Daniel S. Lardon – Diario de un eterno finalista
He pasado buena parte de la tarde corrigiendo una frase que, en el fondo, ya estaba corregida. Cambiaba una coma, apartaba un adjetivo, lo devolvía a su sitio, lo expulsaba otra vez. Al cabo de una hora, la frase seguía siendo la misma, pero yo había envejecido un poco dentro de ella. Eso también es escribir por encargo: aceptar que hay días en que uno no trabaja sobre el texto, sino sobre la propia obediencia.
He entregado por fin a la editorial las correcciones. Ahora todo queda suspendido en esa espera desairada que media entre el manuscrito y la galerada final, como si el libro, antes de nacer, necesitara un último periodo de incubación lejos de su autor, un tiempo de pudor o de convalecencia. Espero con una ansiedad poco digna verme ya con el ejemplar en la mano. No por vanidad, o no sólo por vanidad: hay una forma de incredulidad que únicamente se corrige cuando el objeto existe. Hasta entonces, el libro no deja de ser una promesa con fiebre.
Pienso también en Madrid. En la posibilidad, todavía imprecisa, de presentarlo allí. En si será posible hacerlo ya con el título corregido por el editor, que al principio me produjo una molestia casi física y que, con los días, he empezado a aceptar como se aceptan algunas rectificaciones del tiempo: primero con resistencia, luego con cansancio, al final con una melancólica cortesía. A veces me pregunto si no será esa la historia secreta de toda publicación: uno entrega un libro y recupera, unas semanas después, una versión negociada de sí mismo.
Escribir por encargo se parece menos a vender el alma que a alquilar la respiración. Uno sigue siendo uno, desde luego; nadie puede escribir del todo contra su propio pulso. Pero hay una música previa, una indicación, una expectativa ajena, y la mano termina acompasándose a ese compás exterior como quien silba una melodía que no compuso. No siempre hay humillación en ello. A veces hay incluso alivio. El encargo libra del vértigo de la página absolutamente libre, que es un desierto noble pero desierto al fin. Le ponen a uno una cerca, un tema, un plazo, y dentro de esa pequeña servidumbre puede ocurrir, si hay suerte, una forma modesta de la gracia.
He escrito algunas de mis mejores páginas obedeciendo. Y también algunas de las más muertas. La diferencia no estaba en el encargo, sino en la porción de verdad que lograba infiltrar en él. Es un oficio de contrabando. El editor pide claridad, oportunidad, cierta longitud; el autor, mientras asiente, trata de introducir a escondidas una cadencia, una sombra, una experiencia verdadera que no estaba en el pedido inicial. Cuando sale bien, nadie lo nota, y ése es quizá el mejor premio. Cuando sale mal, el texto cumple y, sin embargo, no vive. Como tantas personas impecables.
En estos quince días, Clara ha estado en silencio. Al menos, eso fue cuanto me dijo antes de desaparecer en esa compañía que ella nombró con una naturalidad ofensiva: “un amigo”. He repetido la expresión varias veces, con la esperanza infantil de que el uso desgastara su filo, pero no lo ha conseguido. “Un amigo.” Dos palabras inocentes que, en determinadas horas, adquieren la densidad de una amenaza. No he querido concederme el ridículo de los celos, y sin embargo he vivido instalado en una tensión sorda, en una intranquilidad de espíritu que se parecía demasiado a ellos. Tal vez no fueran celos en su forma más vulgar, sino el malentendido primordial de quien teme no ocupar en la vida ajena el lugar que había imaginado.
La conozco lo suficiente como para desconfiar de mis propias novelas interiores. Clara no es dada a explicaciones sentimentales ni a balances tranquilizadores. Su silencio no significa siempre distancia; a veces significa simplemente que está viviendo. Y, sin embargo, me ha faltado. He querido verla, escuchar de su boca esas andanzas con el “amigo”, ponerle a la historia una cara, una entonación, alguna torpeza concreta que rebajara la imaginación. Nada enloquece tanto como aquello que no tiene detalles. Los celos, si ésa es la palabra, prosperan en la abstracción.
No deja de resultarme curioso que mientras esperaba un mensaje suyo me haya refugiado con tanta disciplina en las pruebas del libro. Como si la corrección de erratas pudiera corregir también el desorden más íntimo. He pasado páginas buscando fallos con el fervor con que otros encienden velas. Una concordancia mal resuelta, un pronombre extraviado, una repetición tolerable: miserias del idioma que al menos se dejan someter. En la vida, en cambio, una palabra fuera de sitio puede perseguirnos años enteros, y nadie manda una fe de erratas a tiempo.
He pensado a menudo que uno acepta encargos por dinero, por continuidad, por no desaparecer del todo; pero quizá también porque el encargo ofrece una coartada frente a la incertidumbre. Mientras escribo “sobre algo”, no tengo que escribir necesariamente “desde mí”. Y, sin embargo, siempre se filtra algo. En las frases más impersonales acaba apareciendo el temblor del que las redacta. La sintaxis también delata. Tal vez por eso desconfío de quienes presumen de profesionalidad aséptica: nadie redacta al margen de su propia intemperie.
Me gustaría ver a Clara pronto. Decirlo así, sin adorno, me parece ya una forma de higiene. Me gustaría verla y escucharla antes de que mi imaginación siga fabricando agravios. Me gustaría contarle que el libro está ya casi fuera, que espero la galerada final como se espera una carta decisiva, que quizá Madrid nos ofrezca una escena menos provisional que esta larga antesala en la que vengo viviendo. No sé si habrá presentación, ni si el título corregido terminará por parecerme verdaderamente mío, ni si ella se reirá del tono solemne con que le exponga todo esto. Pero hay en esa posibilidad un pequeño resplandor.
Al final, escribir por encargo quizá no sea tan distinto de querer a alguien: uno trabaja con materiales que no controla del todo, acepta correcciones no siempre justas, espera señales, interpreta silencios y confía en que, entre tanta contingencia, algo verdadero llegue intacto a su destinatario. Lo demás —las condiciones, los plazos, los nombres que cambian— pertenece a la administración del mundo. El raro silbido que nos sostiene, ése no lo encarga nadie.
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