Conviene leer Lejos, de Rosa Ribas, porque parte de un escenario reconocible —una de esas urbanizaciones levantadas en los años de la fiebre inmobiliaria, alejadas de casi todo y rodeadas de promesas incumplidas— para construir una novela de atmósfera, inquietud y desamparo moral. Me interesa especialmente la forma en que Ribas convierte un espacio aparentemente banal en un territorio narrativo cargado de amenaza: calles asfaltadas que no llevan a ninguna parte, casas sin terminar, vecinos que intentan vivir con normalidad y una sensación persistente de que algo no encaja.
La novela sitúa al lector en una urbanización apartada, construida con la ambición de ofrecer una vida mejor, pero convertida en un lugar periférico, incompleto y algo fantasmal. Allí vive una pequeña comunidad de vecinos que procura sostener una rutina más o menos ordenada, pese a la distancia, el aislamiento y la extraña presencia de viviendas vacías o inacabadas.
Entre esos vecinos está la protagonista, una mujer recién separada que intenta rehacer su vida volcada en el trabajo y en una disciplina cotidiana que le permita mantener a raya el desaliento. Su vida transcurre en ese espacio descolocado hasta que aparece un hombre que parece huir de algo, o al menos cargar con un secreto. Su llegada introduce una perturbación en el frágil equilibrio de la comunidad y abre la puerta a una historia donde la intriga, el miedo y una inesperada forma de afecto avanzan sin estridencias.
Lo más poderoso de Lejos es, a mi juicio, su escenario. Rosa Ribas entiende que un lugar no es solo un decorado, sino una forma de conciencia. La urbanización donde transcurre la novela no representa únicamente la lejanía física, sino también una idea de fracaso colectivo: el sueño de una vida cómoda, segura y moderna que ha dejado tras de sí calles vacías, rotondas inútiles y viviendas sin terminar.
Ese paisaje remite a una España muy concreta, la de los desarrollos urbanísticos excesivos, las promesas de prosperidad y los restos visibles de una época que confundió crecimiento con plenitud. Ribas no necesita subrayarlo demasiado. Le basta con colocar a sus personajes en ese entorno para que el lector perciba la intemperie: no solo se vive lejos de la ciudad, sino también lejos de una cierta confianza en el futuro.
La novela propone una intriga que no depende únicamente de lo excepcional, sino de la sospecha instalada en lo cotidiano. Las casas vacías, los desconocidos, los silencios de los vecinos y la aparición de alguien que parece arrastrar una culpa o una amenaza van creando una tensión progresiva. No estamos ante una narración que busque el sobresalto fácil, sino ante una inquietud más eficaz: la que nace de no saber exactamente qué se esconde detrás de una presencia, de una puerta cerrada o de una vida aparentemente normal.
Me parece importante señalar que Lejos trabaja bien esa zona intermedia entre la novela psicológica, la intriga y la observación social. La protagonista no es solo alguien que mira lo que sucede a su alrededor; es también una mujer que intenta recomponerse. Su separación, su entrega al trabajo y su esfuerzo por no caer en el desánimo dan al relato una dimensión íntima que equilibra la tensión exterior.
Rosa Ribas ha frecuentado la intriga y la novela de tensión con una atención particular a los ambientes y a las fisuras de sus personajes. En Lejos, esa capacidad se concentra en una atmósfera muy definida. La autora no parece interesada en explicar demasiado pronto, sino en dejar que el espacio actúe sobre quienes lo habitan.
La voz narrativa, según se desprende del planteamiento, busca cercanía y contención. El lenguaje debe sostener una historia de miedo, pero también de desgaste emocional. La estructura parece apoyarse en una dosificación calculada de la información: lo que se sabe, lo que se intuye y lo que se teme. Esa administración del misterio es una de las virtudes de la novela, porque permite que el lector avance movido tanto por la curiosidad como por una incomodidad más profunda.
Más allá de la trama, leo Lejos como una novela sobre la vulnerabilidad. La urbanización apartada funciona como metáfora de muchas formas contemporáneas de soledad: vivir cerca de otros sin conocerlos del todo, compartir un espacio sin construir comunidad, protegerse del mundo y descubrir que el peligro también puede estar dentro de los lugares pensados para resguardarnos.
Hay, además, una pregunta ética que atraviesa el relato: qué hacemos ante el miedo del otro. El hombre que aparece con un secreto no solo introduce suspense; obliga a mirar la fragilidad ajena y a preguntarse hasta dónde llega la confianza, la ayuda o el deseo de no implicarse. En ese punto, la novela parece alejarse de la intriga convencional para entrar en un territorio más interesante: el de las relaciones humanas cuando han perdido certezas.
Recomendaría Lejos a lectores de narrativa contemporánea que aprecien las atmósferas densas, los espacios simbólicos y las historias donde la intriga no anula la complejidad emocional. También puede interesar a quienes buscan una novela con tensión psicológica, mirada social y personajes marcados por una forma discreta de desamparo.
No es solo una novela para lectores de misterio. Es también una narración para quienes reconocen en ciertos paisajes actuales —urbanizaciones, periferias, construcciones abandonadas— algo más que un fondo arquitectónico: una señal de época. Lejos aporta a la conversación literaria una mirada sugerente sobre los espacios fallidos del presente. Frente a tantas novelas situadas en centros urbanos reconocibles, Ribas se desplaza hacia un margen: una urbanización aislada, medio vacía, donde la promesa de bienestar se ha transformado en extrañeza. Esa elección no es menor. La novela recuerda que la literatura puede leer los restos materiales de una sociedad y convertirlos en experiencia moral. En esas calles que no conducen a ninguna parte, Rosa Ribas encuentra una historia de miedo, sí, pero también una forma inesperada de preguntarse por la compañía, la confianza y la posibilidad de empezar de nuevo cuando todo parece demasiado lejos.
PUNTO Y SEGUIDO – Beatriz Caso



