Daniel S. Lardon. Diario de un eterno finalista
Primera presentación en Madrid y la incomodidad de ser por fin visible
Jueves, 25 de junio. Madrid
A las siete menos cuarto de la tarde, Madrid seguía despidiendo el calor acumulado durante el día. Las fachadas, las aceras y hasta los árboles parecían devolverlo con intereses. Llegué al espacio literario con la camisa pegada a la espalda, una sed impropia de un hombre que debía hablar durante casi una hora y la certeza de que aquella presentación habría resultado mucho más cómoda sin mi presencia.
El local se encontraba en una calle próxima a la plaza de España. Era librería, cafetería y refugio de una fauna cultural que sabía ocupar una silla con naturalidad. Al fondo habían dispuesto una mesa larga con tres micrófonos, varias botellas de agua y seis ejemplares de mi novela colocados en forma de abanico. Detrás, un cartel anunciaba el acto con mi nombre impreso en letras desproporcionadas.
Fue lo primero que me inquietó.
Había pasado años enviando manuscritos a concursos donde mi identidad debía permanecer escondida dentro de una plica. Ahora mi nombre ocupaba medio metro de cartón pluma.
—Podrían haberlo puesto un poco más pequeño —comenté.
El editor, que comprobaba el funcionamiento de los micrófonos, levantó la cabeza.
—Después de tantos años queriendo que te lean, no empezarás a quejarte porque te vean.
No le respondí. Me pareció una observación demasiado razonable para aquella temperatura.
Clara llegó pocos minutos después. Llevaba un vestido azul oscuro, ligero y sin adornos, y el cabello ensortijado recogido de manera deliberadamente descuidada. Traía una carpeta con varias hojas impresas y algunas anotaciones manuscritas. Al verla, sentí el mismo alivio que cuando reconozco una frase propia después de varias páginas escritas por encargo.
—¿Nerviosa? —le pregunté.
—No especialmente.
—Eso resulta humillante.
—El nervioso eres tú.
—Yo estoy considerando la posibilidad de desmayarme. Con este calor parecería natural.
Clara sonrió, pero no se dejó distraer.
—He preparado una presentación breve. No voy a contar nada que no deba.
—Eso depende de lo que consideres que debe saberse.
—Daniel, conozco demasiadas cosas sobre ti. Precisamente por eso sé cuáles debo callar.
El editor se acercó para repasar con nosotros el orden del acto. Él comenzaría explicando el proceso de edición: la llegada del manuscrito, las revisiones, las dudas sobre algunos capítulos y el trabajo realizado para que la novela encontrase su forma definitiva sin perder mi voz. Después intervendría Clara para presentarme como escritor. Por último, yo hablaría del libro, leería un fragmento y respondería a las preguntas del público.
Sobre el papel, el procedimiento parecía sencillo. También lo parece una operación quirúrgica cuando se explica mediante un dibujo.
Marcos apareció cuando comenzaban a ocuparse las primeras filas. Vestía una camisa de lino gris y llevaba un periódico doblado bajo el brazo. Me abrazó con una moderación casi médica.
—Tienes cara de acusado.
—Estoy pensando en declararme culpable.
—¿De haber escrito una novela?
—De haber permitido que se publique.
Observó la sala. Había más gente de la que yo esperaba y menos de la que temía. Reconocí a dos antiguos compañeros de facultad, a un escritor para quien había trabajado en la sombra y a una mujer que me había eliminado en la primera ronda de un concurso muchos años atrás. Ninguno de ellos parecía recordar exactamente de qué me conocía, lo cual me concedía cierta ventaja.
—Me sentaré allí —dijo Marcos, señalando una mesa situada al fondo, medio oculta tras una columna—. Si te quedas en blanco, toseré.
—¿Cómo sabré si intentas ayudarme o si te estás muriendo?
—Por la elegancia de la tos.
El editor hizo una señal. Clara y yo ocupamos nuestros asientos frente al público. Al sentarme bajo los focos descubrí que ser observado produce un calor diferente, más íntimo y menos disculpable que el del verano.
El editor abrió el acto. Contó que había recibido una novela de apariencia sobria y estructura engañosamente sencilla. Habló del trabajo sobre el ritmo, de los capítulos que habíamos acortado, de un personaje secundario que estuvo a punto de desaparecer y de las discusiones alrededor del final. Explicó que su labor no había consistido en domesticar el manuscrito, sino en ayudarlo a reconocerse.
Aquella frase me gustó, aunque procuré no demostrarlo.
Mientras lo escuchaba, recordé las semanas de correcciones, las llamadas, los párrafos defendidos con una obstinación que ahora me parecía pueril y las páginas sacrificadas sin ceremonia. Hasta entonces había pensado en la edición como una sucesión de renuncias. Al oírle comprendí que también había sido una forma de compañía.
Después tomó la palabra Clara.
Ordenó las hojas de su carpeta, miró brevemente al público y comenzó sin solemnidad.
—Conozco a Daniel desde que los dos estudiábamos en la universidad. En aquella época ya escribía, aunque procuraba que nadie lo supiera. Mientras los demás hablábamos de los libros que queríamos publicar algún día, él prefería escribirlos y guardarlos.
Algunas personas sonrieron. Yo fijé la vista en una botella de agua.
Clara recordó nuestras discusiones universitarias, mi costumbre de corregir frases ajenas y aquella convicción juvenil de que la literatura debía cambiar el mundo, aunque ninguno supiera indicar en qué dirección. No habló de mí como de un autor secreto ni como de un talento injustamente postergado. Le agradecí en silencio que evitara ambas crueldades.
—Durante años —continuó—, Daniel ha escrito textos que otros han firmado, ha ayudado a ordenar libros ajenos y ha dedicado muchas horas a una literatura que no podía reconocer públicamente como propia. Esta novela importa no sólo porque lleve por fin su nombre en la cubierta. Importa porque contiene una forma de mirar que no se ha vuelto ruidosa para hacerse visible.
Levantó los ojos del papel y me miró.
—Daniel escribe sobre personas que llegan tarde a casi todo, salvo a comprender lo que han perdido. Lo hace sin compasión fácil, pero también sin desprecio. Quizá porque sabe que, en ocasiones, perseverar no consiste en avanzar, sino en negarse a desaparecer.
La sala permaneció en silencio.
Hasta ese momento había temido olvidar lo que debía decir. De pronto deseé olvidarlo. Cualquier frase preparada me parecía inferior a las palabras de Clara y, sobre todo, demasiado explícita después de ellas.
Cuando terminó, el aplauso me obligó a incorporarme. Nos miramos mientras intercambiábamos los lugares frente al micrófono.
—Dijiste que serías breve —murmuré.
—Lo he sido.
—No mencionaste que ibas a dejarme sin defensa.
—Eso también ha sido breve.
El micrófono emitió un silbido al acercarme.
—Es la primera opinión de la crítica —dije.
La risa del público me permitió respirar.
Hablé del origen de la novela, del tiempo que había tardado en concluirla y de los personajes que se apartan de los planes del autor para adquirir una vida más convincente que la suya. Confesé que toda ficción encierra alguna verdad que quien escribe no se atrevería a contar sin disfraces. Evité referirme a los rechazos, a los concursos perdidos y a las cartas corteses con las que tantas editoriales me habían devuelto al anonimato. La felicidad, cuando llega tarde, no debería malgastarse interrogando al retraso.
Leí dos páginas. Al principio, mi voz me sonó ajena. Después reconocí el ritmo de las frases y dejé de pensar en quienes me observaban. Durante unos minutos, el libro volvió a ser solamente mío.
En el turno de preguntas me interrogaron por las influencias, por el título y por cuanto había de autobiográfico en el protagonista. Respondí que menos de lo que parecía y bastante más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Marcos levantó la mano desde la mesa del fondo.
—Has escrito mucho sobre personas que temen fracasar —dijo—. ¿Qué ocurre cuando alguien acostumbrado a perder consigue por fin aquello que deseaba? ¿Sabe reconocerlo o desconfía también de la victoria?
Varias cabezas se volvieron hacia él. Yo miré a Clara.
—Supongo que depende de cuánto tiempo lleve perdiendo —respondí—. Uno puede protegerse tanto de la decepción que, cuando sucede algo bueno, no sabe dónde colocarlo.
—¿Y tú sabes ya dónde colocar esto?
Marcos señaló los ejemplares dispuestos sobre la mesa.
—Todavía no. De momento, intento no estropearlo.
Al terminar firmé doce libros. Uno de ellos lo compró un hombre que me confundió con otro autor y no se atrevió a reconocerlo cuando ya se encontraba delante de mí. Le escribí una dedicatoria deliberadamente ambigua, apropiada para cualquier escritor y cualquier lector.
Cuando la sala comenzó a vaciarse, fui hasta la mesa del fondo. Marcos había pedido tres bebidas frías. Clara guardaba sus papeles en la carpeta.
—Has estado bien —dijo.
—He permanecido consciente. Era mi principal objetivo.
—No te refugies ahora en la ironía.
—No es un refugio. Es una vivienda habitual.
Marcos levantó su vaso.
—Incluso has parecido escritor.
—No exageremos.
Clara extendió la mano y me rozó la muñeca.
—Me ha gustado presentarte.
—A mí me ha desconcertado escuchar a alguien hablar de mí como si me conociera.
—Te conozco.
Miré la sala, las sillas desordenadas, los vasos abandonados y los últimos ejemplares sobre el mostrador. Después volví a mirarla.
—Ése era precisamente el problema.
No retiró la mano.
Marcos fingió interesarse por el periódico que había dejado sobre la mesa. Agradecí aquella discreción suya, tan poco común en un hombre curioso.
Había imaginado muchas veces cómo sería publicar un libro. Nunca pensé que lo más difícil no consistiría en verlo impreso, sino en permitir que los demás me vieran junto a él. El editor había explicado cómo se construyó la novela; Clara había contado, sin proponérselo, cuánto me había costado llegar hasta ella.
En aquella mesa del fondo comprendí que la visibilidad no comenzaba bajo los focos ni frente al cartel donde figuraba mi nombre. Comenzaba ante las dos personas que me conocían demasiado bien para dejarse engañar por mis respuestas.
Y, por primera vez en toda la noche, no sentí deseos de esconderme.
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