El loco de Dios en el fin del mundo, de Javier Cercas

0
79

En El loco de Dios en el fin del mundo, Javier Cercas vuelve a una de sus zonas de máxima eficacia: la narración como pesquisa moral. El punto de partida —un escritor ateo, anticlerical y laicista que viaja hacia Mongolia con el papa Francisco para interrogarle sobre la resurrección y la vida eterna— instala desde la primera página una tensión productiva: la del racionalista que, empujado por un duelo íntimo, se ve obligado a tratar en serio aquello que considera intelectualmente inaceptable. La pregunta que lo mueve (“¿verá mi madre a mi padre más allá de la muerte?”) no es teológica; es afectiva. Y el libro se lee, ante todo, como el intento de traducir esa necesidad a un lenguaje que no traicione ni la lucidez ni el amor.

El resumen argumental puede enunciarse como una misión: acercarse al centro de una institución opaca —el Vaticano— para obtener una respuesta, y devolverla a quien la espera. En el trayecto, el narrador no solo persigue al papa, sino que se persigue a sí mismo: confronta su identidad pública (el descreído combativo) con la persistencia, en la experiencia humana, de una demanda de sentido que no se deja desalojar por argumentos. El suspense no depende de giros externos, sino de una incógnita interior: qué hará un hombre que se sabe sin fe cuando la realidad emocional le exige un consuelo que la razón no fabrica.

Formalmente, la obra se sostiene en una voz de primera persona que combina confesión, crónica y reflexión. Cercas trabaja la estructura como una investigación: avance por escenas, acumulación de interrogantes, administración del acceso —quién habla, quién calla, qué se permite ver— y una tensión continua entre el deseo de precisión y la conciencia de estar tratando con lo inverificable. El lenguaje, previsiblemente cercasiano, tiende a lo nítido y argumentativo, con ironía contenida: no busca elevar, sino aclarar; no pontifica, discute. Esa contención es clave para que el libro no se deslice ni hacia el ajuste de cuentas con la Iglesia ni hacia el testimonio edificante: la escritura se mantiene en el filo, donde la inteligencia no se rinde pero tampoco se blinda.

En su contexto literario, el texto prolonga una línea reconocible en Cercas: la “novela sin ficción” que mezcla expediente público y herida privada, y que convierte el acto de narrar en un método para pensar. Éticamente, plantea una cuestión incómoda para el secularismo contemporáneo: si lo religioso no es solo un sistema de creencias, sino también un repertorio de respuestas —a veces imperfectas, a veces necesarias— frente a la finitud. La figura del “loco” se duplica: el creyente que afirma lo improbable y el descreído que, por amor, acepta formular la pregunta.

Recomendar su lectura es aconsejar un libro que no ofrece consuelos prefabricados ni impugnaciones fáciles: propone, con rigor y pulso narrativo, un examen de nuestra relación con la muerte, la esperanza y el derecho —o la imposibilidad— de pedir una promesa cuando ya no basta con tener razón.

REDACCIÓN. Punto y Seguido

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí