Leí a Marto Pariente por primera vez en un momento en que yo todavía confundía, con cierta inocencia editorial, la fe en un libro con la capacidad real de sostenerlo en el mercado. Creía entonces que bastaba con detectar una voz propia para que esa voz encontrara su sitio. Pronto aprendí que no era así. La literatura necesita talento, sí, pero también necesita tiempo, oficio, editores, lectores, azar y una obstinación que no siempre se ve desde fuera. Aquella primera novela de Marto me dejó una impresión muy concreta: allí había un escritor que no escribía novela negra para cumplir con las normas del género, sino para ponerlas a trabajar a su favor.
Desde entonces he leído su obra con una mezcla difícil de separar: la atención del lector, la cercanía del amigo y una forma de orgullo discreto que no quiero disimular. Marto me llama a veces “padrino literario”, expresión que acepto más por afecto que por justicia. Si algo demuestra su trayectoria es que ningún padrinazgo explica una obra cuando la obra ha sabido hacerse sola, libro a libro, con una conciencia técnica cada vez más firme. El motivo central de su narrativa, tal como yo la entiendo, no es el crimen, ni siquiera la violencia, aunque ambos ocupen un lugar evidente. Su verdadero motivo técnico es el ritmo como forma de pensamiento. En Marto Pariente la novela avanza porque la frase empuja, porque la escena corta donde debe cortar, porque el diálogo no adorna sino que decide. Sus libros parecen escritos desde una intuición muy clara: el género negro no necesita explicarlo todo; necesita que cada gesto tenga peso, que cada silencio parezca anterior a la página y que cada estallido de violencia revele algo que el personaje no habría sabido decir de otro modo.
Esa idea aparece con claridad cuando el propio autor afirma que intenta tratar la violencia “como un lenguaje más”. La frase importa porque desplaza la violencia del terreno del efecto al terreno de la expresión. En sus novelas, los golpes, las amenazas o los actos brutales no funcionan como un suplemento de intensidad, sino como la sintaxis de quienes han sido educados en la carencia, el miedo, la humillación o la defensa instintiva. No se trata de justificar a sus personajes, sino de entender el idioma precario en que se mueven. Ahí reside una de sus virtudes: Marto no moraliza desde fuera, pero tampoco estetiza la brutalidad hasta volverla inocua. En Una bala para Riley ya se percibía esa voluntad de narrar con tensión visual, con escenas de avance rápido y una economía expresiva que buscaba eficacia antes que lucimiento. Era una novela de entrada, pero no una obra tímida. En ella estaba ya el lector de novela negra que conoce sus materiales, pero también el narrador que intuye que el género puede ser algo más que una maquinaria de intriga. Con La cordura del idiota esa intuición gana cuerpo. La novela amplía la densidad de los personajes, afina el humor seco, trabaja mejor la ambigüedad moral y confirma que Marto se siente cómodo en los márgenes: lugares donde la inteligencia no siempre adopta la forma de la cultura y donde la supervivencia puede confundirse con la culpa.
Me interesa especialmente cómo construye sus personajes secundarios. Él mismo ha dicho que quiere que tengan cicatrices, llagas y arrugas capaces de contar la historia que arrastran. Esa frase define muy bien su manera de poblar la ficción. En sus libros rara vez hay figuras que entren y salgan como piezas funcionales. Incluso cuando cumplen una tarea narrativa concreta, parecen venir de otro relato. Traen una vida alrededor, una suciedad biográfica, una memoria que no se explica por completo. Esa técnica, tan sencilla en apariencia, exige oído y contención. Dar relieve no significa cargar de datos a un personaje, sino elegir el detalle preciso que lo vuelve reconocible.
También el diálogo ocupa un lugar decisivo. Pariente ha citado entre sus referencias a George V. Higgins, y se nota en esa confianza en la conversación como motor narrativo. Sus diálogos no buscan sonar literarios en el sentido ornamental del término; buscan sonar situados. La jerga, los códigos gestuales, los malentendidos y las frases cortadas sirven para definir pertenencias sociales, jerarquías y zonas de vulnerabilidad. En ese aspecto, su obra participa de una tradición negra que entiende el habla como territorio moral. Un personaje no solo dice lo que piensa: delata de dónde viene, cuánto teme, qué desea ocultar y qué forma de dignidad todavía conserva. Su evolución puede leerse también como una ampliación de registros. Las horas crueles supuso una entrada más clara en el territorio policial y en el thriller de suspense, sin renunciar a su gusto por la aspereza ni a su manera de componer escenas. Hierro viejo, por su parte, parece llevar su imaginario hacia una zona más seca, más crepuscular, donde el noir se cruza con una respiración de western tardío. La idea de la última cabalgada, del último atraco, del final de una forma de vida, no es un simple guiño de género. Funciona como marco ético: sus personajes suelen llegar tarde a casi todo, incluso a la posibilidad de salvarse.
Por eso me parece limitado leerlo únicamente como autor de novela negra eficaz. Lo es, desde luego, y esa eficacia no debería despreciarse. Hay escritores que tardan páginas en poner una escena en pie; Marto suele hacerlo con una rapidez que delata trabajo previo. Pero su interés mayor está en cómo usa esa eficacia para observar la precariedad moral de un mundo reconocible. Sus novelas no predican sobre la España contemporánea, aunque la rozan constantemente: en los oficios gastados, en la violencia de baja intensidad, en los bares, carreteras, pueblos, periferias y familias donde el daño no siempre tiene épica. Frente a cierta novela criminal empeñada en la denuncia explícita, prefiere que la lectura ética nazca del roce entre los cuerpos y las palabras.
Su llegada a Francia, con La sagesse de l’idiot en la Série Noire de Gallimard y la publicación de Balanegra, confirma algo que sus lectores ya sabíamos: su obra dialoga bien con una tradición internacional del género, pero no pierde acento propio. Se advierten las sombras de Jim Thompson, James Crumley, Donald Westlake, Ken Bruen o Cormac McCarthy, pero no como dependencia. Más bien como una biblioteca interior transformada por un oído español, por una manera de mirar el habla y los ambientes sin solemnidad.
Yo diría que Marto Pariente ha construido su camino desde una paradoja fértil: cuanto más consciente es de la estructura, menos se nota el andamiaje. Sus novelas se leen con rapidez, pero no porque sean ligeras, sino porque han sido ajustadas para que nada se estanque. Él habla de musicalidad, de transiciones entre acción, reflexión, diálogo y silencio. Esa preocupación explica buena parte de su crecimiento. El ritmo, en su caso, no es velocidad: es respiración narrativa. Estoy convencido que su obra se dirige hacia una depuración cada vez más amarga. No creo que vaya a abandonar el género; creo más bien que seguirá ensanchándolo desde dentro, quitándole grasa, buscando personajes que hablen menos y revelen más. En esa dirección, Marto puede acabar siendo uno de esos autores que parecen escribir novelas negras y, sin hacer ruido, terminan levantando una educación sentimental del fracaso, la lealtad y la violencia heredada. Y confieso que esa posibilidad, como lector y como amigo, me interesa mucho más que cualquier etiqueta.
Con todo mi cariño, tu «padrino» Anxo.
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