La propuesta

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Daniel S. Lardon. Diario de un eterno finalista

No sé si las buenas noticias llegan tarde o si soy yo quien ha envejecido antes de aprender a recibirlas. Hay una torpeza especial en quien ha pasado media vida esperando una carta, una llamada, un correo que no llegaba, y de pronto recibe una propuesta con membrete, calendario y cierta alegría administrativa. Uno debería celebrarlo. Abrir una botella, llamar a alguien, caminar por Argüelles bajo esa luz tibia de mayo que alarga las tardes y parece conceder una segunda oportunidad a las aceras. Yo, en cambio, me quedé mirando el mensaje de la editorial pequeña —pequeña, sí, pero limpia de esa soberbia con moqueta que tienen algunas grandes casas— como si me hubieran anunciado una operación delicada.

La novela seguía allí, sobre la mesa, convertida ya en algo ajeno. El libro que durante años fue una carpeta, una insistencia, una herida doméstica, empezaba a tener fecha, cuerpo y una posibilidad de escapar de mí. La editorial me proponía, de nuevo, algo. No ya publicar —esa palabra aún me cuesta escribir sin sospecha—, sino preparar la presentación en Madrid. Habían pensado en una campaña modesta, razonable, con entrevistas pequeñas, alguna lectura, tal vez una conversación con libreros. Lo llamaban mercadeo, con una sinceridad que casi agradecí. La literatura, cuando baja de sus vitrinas, también necesita mesas, carteles, invitaciones, sillas colocadas en filas y alguien que recuerde pedir agua para el autor.

Me preguntaban si tenía algún interés especial por un lugar o establecimiento. La frase me pareció más peligrosa que todas las correcciones del manuscrito. ¿Dónde quiere uno presentar el libro que ha tardado tanto en dejar de pedir perdón por existir? Pensé en una librería de barrio, de esas que no tienen escaparates arrogantes, sino libros apoyados unos contra otros como vecinos en una conversación lenta. Pensé también en un café antiguo, con mesas de mármol, camareros que no preguntan demasiado y una luz capaz de mejorar cualquier fracaso. Incluso pensé en el vestíbulo de un teatro pequeño, quizá por culpa de Marcos, que siempre ha creído que la literatura respira mejor cuando se oye, aunque sea con una tos al fondo.

Marcos apareció, precisamente, dos días después. Estaba de paso por Madrid, como casi siempre: venía de Lisboa, iba hacia Lyon, o decía que iba hacia Lyon, porque en su vida los destinos tienen menos importancia que los trayectos. Habíamos sido vecinos hace años, antes de que él empezara a vivir con una maleta como quien adopta un animal doméstico. Nos hicimos amigos por una avería en el ascensor y por una discusión sobre Chéjov que comenzó en el portal y terminó, varias horas después, en un bar de la calle Princesa. Desde entonces nos vemos cuando la geografía se distrae y nos concede una tregua.

Quedamos en una taberna discreta cerca de Moncloa, una de esas que en mayo mantienen la puerta entreabierta y dejan entrar el ruido de las motos, el polen de los plátanos de sombra y una alegría urbana que no siempre se atreve a entrar del todo. Marcos llegó con una chaqueta ligera de lino arrugado, camisa clara sin corbata y una edición gastada de Ibsen bajo el brazo. Siempre tuvo esa elegancia de viajero que no parece vestirse para llegar a ningún sitio, sino para no desentonar en casi ninguno. Se sentó frente a mí con su manera de escuchar que no absuelve, pero tampoco condena.

—Tienes cara de hombre al que le han ofrecido algo bueno —dijo—. Eso siempre es grave.

Le conté lo de la editorial, lo de la presentación, lo del lugar que debía elegir. También le hablé de Clara, aunque al principio fingí que no hablaba de ella. Dije “hay alguien”, como si a estas alturas de la vida uno pudiera esconder un nombre detrás de una fórmula tan pobre.

—¿Lo sabe? —preguntó.

Negué con la cabeza.

Clara no sabía todavía que la editorial quería presentar el libro en Madrid. O, mejor dicho, no sabía que yo estaba pensando en convertir ese acto en una forma de decirle algo que no me atrevía a decir de manera directa. Durante días había ensayado mentalmente la conversación. “Clara, habrá una presentación”. “Clara, me gustaría que estuvieras”. “Clara, este libro también ha sobrevivido porque algunas tardes existías al otro lado del teléfono”. Todas las versiones me parecían excesivas o cobardes. En unas sonaba como un adolescente tardío; en otras, como un funcionario de mis propios sentimientos.

Marcos removió el café con una lentitud teatral.

—No confundas la prudencia con el miedo —dijo—. La prudencia evita daños innecesarios. El miedo evita la vida.

Me molestó que tuviera razón. Siempre me molesta, sobre todo cuando la tiene sin levantar la voz.

Hablamos del sitio. Él defendía un teatro pequeño, naturalmente. Decía que una novela presentada entre butacas parece menos mercancía y más aparición. Yo le dije que no quería solemnidad, que bastante solemne había sido ya la espera. Prefería una librería, quizá una de esas que todavía conservan el temblor humano de las recomendaciones. Marcos aceptó la objeción con elegancia, aunque añadió que incluso en una librería debería haber algo de escena: una mesa sencilla, dos sillas, una lámpara cálida, un lector que hiciera una pregunta incómoda y alguien en la última fila preguntándose si comprar el libro o marcharse antes del vino.

Mientras le escuchaba, pensé que tal vez la presentación no era solo el acto público de una novela. Era una prueba privada. Durante años había sido finalista de casi todo: concursos, afectos, conversaciones decisivas, trabajos firmados por otros. La vida me había dejado muchas veces a las puertas, con una mención, una llamada amable, una promesa sin fecha. Ahora alguien me ofrecía un lugar. No grande, no definitivo, pero un lugar. Y yo seguía temiendo ocuparlo.

Al volver a casa, Argüelles tenía esa luz de finales de mayo que no es todavía verano, pero ya lo anuncia en los brazos descubiertos de algunos estudiantes, en las terrazas llenas antes de tiempo y en las camisas remangadas de los oficinistas que regresan sin prisa. Caminé despacio, con la americana abierta y la cabeza llena de posibilidades inútiles. Subí a casa, me senté ante el ordenador y escribí a la editorial. Les dije que prefería una librería madrileña, no demasiado grande, con espacio para conversación y sin aparato. Añadí que me interesaba más la cercanía que el ruido. Al releerlo, me pareció una frase aceptable para un correo y peligrosa para una vida.

No escribí a Clara.

Dejé el móvil sobre la mesa, como quien deja un animal dormido. Pensé en llamarla. Pensé en no hacerlo. Pensé que quizá sería mejor esperar a tener fecha cerrada, cartel, hora, una excusa impecable. La cobardía, cuando se educa, aprende modales muy finos.

A las diez y veinte sonó el teléfono. Era Clara. No dijo nada extraordinario. Esa fue su manera de desarmarme. Me preguntó cómo estaba, si seguía corrigiendo fantasmas, si Madrid continuaba tratándome con su cortesía áspera. Luego, antes de que yo encontrara el valor para hablarle del libro, me dijo que le apetecía verme.

—¿Te vendrías este fin de semana conmigo? —preguntó—. Sin planes heroicos. Solo dos días. Ya hace tiempo de sentarse al aire libre sin pedirle permiso al frío.

Miré la novela sobre la mesa, el correo enviado, la ciudad al otro lado del cristal. Por primera vez en mucho tiempo, la propuesta no venía de una editorial.

Venía de la vida.

Y esta vez, aunque todavía no supe contestar con grandeza, tampoco quise hacerme el finalista.

—Sí —dije—. Me vendría muy bien.

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