Hubo un tiempo en que Francisco Villaespesa fue un nombre leído, escuchado y representado. Hoy, sin embargo, apenas comparece en los manuales más allá de una nota al pie del modernismo español. Esa desproporción entre la fama que tuvo y el silencio que lo rodea me parece una de las formas más reveladoras del olvido literario: no desaparece quien nunca estuvo, sino quien ocupó un lugar visible y después dejó de encajar en el relato dominante.
Francisco Villaespesa nació en Laujar de Andarax, Almería, en 1877, en una Andalucía interior y periférica que marcaría buena parte de su imaginario. Estudió Derecho en Granada, aunque pronto la vocación literaria pesó más que cualquier itinerario académico. Se trasladó a Madrid, vivió de la escritura, frecuentó tertulias, revistas y ambientes teatrales, y se convirtió en una figura central de la bohemia modernista. Murió en Madrid en 1936, en un año que parece cerrar no sólo una vida, sino también un mundo cultural anterior a la Guerra Civil.
Villaespesa fue poeta, dramaturgo, narrador ocasional, traductor y agitador literario. Su obra es abundantísima, acaso demasiado abundante para su propia posteridad. Publicó poemarios como Intimidades, Luchas, La copa del rey de Thule, El alto de los bohemios, Tristitiae rerum, Los remansos del crepúsculo o La musa enferma. En teatro alcanzó un éxito considerable con piezas como El alcázar de las perlas, Aben-Humeya, La leona de Castilla o Doña María de Padilla. También cultivó una literatura de resonancias orientales, históricas y legendarias, muy del gusto de una época que buscaba en lo exótico una salida estética a la vulgaridad burguesa.
Conviene leerlo desde su tiempo, pero no para excusarlo, sino para entender qué quiso hacer. Villaespesa pertenece al modernismo en su vertiente más sensorial, musical y decorativa. Comparte con Rubén Darío la fascinación por el ritmo, la imagen preciosa, el lujo verbal, la recuperación de motivos medievales, orientales y renacentistas. Pero su modernismo no es sólo ornamentación. En sus mejores momentos se advierte una tensión entre la belleza como refugio y la conciencia de una vida gastada por la enfermedad, la pobreza, el fracaso íntimo o el cansancio histórico.
Formalmente, su poesía se sostiene sobre una voz muy reconocible: melodiosa, elegíaca, a menudo crepuscular. No busca la sequedad expresiva ni la fractura interior que después apreciará la poesía del siglo XX. Villaespesa escribe desde una confianza casi física en la música del verso. Le interesan las cadencias, los encabalgamientos suaves, la sonoridad vocálica, el color de los adjetivos. Su lenguaje tiende al arabesco, a la imagen brillante, al perfume verbal. Puede fatigarnos cuando acumula exceso de pedrería retórica, pero sería injusto reducirlo a un fabricante de adornos. En su poesía hay una sensibilidad herida que convierte el decorado modernista en síntoma: tanta belleza parece levantarse contra la intemperie.
La estructura de muchos de sus poemas responde a un movimiento de evocación y caída. Se abre un ámbito idealizado —jardines, palacios, fuentes, atardeceres, mujeres remotas, ciudades soñadas— y, poco a poco, ese escenario se tiñe de melancolía. La belleza no salva; apenas suspende el dolor. Ahí me parece más interesante Villaespesa: no cuando imita el brillo modernista, sino cuando deja ver que el brillo está agrietado. La suya es una poética de la ilusión consciente de sí misma, una escenografía donde el poeta sabe que el telón acabará bajando.
Su teatro, por su parte, pertenece a una tradición de drama histórico y poético que hoy leemos con dificultad, pero que tuvo una función cultural precisa. En obras como Aben-Humeya o El alcázar de las perlas, Villaespesa trabaja con un pasado andalusí idealizado, convertido en territorio de conflicto, pasión y nobleza. No le interesa el realismo psicológico en sentido moderno, sino la intensidad verbal, el gesto, la escena cargada de símbolos. Su teatro pide ser entendido como una prolongación dramática de su poesía: personajes que hablan desde una altura retórica, situaciones que se organizan como cuadros, lenguaje que importa tanto como la acción.
Su contexto explica mucho. Villaespesa escribe en una España posterior al 98, marcada por la crisis imperial, el debate sobre la identidad nacional y la búsqueda de nuevas formas estéticas. Mientras Unamuno, Azorín, Baroja o Maeztu formularon una literatura de interrogación nacional y sobriedad expresiva, el modernismo propuso otro camino: la renovación del idioma literario a través de la música, el símbolo, la apertura cosmopolita y el refinamiento sensorial. Villaespesa quedó situado en esa zona ambigua entre el modernismo hispánico y la tradición romántica española. Fue contemporáneo de Juan Ramón Jiménez, Manuel Machado, Eduardo Marquina, Salvador Rueda y los hermanos Machado. Pero el canon acabó prefiriendo otras direcciones: la depuración juanramoniana, la hondura moral de Antonio Machado, la ironía verbal de Manuel Machado, la ruptura posterior de las vanguardias y, más tarde, la exigencia intelectual de la Generación del 27.
Las razones de su olvido son varias. La primera es literaria: su exceso verbal envejeció mal en un siglo que valoró cada vez más la concentración, la elipsis y la precisión. La segunda es histórica: la Guerra Civil y la posguerra reorganizaron el canon, desplazando a muchos autores de transición que no servían cómodamente ni al relato de la modernidad rupturista ni al de la tradición nacional más administrable. La tercera tiene que ver con su propia producción: Villaespesa escribió mucho, quizá demasiado, y esa abundancia dificultó la selección de una obra esencial. La cuarta razón es crítica: durante décadas se confundió modernismo con superficialidad decorativa, y quienes quedaron en la zona más visible del ornamento fueron castigados con una lectura perezosa.
No creo que Villaespesa deba volver como un gran poeta secreto ni como una víctima pura de la injusticia. Esa sería otra forma de falsificación. Su obra tiene caídas, reiteraciones, sentimentalismos y páginas que pertenecen demasiado a su época. Pero tampoco merece el expediente rápido del poeta menor. En él se ve una España literaria que quiso ser cosmopolita desde la periferia, que buscó belleza en medio de la crisis y que entendió el idioma como materia sonora antes que como simple vehículo de ideas.
Su legado, a mi juicio, reside en tres lugares. Primero, en la ampliación del registro modernista español, menos pobre y menos dependiente de tópicos de lo que solemos admitir. Segundo, en su papel como mediador cultural entre revistas, teatros, poetas jóvenes y circuitos literarios hispánicos. Tercero, en una sensibilidad que conecta decadencia, deseo de belleza y conciencia de fracaso. Villaespesa no nos habla desde la cima del canon, sino desde sus márgenes iluminados; y esos márgenes también dicen algo verdadero sobre nuestra historia literaria.
Releerlo hoy exige paciencia y selección. No se trata de aceptar todo su mundo verbal, sino de entrar en él con oído crítico. Recomendaría empezar por La copa del rey de Thule, Tristitiae rerum, Los remansos del crepúsculo y, en teatro, Aben-Humeya y El alcázar de las perlas. La tarea pendiente de la actual sociedad cultural española no consiste sólo en rescatar nombres olvidados, sino en aprender a leerlos sin condescendencia ni entusiasmo automático. Villaespesa necesita ediciones cuidadas, prólogos exigentes, antologías bien compuestas y lectores capaces de distinguir entre el fulgor y la hojarasca. Como apoyo, conviene acudir a estudios generales sobre el modernismo hispánico, a las historias de la literatura española de comienzos del siglo XX y a las ediciones disponibles de su poesía y teatro. En ese regreso, quizá descubramos que algunos olvidados no piden monumentos, sino una segunda lectura.
PUNTO Y SEGUIDO – Susana Diéguez



