Un correo a deshora

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Daniel S. Lardon. Diario de un eterno finalista

Reaparece una antigua lectora que recuerda al escritor que Daniel fue antes de publicar

30 de julio

El correo llegó a la una y treinta y siete de la madrugada, una hora en la que las buenas noticias suelen parecer sospechosas y las malas adquieren una gravedad innecesaria.

Desde la presentación del libro había empezado a recibir mensajes de personas que llevaban años sin acordarse de mí. Antiguos compañeros de universidad, aspirantes a novelista con los que alguna vez compartí una mesa redonda, conocidos que me felicitaban por «el éxito» sin haber leído una sola página y dos parientes lejanos que parecían considerar mi publicación una prosperidad económica de la que podían sentirse orgullosos. Uno de ellos me preguntó, incluso, si ya estaba escribiendo la segunda parte. La segunda parte de qué, estuve a punto de responderle.

El mensaje de aquella noche era distinto. Lo advertí antes de abrirlo, quizá porque el nombre de la remitente pertenecía a una zona de mi vida que yo suponía clausurada.

Alicia Ferrer.

Tardé unos segundos en reconocerla. Profesora de literatura contemporánea, lectora minuciosa y colaboradora ocasional, muchos años atrás, de una revista universitaria de circulación tan escasa que seguramente todos sus ejemplares cabían en el maletero de un coche. Nos habíamos conocido después de un coloquio sobre nuevas voces narrativas, cuando mi voz todavía era tan nueva que nadie parecía haberla oído.

Alicia había leído uno de mis primeros manuscritos, Los días indemnes, una novela que regresó de siete editoriales acompañada por otras tantas cartas corteses. Una de aquellas editoriales ni siquiera devolvió el original. Durante algún tiempo fantaseé con la posibilidad de que un lector anónimo lo hubiera rescatado de una papelera y lo leyera a escondidas, como si se tratara de un libro prohibido. Con los años comprendí que los manuscritos rechazados no encuentran lectores clandestinos: acumulan polvo o desaparecen en una mudanza.

No recordaba de Alicia una belleza inmediata ni una voluntad de agradar. Recordaba su manera de escuchar. Mientras otras personas aguardaban su turno para hablar, ella parecía seguir dentro de la frase del interlocutor, examinando sus junturas. Vestía de oscuro, llevaba el cabello recogido sin demasiado esmero y hacía preguntas que uno no podía contestar recurriendo a las respuestas preparadas.

La noche en que nos conocimos me preguntó por qué mis personajes pedían perdón incluso cuando estaban solos. No supe qué decirle. Durante semanas pensé en aquella pregunta.

Abrí el correo.

«No sé si te acordarás de mí», comenzaba.

Siempre que alguien escribe eso está bastante seguro de que debería ser recordado.

Alicia decía haber asistido a la presentación sin acercarse después. Me había reconocido, aunque —añadía— yo parecía más incómodo que años atrás y bastante menos dispuesto a disculparme por estar allí. Había comprado la novela y la había leído durante el fin de semana. No incluía felicitaciones enfáticas ni calificaba el libro de necesario, imprescindible o desgarrador. Se limitaba a escribir:

«Sigues contando historias de personas que llegan tarde a su propia vida, pero esta vez no les concedes el consuelo de considerarse víctimas. Creo que ahí está la diferencia entre el escritor que eras y el que empiezas a ser».

Leí la frase tres veces.

Después bajé hasta el archivo adjunto. Era una copia escaneada de la reseña que Alicia había publicado sobre Los días indemnes en aquella revista desaparecida. Yo conocía el texto, pero ignoraba que ella conservara un ejemplar. El título —«La moral de las habitaciones cerradas»— me pareció ahora un poco solemne. Sin embargo, al avanzar por sus párrafos, regresó una sensación que casi había olvidado: la de haber sido leído de verdad. Alicia había visto en aquella novela cosas que yo apenas intuía cuando la escribí. Hablaba del miedo de mis personajes a ocupar espacio, de su tendencia a retirarse antes de ser rechazados, de las habitaciones como refugio y condena. Señalaba también mis defectos: la excesiva prudencia de algunas escenas, el abuso de los silencios, cierta confusión juvenil entre profundidad y ocultamiento.

No me ofendió entonces. Tampoco ahora. Me inquietó.

La mayoría de los lectores actuales hablaban del argumento, de la melancolía del protagonista o de alguna frase que habían subrayado. Alicia, en cambio, establecía una continuidad entre el hombre que escribió aquella novela inédita y quien acababa de publicar un libro. Me devolvía una biografía literaria que yo creía inexistente. Respondí a las dos y doce.

Le agradecí el mensaje y la reseña. Le dije que recordaba perfectamente nuestra conversación, aunque no confesé que había tardado varios minutos en situarla. Añadí que me interesaba mucho su impresión sobre la nueva novela y que algunas de sus observaciones me habían dejado pensando.

Su contestación llegó ocho minutos después.

«Si te parece, podríamos pensarlo a una hora más razonable. ¿Almorzamos esta semana?».

La propuesta me produjo una agitación difícil de justificar. No había coqueteo en sus palabras, ni una ambigüedad que pudiera confundirse con otra cosa. Precisamente por eso resultaban más perturbadoras. Alicia no parecía interesada en el escritor publicado, sino en el vínculo entre aquel manuscrito perdido y el libro que ahora se exhibía en los escaparates.

Acepté el jueves.

Al día siguiente, Clara me llamó al salir del trabajo. Hablamos entre otras cosas, del calor, de una avería en el aire acondicionado de la editorial y de la cena posterior a la presentación de mi libro, después de bastantes días sin cruzar palabra o vernos. Los dos evitábamos regresar a lo que se había dicho aquella noche: su deseo de acercarnos y mi manera, casi profesional, de retroceder sin moverme del sitio. Le mencioné el correo de Alicia procurando que sonara casual.

¿Alicia Ferrer? —preguntó.

Me sorprendió que recordara el nombre.

La profesora que escribió sobre aquella novela tuya —añadió—. La de las habitaciones cerradas.

No sabía que te acordabas.

Me acuerdo de más cosas de las que crees.

Le expliqué que Alicia había asistido a la presentación, que acababa de leer el libro y que me había enviado la antigua reseña.

¿Y te escribió a la una y media de la madrugada para decírtelo?

Sería cuando terminó de leer.

Claro.

La palabra quedó suspendida con una ligereza demasiado estudiada.

Vamos a almorzar el jueves —dije.

Hubo un silencio breve. No uno de esos silencios míos que Alicia habría clasificado como recurso defensivo, sino uno de Clara: limpio, preciso, con algo dentro.

Qué rapidez.

Solo vamos a hablar del libro.

No he dicho lo contrario.

Pero lo estás pensando.

Lo que pienso es que una mujer te escribe de madrugada, te recuerda quién eras hace quince años, te dice que te ha leído de verdad y tú aceptas almorzar con ella sin necesitar una semana para proteger tu independencia.

Alicia me interesa como lectora.

Clara dejó escapar una risa corta, nada alegre.

Eso, en tu caso, puede ser bastante más peligroso que interesarte por una mujer.

Quise responder con alguna ironía, pero no encontré ninguna que no empeorase la conversación.

No tienes motivos para sentir celos.

No sé si son celos.

Entonces, ¿qué son?

Tal vez me moleste que alguien encuentre una puerta que yo llevo años intentando abrir.

Aquello me pareció injusto. Estuve a punto de recordarle que siempre había respetado mi espacio, que nuestra relación se había construido precisamente sobre la libertad de ambos, que Alicia pertenecía a un ámbito distinto. Pero comprendí que todos esos argumentos, aun siendo ciertos, formaban parte de la misma muralla.

Es solo un almuerzo, Clara.

Sí, Daniel. Y una casa es solo un conjunto de habitaciones.

Se despidió poco después. No hubo enfado declarado ni reproches. Antes de colgar me pidió que la llamara al regresar del almuerzo. Lo dijo con naturalidad, pero advertí que no era una petición inocente.

Volví a abrir la reseña de Alicia. En el último párrafo había subrayado una frase que no recordaba: «Daniel S. Lardon escribe como si temiera que sus personajes descubrieran que existe una salida».

Me levanté y recorrí el pasillo hasta la puerta del estudio. Al otro lado estaban el dormitorio, la cocina y el salón pequeño donde nunca parecía haber sitio suficiente para dos vidas. Pensé en Clara, en su reciente propuesta, en mi resistencia. Pensé también en Alicia, a quien vería el jueves, y en aquella pregunta que me había hecho años atrás: por qué mis personajes pedían perdón incluso cuando estaban solos.

Cerré el ordenador.

Por primera vez se me ocurrió que quizá no escribía para responder a esas preguntas. Quizá escribía para no tener que responderlas fuera de los libros.

© Anxo do Rego. Todos los derechos reservados

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