Daniel S. Lardon. Diario de un eterno finalista
Una noche que pudo ser algo más
Había llamado a Clara tres veces en una semana, siempre con la excusa legítima —o eso me decía yo— de preguntarle si estaría dispuesta a acompañarme en la presentación de la novela en Madrid. No era una excusa menor. El editor me había pedido que pensara en alguien cercano, alguien que conociera mi trabajo y pudiera sostener una conversación pública sin convertir aquello en una ceremonia de elogios mutuos, que siempre resulta un poco triste. Clara cumplía de sobra esa condición. Me ha leído con paciencia, con inteligencia y, lo que no es poco, sin paternalismo.
A la tercera llamada, por fin, respondió.
Su voz sonó limpia, casi descansada, como si la ausencia le hubiera venido bien. Llevaba fuera de Madrid una pequeña temporada y, aunque yo había respetado el silencio, no puedo fingir que no me alegró escucharla. Antes de que yo empezara a ordenar mis preguntas —cómo estaba, cuándo había vuelto, si tenía tiempo, si le apetecía, si seguía siendo prudente o sólo distante—, ella resolvió la situación con una sencillez que me dejó sin defensa.
—Ven a cenar a casa y lo hablamos.
Lo dijo así, sin preámbulos, como quien aparta del camino las piedras pequeñas para llegar antes a lo importante. No sé si adivinó mis intenciones o simplemente no quiso disgregarse en datos, en explicaciones por teléfono, en esa burocracia sentimental con la que a veces intentamos ahorrarnos el temblor de vernos. El caso es que colgué con una alegría poco decorosa para mi edad. A ciertas alturas uno debería administrar mejor el entusiasmo, pero ya se sabe: donde hubo fuego siempre queda una llamada pendiente.
Llegué a su casa con una botella de vino que no pretendía impresionar a nadie y un punto de nerviosismo que me recordó, para bien, a épocas menos cautas. Clara me abrió con una camisa blanca, unos vaqueros oscuros y el pelo recogido de manera descuidada, que en ella nunca parece descuido sino una forma de no perder tiempo en lo accesorio. Nos besamos con naturalidad, aunque en esa naturalidad había ya un pequeño desorden.
La cena fue mejor de lo que yo esperaba y menos solemne de lo que había temido. Había preparado algo sencillo: una crema templada de zanahorias, pescado al horno, pan bueno, queso. Nada de alardes. Clara siempre ha tenido el talento de hacer que lo doméstico no parezca una representación. Hablamos primero de asuntos prácticos. Le conté lo de la editorial, la fecha todavía imprecisa de la presentación, la idea de que ella participara junto al editor. Me escuchó con atención verdadera, no con esa amabilidad automática con que a veces se recibe una noticia ajena.
—Si quieres que esté, estaré —me dijo—. Pero tendrás que acostumbrarte a que el libro ya no sea sólo tuyo.
Tenía razón. Publicar, al menos para mí, ha sido durante años una fantasía abstracta, una puerta cerrada al final de un pasillo. Ahora que se ha abierto un poco, empiezo a entender que al otro lado no hay únicamente lectores o librerías, sino una forma distinta de exposición. Mi costumbre ha sido siempre enviar manuscritos y esperar en silencio, como quien lanza botellas al mar confiando en que el mar no se ría demasiado. Hablar del libro en una sala, sentarme ante gente conocida o desconocida, escuchar preguntas, responderlas sin parecer impostado: todo eso me sigue resultando extraño. Clara se dio cuenta.
—No pongas esa cara. Tampoco te van a subir a un cadalso.
Me reí. Se agradece mucho que a uno le bajen la temperatura de sus propios dramatismos.
Después hablamos de otras cosas. De su regreso a Madrid, de una amiga común, del precio absurdo de los taxis, de un restaurante italiano que ha cerrado sin dejar duelo. Y en mitad de esa conversación ligera, casi sin darme cuenta, le hablé de una nueva propuesta. Otra editorial, una de las muchas a las que en su día envié originales sin recibir más que silencio, había vuelto a escribirme. Nada cerrado todavía, nada que convenga celebrar antes de tiempo, pero sí un interés real por leer otro manuscrito mío, uno de los que llevaba años durmiendo en el armario de los concursos y de las esperas. Me oí contárselo con una mezcla de incredulidad y satisfacción tranquila.
—Mira tú —dijo Clara levantando la copa—. Va a ser verdad eso de que nunca es tarde si la dicha es buena.
No suelo fiarme de los refranes, quizá porque simplifican demasiado, pero reconozco que aquella noche no me molestó escucharlo. Había en el aire una sensación de tregua, de ocasión bien dispuesta. Me vi a mí mismo hablando sin el poso agrio de otras veces, sin ese reflejo de cautela que acaba volviendo mezquino hasta el júbilo. Y me gustó. No pasa todos los días.
Terminamos la cena sin postre. Hubo fruta en la cocina y alguna broma fácil sobre nuestras edades y nuestros metabolismos, pero la verdad es que ninguno de los dos parecía interesado en prolongar la noche por la vía del azúcar. Nos quedamos en el salón con dos copas más, sentados cerca, hablando ya más despacio. Clara tenía esa manera suya de escuchar, con la cabeza un poco ladeada, que hace pensar a quien habla que quizá está diciendo algo mejor de lo que en realidad dice. En un momento dado me rozó la mano. No fue un gesto aparatósamente cargado de intención. Justamente por eso resultó más claro.
A partir de ahí, todo sucedió con una naturalidad que no necesito exagerar para recordar bien. Hay noches que se estropean en cuanto uno intenta narrarlas como si fuesen memorables. Esta no. Bastaría decir que nos fuimos acercando sin prisa, como si el tiempo de ausencia hubiera servido menos para alejarnos que para quitarnos torpezas. Hubo una serenidad nueva en la forma de besarnos, una confianza sin aspavientos, y también algo de descubrimiento, como si por fin hubiéramos dejado de bordear ciertas cosas. Pasamos la noche juntos.
Al despertarme, ya de mañana, me sorprendió una sensación infrecuente en mí: la de no querer analizarlo todo de inmediato. Clara dormía aún, medio vuelta hacia la ventana, y la luz de Madrid entraba con esa claridad casi insolente de algunos días buenos. Pensé que quizá llevaba demasiado tiempo tratando la esperanza como si fuera una imprudencia. A fuerza de protegerse, uno corre el riesgo de vivir siempre en vísperas.
No sé qué vendrá ahora. Tampoco me parece urgente decidirlo hoy. Está la presentación, está esa nueva editorial que asoma, está Clara de vuelta en Madrid y está, por una vez, la impresión de que las cosas no tienen por qué torcerse antes de empezar. Ya sé que conviene no vender la piel del oso antes de cazarlo; pero también sé que no hay que amargarse la cena por miedo al café.
Y anoche, sin postre y sin grandes discursos, la cena fue buena.



