresa.
—Voy ahora mismo señor González — respondió Gabriel con temor e inseguridad. Conocía muy bien de qué asunto se trataba.
Se encontraba instantes después ante la puerta cerrada de su jefe, el director de la empresa TRITURADORA GONZÁLEZ S.L. Su jefe era un hombre íntegro. Muy querido y respetado por todos los empleados. Por todos menos por Gabriel, que esbozada una tétrica sonrisa cargada de maldad ante la puerta.
Dio unos golpes con los nudillos avisando de su presencia y entró con la cabeza gacha, pero cuando salió de aquel despacho, sus puños se cerraban con violencia.
«Yo no me equivoco nunca con los presupuestos, maldito inútil» pensó un ofuscado Gabriel. Pero sabía bien que eso no era cierto.
—Otra vez he tenido que llamarle la atención a Gabriel— dijo por teléfono el señor González con preocupación. Contemplaba el techo con la mirada fija. Como siga cometiendo estos errores tan graves, en los presupuestos, tendré que despedirle con todo el dolor del mundo, pues no deseo hacerlo. Sé muy bien que necesita este empleo. Cada vez lo noto más extraño y apagado. Algo debe ocurrirle.
Gabriel apretaba los dientes revisando todos los presupuestos. Ese pozo oscuro en su interior seguía creciendo y era más profundo. El hombre sentía el ruido intenso y chirriante de la monstruosa máquina. La poderosa trituradora de carne y huesos. Último modelo con garantía de dos años. Recién adquirida por la empresa. Trituraba en segundos, partes enteras de huesos y carne de animales. Los oídos de Gabriel no tardaron en acostumbrarse a ese ruido.
Era ya de noche cuando el hombre pusilánime y con un pozo negro creciendo en su interior, regresaba a su casa a paso lento y la mirada dirigida al suelo.
—¡Ey Gabriel! ¿Cómo va todo?. Cuánto tiempo. —dijo un conocido con el que se tropezó.
—Bien. Tengo prisa—. Respondió Gabriel sin dignarse a mirarlo y apurando el paso a zancadas.
«Maldito cotilla»— Pensaba Gabriel
Si se cruzó con más conocidos no lo supo. Su cabeza estaba en aquella máquina trituradora..
Llegó con los puños cerrados a su casa pero los abrió pronto para poner la comida a los hijos de Rita. No deseaba sentir los gritos de su mujer antes de acostarse.
Dormían en habitaciones separadas desde hacía años y Gabriel, tumbado boca arriba en su pequeña cama, y con la vista dirigida al techo imaginaba cosas espantosas.
—¿Gabriel?— Preguntó la enfermera dirigiéndose a él.
—Sí. Soy yo— Respondió Gabriel en la sala de espera. Esa mañana se pidió la mañana libre en el trabajo.
—Puede pasar.
Gabriel llevaba unos meses con dolores intensos y la báscula reflejaba una pérdida acusada de peso. Decidió por fin acudir al especialista pero ya era demasiado tarde para él…
Salió de la consulta del doctor con la cara pálida y desencajada.
—Me quedan tres meses de vida. Tres meses— Murmuraba camino de su casa con voz temblorosa y atormentada. Caminaba con pasos erráticos y pesados.
Detuvo sus pasos y por primera vez en su apagada y gris vida, alzó la vista al cielo. Apretó los puños y una idea cruzó su pensamiento.
«Tres meses para llevarme a todos al mismo infierno».
Sonrió con una mueca extraña y malévola. Retorcida.
Esa noche tuvo sueños perturbadores. No dejó de soñar con la monstruosa máquina de la empresa. Con la trituradora de huesos y carne.
Podemos decir que a la mañana siguiente, Gabriel era un hombre diferente. El pozo que llevaba tiempo creciendo en su interior lo había engullido la pasada noche, envuelto en perturbadoras pesadillas inconfesables.. Gabriel ya no miraba al suelo al caminar ni al hablar con la gente. Miraba a los ojos con expresión malvada y retorcida. Con ansias ocultas de sangre.
«Tres meses para llevarme a todos al infierno». Pensaba ya en bucle, imaginando los más terribles y espantosos actos.
Transcurrieron los días y Rita se sentía preocupada.
—Gabriel…Nos faltan varios hijos. ¿Sabes dónde pueden estar?
Gabriel negaba con la cabeza pero cada día faltaba un perro o un gato.
Rita que nunca había contemplado a su marido con curiosidad, comenzó a hacerlo y fue consciente del cambio de Gabriel. Un temblor recorrió su cuerpo. Sintió tras los ojos negros de tiburón de su marido, toda la maldad que albergaba dentro. No deseaba hallarse un día más en esa casa con él.
—Tengo que irme a pasar unos días con mi hermana Teresa. Necesita tenerme a su lado ahora que acaba de divorciarse — dijo con voz temblorosa Rita.
—Haz lo que gustes— Respondió fríamente Gabriel mirándola fijamente a los ojos.
Rita se sintió inquieta. Deseaba abandonar ya esa casa. Solo quedaba un perro y un gato.
—Me llevo a nuestros hijos— Concluyó la temerosa mujer
—Haz lo que gustes— Volvió a repetir Gabriel con absoluta frialdad, sin dejar de mirarla a los ojos y aproximándose varios pasos hacia ella.
«Todos me seguiréis al mismo infierno» pensó otra vez Gabriel.
Gabriel gustaba de quedarse unas horas extra en la empresa avanzando con las facturas y los presupuestos, pero llevaba unos días que lo empleaba para otros menesteres. Cuando se hallaba totalmente solo en la empresa, donde llevaba trabajando más de una década, visitaba a su amiga. La acariciaba y besaba. La trituradora del diablo.
—Eres la puerta al infierno, amiga mía —dijo Gabriel a la monstruosa máquina de acero inoxidable, el mismo día que tuvo la última conversación con su mujer. Era ya noche cerrada.
Antes comprobó que no hubiera nadie en toda la fábrica y luego procedió a abrir la bolsa de basura negra. Extrajo los restos de Rita y los introdujo en la monstruosa trituradora sin dejar de sonreír.
Cuando abandonó la empresa aquella noche, llevaba dos bolsas de carne y huesos triturados que vendería instantes después en una carnicería que cerraba siempre tarde, y que se hallaba al final de la calle. El propietario de la carnicería pagaba bien a Gabriel y no hacía preguntas.
Transcurrió un mes y la prensa se hizo eco de varias desapariciones de personas en el barrio donde residía nuestro hombre atormentado. Esos desaparecidos salían de sus casas por la mañana y ya no regresaban jamás. Hombres y mujeres.
Ni la policía ni la familia podían hallar ninguna explicación. Ninguna prueba. Ningún testigo. Interrogaron en varias ocasiones a Gabriel días atrás por la desaparición de su esposa, pero dejaron de hacerlo al no hallar pruebas contra él.
«Soy un hombre inteligente. Un hombre también con mucha suerte» pensaba Gabriel.
Se detuvo frente a su calendario.
—Me quedan dos meses de vida con toda la casa para mí. Sin esos malditos perros y gatos. Sin la maldita Rita. —Se decía en alto así mismo. Los ojos seguían mirando aquel calendario. Esos ojos que eran ya dos pozos negros enmarcados en grandes ojeras.
El timbre sonó y Gabriel abrió de inmediato. Era la hermana de Rita..
¡Pobre mujer!
Pasaron los días y Gabriel visiblemente más delgado se contemplaba al espejo. Era ya un cadáver con inmensas ojeras negras. ¡Pero las fuerzas no le abandonaban!.
El jefe de Gabriel contemplaba a su empleado con espanto no contenido.
—Si usted está enfermo, coja la baja hasta que se recupere —le dijo el señor González muy preocupado.
—No. Está todo bien. Solo estoy siguiendo una dieta. Me alimento saludable. —respondió Gabriel con una sonrisa que inquietó a su jefe.
—Bien. Entiendo. Pero ya no habrá más horas extras.
Pocos días después el señor González contrató a una nueva chica de la limpieza. A Laura le tocaba limpiar aquella noche, pero llegó con media hora de retraso. Llevaba una copia de la llave de la empresa. No debería haber nadie dentro, como le comunicó su jefe, pero la joven sintió unos ruidos extraños donde se hallaba la máquina trituradora.
Sigue en Tres Meses 2/2
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