DANIEL S. LARDON Diario de un eterno finalista.
Hoy he abierto el armario donde guardo los manuscritos enviados a premios, editoriales y concursos de toda mi vida literaria, y he tenido la impresión de estar abriendo no un mueble, sino una época. Allí siguen, en carpetas desiguales, en sobres reutilizados, en cajas de cartón que ya empiezan a vencerse por las esquinas: novelas que fueron “casi”, libros de relatos que merecieron una mención sin consecuencias, páginas que salieron de casa con la solemnidad de una esperanza y volvieron convertidas en silencio o en esas cartas corteses que uno termina por detestar más que un rechazo franco.
He empezado a contarlos sin demasiado método, como quien repasa las bajas de una guerra íntima. No sé por qué lo he hecho. Tal vez por curiosidad, tal vez por crueldad, tal vez porque con la edad uno adquiere la manía de poner cifra a lo perdido, como si el número ordenara el desconcierto. He ido sacando carpetas, leyendo títulos que aún reconozco como si los hubiera escrito otro, recordando años enteros por el tipo de papel o por la letra con que apunté, en el margen, el nombre de un premio al que ya nadie recuerda. Me he visto, de golpe, repartido en aquellos montones: el hombre obstinado, el iluso, el disciplinado, el que se prometía perseverancia mientras acumulaba derrotas con una aplicación casi funcionarial.
El armario tenía algo de archivo y algo de sepulcro. Cada manuscrito parecía conservar el clima moral en que fue escrito: una época de insomnio, una temporada de entusiasmo, una mala racha sentimental, los años en que todavía confundía persistencia con destino. Me ha entrado una tristeza serena, no amarga. A fin de cuentas, todos esos textos, premiados o no, publicados o no, me han sostenido. Tal vez lo más humillante no haya sido perder, sino comprobar hasta qué punto he necesitado seguir intentándolo.
En mitad del recuento ha sonado el timbre. He pensado que sería el repartidor de siempre o alguna notificación sin alma. Pero no. Era una caja grande, bien cerrada, con el membrete de la editorial. Durante unos segundos la he mirado como si no fuera conmigo. He firmado, la he dejado sobre la mesa del salón y me he quedado de pie, sin abrirla, con esa mezcla ridícula de prudencia y superstición que acompaña a las noticias largamente esperadas. Dentro venían los ejemplares.
La editorial, después de recibir mis anotaciones a la galerada, ha seguido adelante con la publicación y me enviaba aquella primera caja como quien certifica que algo, por una vez, ha llegado al mundo sin extraviarse en el trayecto. He sacado el primer libro con un cuidado excesivo. Lo he tenido entre las manos largo rato. Reconocer como objeto real aquello que durante años fue sólo borrador, archivo, corrección, intento, produce una emoción difícil de explicar sin caer en la cursilería. No era exactamente orgullo. Tampoco alivio. Era más bien una forma de gratitud, casi de incredulidad domesticada. He pensado en todo el tiempo invertido, en las páginas corregidas hasta la extenuación, en las esperas, en los concursos perdidos, en las veces que me dije que ya bastaba. Y, sin embargo, allí estaba el libro, tangible y silencioso, ajeno ya a mis dudas.
Junto a los ejemplares venía una carta del editor. Era breve, cordial y concreta. Me agradecía la rapidez con las últimas correcciones y me anunciaba la posibilidad de hacer la primera presentación en Madrid. Añadía algo que me dejó a partes iguales halagado e intranquilo: le gustaría que, junto a él, participara en el acto alguien conocedor de mi obra, una persona cercana o competente, con la que pudiera mantener una conversación pública sobre la novela en algún espacio literario de la capital.
He releído ese párrafo varias veces. Publicar, al parecer, no consiste sólo en escribir un libro y verlo impreso, sino también en salir a su encuentro, defenderlo un poco, prestarle voz. Eso me inquieta más de lo que debería. He pasado tantos años enviando manuscritos al vacío que ahora la idea de tener que hablar de uno de ellos delante de otros seres humanos me resulta casi extravagante. Aun así, he sentido entusiasmo, uno limpio, sin fanfarria. No todos los días recibe uno la prueba material de que la obstinación, a veces, encuentra una rendija.
He llamado a Marcos por la tarde. No se me ocurría nadie mejor para compartir la noticia, dada la frialdad y silencio que mantiene Clara. Con él siempre puedo hablar sin temor a que la alegría se me vuelva presuntuosa o a que la duda se me vuelva lastimera. Me escuchó en silencio mientras le contaba lo de la caja, el libro, la carta del editor, la propuesta de presentación. Después soltó una de sus risas breves, esa que no se burla de uno, sino de las ironías del destino.
—Mira que has tardado —me dijo—, pero al final vas a tener que aprender a recibir buenas noticias.
Le conté que por la mañana había estado abriendo el armario de los concursos, como quien revisa una colección de derrotas encuadernadas. Le hizo gracia la imagen. Dijo que todos deberíamos tener un armario así, aunque sólo fuera para no volvernos soberbios el día en que, por fin, algo sale bien. Luego hablamos del posible acto en Madrid. Me dijo que, si coincidía en fechas y estaba en España, le gustaría venir. No sé si para acompañarme desde el público o para participar, si el editor lo considera oportuno. Marcos conoce mis libros, mis torpezas, mis manías y hasta mis desistimientos; quizá precisamente por eso sería una buena presencia. Alguien que no alabara de oficio, sino que entendiera el camino. También en pensado en Clara, pero me tomaré tiempo para proponerselo.
Cuando colgué, volví al salón y me quedé mirando la caja abierta. A un lado, los ejemplares recién llegados; al otro, sobre una silla, varias carpetas rescatadas del armario. Me impresionó la convivencia de ambos mundos: el de lo logrado y el de lo intentado; el libro que por fin existe y los otros que siguen esperando su turno o su olvido. Supongo que la vida literaria, si tal cosa existe, se parece bastante a esa escena.
No he vuelto a guardar todavía los manuscritos. Los he dejado apilados cerca del armario, como si quisieran recordarme que este logro no cancela nada, pero tampoco ha sido en vano. Quizá publicar después de tantos años no consista en sentir que uno por fin llega, sino en comprender que todas aquellas tentativas, incluso las fallidas, también formaban parte de la llegada.
Esta noche me siento cansado, agradecido y ligeramente aturdido. No es mala combinación. Hace tiempo habría confundido esta alegría con una reparación completa. Ya no. Sé que no borra nada. Pero abre, modestamente, una puerta. Y a ciertas alturas de la vida, una puerta entreabierta basta para que cambie el aire de una casa.
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