Me dispongo a contarles, con algún detalle, lo ocurrido durante el último año. Aunque viví casi la totalidad de los hechos, dudo mucho que todo terminara como a mí me habría gustado. Generalmente, todos esperamos un final agradable, feliz, satisfactorio. No soy una excepción.
Mi nombre es Cárdel Sertio. Tengo treinta y dos años, sigo soltero y trabajo en una ocupación que me satisface plenamente. Vivo en una zona apartada de los principales centros de atracción de la megalópolis conocida como Nuevo Madrid, a unos sesenta kilómetros de lo que hace años se llamaba kilómetro cero. Dispongo de un vehículo privado y viajo con más frecuencia de la que debiera.
Si en algún momento me demorase en detalles que no les apetece leer, pidan a su «id-ox» que pase la página, o sáltensela ustedes mismos: todo depende del medio utilizado
Todo comenzó en el verano de 2043, un martes a media mañana.
Durante los cinco días anteriores había dormido cubriéndome con una «mahalt-ox»1. La temperatura nocturna descendió hasta los nueve grados, pese a que el verano se había anunciado con quince días de antelación. Sin embargo, el día anterior el sol empezó a calentar de una manera tan inusual como inquietante. Agradecí aquel cambio por dos motivos: el primero, porque no me gusta pasar el día cargado de ropa; el segundo, y acaso más importante, porque me permitió recibir un envío personificado2.
Cuando estaba a punto de entrar en el coche que la empresa acababa de entregarme, uno de los servidores privados de correo se acercó, extrajo el «port-ox» 3 y, como siempre, lo situó frente a mi rostro. Esperó unos segundos. Una vez comprobado que el envío iba dirigido a la única persona autorizada para recibirlo, abrió el receptáculo y me entregó su contenido. Desplegué mi «id-ox», coloqué la guía sobre el cuadrante superior y, cuando el dispositivo quedó extendido y los conectores de sonido por ondas ajustados a mis oídos, pronuncié:
—Apertura. Soy Cárdel Sertio. Adelante.
Al instante apareció la figura de un hombre joven, de unos treinta y cinco años, que comenzó a hablar:
—Me llamo Suom Berte, hermano de Vínan Berte, que fue compañero tuyo en la universidad. Es posible que me recuerdes. Me he atrevido a enviarte este «port-ox», al no conocer tu dirección, con la esperanza de que tus conocimientos en el área que ambos estudiasteis sirvan para descubrir lo que encierra el libro titulado Strabo. Tal vez te parezca extraño, pero no puedo mostrártelo: desapareció con mi hermano, y desconozco casi todo acerca de su contenido.
Hace aproximadamente dos años, desde que me habló de su compra, comenzaron a producirse en su vida unos cambios que ni yo mismo fui capaz de comprender. Más tarde sospeché que quizá dicho libro tuviera algo que ver con ello. Me hablaba de él con entusiasmo. Antes ya había cambiado su trabajo por otro semejante en una gran empresa.
Desconozco si mantuviste relación con él, aunque supongo que, por la amistad que os unió, recordarás bien cómo era: una persona introvertida, conformista, conservadora. Amante de la tranquilidad, de los paseos, del estudio de su materia predilecta y de su trabajo en una de las numerosas granjas polifuncionales situadas en las áreas extremas de Nuevo Madrid. Nunca llegué a verle con amiga, amante o novia alguna. Se limitaba a trabajar, pasear y, sobre todo, leer. Ahorraba cuanto podía para aumentar el número de volúmenes de su biblioteca de papel. Sin embargo, en los últimos tiempos su vida cambió de un modo incomprensible.
Hablábamos cada dos o tres días a través del «id-ox»; almorzábamos juntos en alguna ocasión e incluso pasé con él algún fin de semana dando largos paseos por los alrededores de su casa. Pero, a partir de febrero de 2041, casi nunca permanecía en ella. Las comunicaciones digitales con su nueva vivienda no estaban activas y menos aún lograba contactar con su «id-ox». La mayoría de las veces se repetía la misma respuesta automática: «No accesible. El receptor niega comunicación».
De pronto me encontré con que mi hermano no dejaba de comportarse de manera extraña. Inició una escalada de apariciones junto a mujeres más o menos famosas; incluso llegué a verle en alguno de esos noticiarios que todavía subsisten, dedicados a la vida de ciertos personajes indeseables que venden la conciencia por unos cuantos euros.
Aquel amigo que conociste estaba sufriendo una transformación rotunda y extraña, difícil de identificar. Sin duda existía en él una dualidad, una especie de yin y yang. Ya no era el mismo. De la noche a la mañana empezó a interesarse por el dinero, y desconozco cómo logró reunir cantidades importantes, porque compró una casa nueva en una zona residencial de Nuevo Madrid, además de una segunda al norte del país, donde aún quedan árboles, imagino que a un coste elevadísimo.
Me mantuve alejado de él, ya que ni siquiera él mismo se dejaba ver. Creo que alteró su aspecto físico sometiéndose, según me dijo en una ocasión, a varias operaciones estéticas. Tampoco había sido nunca amante de los vehículos: se desplazaba en medios públicos y alternativos, no contaminantes. Y, por último, lo más dispar e incomprensible de su personalidad: abandonó la empresa para la que trabajaba y fue contratado por otra donde, según tengo entendido, ocupa un puesto de responsabilidad.
Lamento darte esta noticia, pero dudo que los miembros de seguridad estatal interior, a quienes acudí después de algunos días, se interesen por la búsqueda de mi hermano. Sé, por comentarios directos suyos, que eras su mejor amigo. Si puedes ayudarme a encontrarle, te lo agradecería; mis carencias físicas me impiden hacerlo personalmente. Mi dirección figura al final del «port-ox» y solo tienes que responder si estás o no interesado. Mi «id-ox» estará siempre abierto para ti.
Saludos cordiales.
Suom Berte.»
Escuché y vi el mensaje dos veces. No alcanzaba a comprender el comportamiento de Vínan. Hacía mucho tiempo que apenas manteníamos contacto, y no lograba imaginar qué podía haberle ocurrido, si es que de verdad había sucedido todo tal como su hermano me lo contaba. Aun así, decidí ayudarle y opté por regresar a casa. Rebusqué entre archivos y recuerdos, saqué algunas notas y preparé un documento con toda la información que conservaba de mi antiguo amigo y compañero de universidad. Cuando terminé, me comuniqué con Suom para anunciarle que necesitaba verle y trasladarle personalmente mi opinión, además de acercarnos juntos a las casas de Vínan. Debía hacerme una idea lo más completa posible de cuanto le había rodeado hasta entonces. Quedamos en una vetusta cafetería situada en el viejo centro de Madrid, antes de que se convirtiera en lo que ahora es.
Subí al coche, indiqué la dirección y, pocos minutos después, me dejaba en los aledaños de lo que antes fue —creo recordar— el cine Palacio de la Música. Bajé, y segundos más tarde desapareció en busca de un espacio donde esperar aparcado hasta que yo reclamase su presencia a través del «id-ox». La posibilidad de que mi VTP4 estacionara cerca era, sencillamente, imposible.
Nada más bajar, conecté el localizador de mi «id-ox» y caminé hacia Suom. Estaba sentado, bebiendo a través de una paja un brebaje verde contenido en un recipiente transparente, cerrado casi herméticamente. Antes de entrar en la cafetería tuve que atravesar el arco de seguridad. La información analizada sobre mi cuerpo pasaría de inmediato a mi «id-ox»; de ese modo, podría conocer y revisar mi estado de salud, y ellos —los controladores del establecimiento— comprobar si estaba contaminado por alguna bacteria o algún virus, o si portaba un arma prohibida. Me permitieron el acceso y fui a su encuentro.
—Me alegra mucho saber que estás dispuesto a ayudarme. Gracias, Cárdel.
—No tiene importancia. Seguro que él también lo haría por mí, si hiciera falta.
—Tal y como estaba en los dos últimos años, lo dudo.
—Yo no voy a beber nada, de modo que si has terminado, podemos marcharnos ahora mismo. Visitaremos sus casas, porque supongo que tendrás acceso, ¿no?
—Yo también lo supongo, aunque tengo mis dudas.
—¿Por qué lo dices?
—No lo sé. Es posible que lo hayan cancelado. Lleva mucho tiempo fuera, y ya conoces a las autoridades con respecto a las viviendas vacías
—De todas formas, lo intentaremos.
Suom y yo salimos de la cafetería y, poco después, di al VTP las instrucciones necesarias para viajar hasta la primera de las direcciones conocidas de Vínan.
En esta época ya no existen los atascos de otros tiempos. Los vehículos circulan por niveles distintos, asignados según autorizaciones y criterios de seguridad. Mi nivel me permitía viajar con rapidez, de modo que tardamos menos de diez minutos en llegar. Pero volveré a lo que nos ocupa, para no entretenerme en detalles de escasa importancia
Suom y yo llegamos a la dirección de Vínan: una vivienda unifamiliar cercada por una tapia rematada en una especie de visera invertida, concebida para recoger y reciclar la escasa agua de lluvia. El vehículo aguardó a que descendiéramos antes de alejarse y esperar en el nivel 1, previsto para aparcamiento.
Nos acercamos al sistema de acceso. Suom pulsó y aguardó respuesta. Oímos entonces la voz de Vínan:
—Puedes pasar, hermano.
Una vez dentro, atravesamos el jardín, bien cuidado y poblado de rosáceas sobre un espléndido césped artificial, todo ello sometido al control general del edificio. Todo el conjunto descansaba sobre una plataforma giratoria en busca de la luz solar. En el poco tiempo que permanecí allí, percibí el sutil balanceo de los motores de rotación.
—Te dejaré buscar cuanto pueda interesarte. Yo no sabría siquiera dónde ni qué buscar; por eso pedí tu ayuda.
—Gracias —respondí.
Recorrí todos los rincones de la casa mientras Suom aguardaba sentado en el salón. Examiné su dormitorio, abrí mesillas y armarios. Allí estaba, al parecer, toda su ropa, junto con maletas y accesorios de viaje. Algún «mark-ox» reflejaba, en imágenes en bucle, a Vínan acompañado de alguna de sus supuestas conquistas. Desde luego había modificado su fisonomía. El cuerpo que yo había conocido no era el que veía repetirse una y otra vez ante mis ojos. La incipiente calvicie, que antes dibujaba dos entradas a ambos lados de la frente, había desaparecido, y sus orejas, antes anchas, aparecían ahora recortadas y pegadas a la cabeza. No conseguí verle las manos en ninguna de aquellas imágenes, aunque dudo que no se las hubiera hecho modificar también, dadas las cicatrices que le dejó el accidente que sufrimos en el tercer curso.
Tuve que llamar a Suom para que me ayudara a entrar en su biblioteca de libros de papel. El acceso estaba restringido y solo podía efectuarse mediante la aplicación de una nueva clave. Al hacerlo, volvió a sonar la misma voz de Vínan:
—Puedes pasar, hermano, y aunque tengo confianza en ti, no se te ocurra coger prestado ninguno de mis libros. Tienes copia de cada uno de ellos para leer a través de las «guías» de tu «id-ox».
Entramos, y lo que vi me deslumbró. Aquello parecía una antigua biblioteca. Desde la moratoria mundial que puso fin a la producción de papel para uso cotidiano, los libros en ese soporte se habían convertido en objetos de colección. Muchos amantes del papel, como Vínan, comenzaron a especular con algunos ejemplares y a reunirlos como si se tratara de antiguos incunables. Los nuevos libros eran ya manufacturados por artesanos casi olvidados, que recurrían a sucedáneos para preparar una masa celulósica apta para la fabricación de papel.
Perdón. A veces echo tanto de menos la forma de vivir de mis mayores que me aparto de lo que me he propuesto contarles.
Decía, que estaba dentro de la biblioteca de Vínan, acompañado de su hermano. La temperatura de la estancia estaba rigurosamente controlada, al igual que el oxígeno y la humedad relativa, con el fin de evitar el deterioro de los ejemplares. Sobre la mesa de lectura, ocupando casi toda su superficie, descansaba un modelo avanzado de nuestros «id-ox». Bastó con que posara la mano sobre él para que se iluminara, solicitando la clave de acceso. Suom volvió a introducirla y ante nosotros, se mostró un archivo estructurado por materias, autores y títulos de cuantos volúmenes se hallaban en aquella habitación.
Por pura curiosidad dedicamos unos minutos a revisar algunos de ellos. De vez en cuando, el sistema preguntaba si deseábamos hacer una copia en «guía». Al responder negativamente, regresaba al último punto consultado. Más tarde recorrimos el apartado final: «Información y cruce». Allí aparecían numerosos «port-ox», con el nombre del servidor que los había entregado a su destinatario y, por último, las respuestas de estos.
Volví entonces a la lista de los libros de papel y ordené:
—Búsqueda de toda información sobre Strabo.
El gran «id-ox» se iluminó y anunció la información requerida:
—Edición artesanal realizada por Derte Eclan. Forma parte de sesenta y seis ejemplares únicos realizados por encargo.
El sistema preguntó si deseaba continuar con la información o pasar a la última referencia. Respondí que necesitaba más datos. La respuesta fue inmediata:
—No existen más datos.
1Plancha parecida a una manta o colcha liviana, conectada al sistema central de la casa para mantener la temperatura.
2Suele hacerse cuando solo conoces el nombre de la persona
3Equivalente a un ordenado portátil del año 2007. Se asemeja a una antigua hoja de papel Din A4. de plástico maleable y transparente, multifuncional y conectado con los numerosos satélites geoestacionarios que circundan nuestro planeta.
4Vehículo de transporte privado
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