Fortunata y Jacinta – Segunda parte – Capítulo VII – partes I y II

0
185

-VII-

La boda y la luna de miel


I

Por fin se acordó que Fortunata saldría del convento para casarse en la segunda quincena de Setiembre. El día señalado estaba ya muy próximo, y si el pensamiento de la reclusa no se había familiarizado aún de una manera terminante con la nueva vida que la esperaba, no tenía duda de que le convenía casarse, comprendiendo que no debemos aspirar a lo mejor, sino aceptar el bien posible que en los sabios lotes de la Providencia nos toca. En las últimas visitas, Maxi no hablaba más que de la proximidad de su dicha. Contole un día que ya tenía tomada la casa, un cuarto precioso en la calle de Sagunto, cerca de su tía; otro la entretuvo refiriéndole pormenores deliciosos de la instalación. Ya se habían comprado casi todos los muebles. Doña Lupe, que se pintaba sola para estas cosas, recorría diariamente las almonedas anunciadas en La Correspondencia, adquiriendo gangas y más gangas. La cama de matrimonio fue lo único que se tomó en el almacén; pero doña Lupe la sacó tan arreglada, que era como de lance. Y no sólo tenían ya casa y muebles, sino también criada. Torquemada les recomendó una que servía para todo y que guisaba muy bien, mujer de edad mediana, formal, limpia y sentada. Bien podía decirse de ella que era también ganga como los muebles, porque el servicio estaba muy malo en Madrid, pero muy malo. Nombrábase Patricia, pero Torquemada la llamaba Patria, pues era hombre tan económico que ahorraba hasta las letras, y era muy amigo de las abreviaturas por ahorrar saliva cuando hablaba y tinta cuando escribía.

Otra tarde le dio Maxi una hermosa sorpresa. Cuando Fortunata entró en el convento, las papeletas de alhajas y ropas de lujo que estaban empeñadas quedaron en poder del joven, que hizo propósito de liberar aquellos objetos en cuanto tuviese medios para ello. Pues bien, ya podía anunciar a su amada con indecible gozo que cuando entrara en la nueva casa, encontraría en ella las prendas de vestir y de adorno que la infeliz había arrojado al mar el día de su naufragio. Por cierto que las alhajas le habían gustado mucho a doña Lupe por lo ricas y elegantes, y del abrigo de terciopelo dijo que con ligeras reformas sería una pieza espléndida. Esto le llevó naturalmente a hablar de la herencia. Ya había cogido su parte, y con un pico que recibió en metálico había redimido las prendas empeñadas. Ya era propietario de inmuebles, y más valía esto que el dinero contante. Y a propósito de la herencia, también le contó que entre su hermano mayor y doña Lupe habían surgido ruidosas desavenencias. Juan Pablo empleó toda su parte en pagar las deudas que le devoraban y un descubierto que dejara en la administración carlista. No bastándole el caudal de la herencia, había tenido el atrevimiento de pedir prestada una cantidad a doña Lupe, la cual se voló ¡y le dijo tantas cosas…! Total, que tuvieron una fuerte pelotera, y desde entonces no se hablaban tía y sobrino, y este se había ido a vivir con una querida. «¡Y viva la moralidad! ¡Y tradicionalista me soy!».

Charlaron otro día de la casa, que era preciosa, con vistas muy buenas. Como que del balcón del gabinete se alcanzaba a ver un poquito del Depósito de aguas; papeles nuevos, alcoba estucada, calle tranquila, poca vecindad, dos cuartos en cada piso, y sólo había principal y segundo. A tantas ventajas se unía la de estar todo muy a la mano: debajo carbonería, a cuatro pasos carnicería, y en la esquina próxima tienda de ultramarinos.

No podía olvidárseles el importante asunto de la carrera de Rubinius vulgaris. A mediados de Setiembre se había examinado de la única clase que le faltaba para aprobar el último año, y lo más pronto que le fuera posible tomaría el grado. Desde luego entraría de practicante en la botica de Samaniego, el cual estaba gravemente enfermo, y si se moría, la viuda tendría que confiar a dos licenciados la explotación de la farmacia. Maxi entraría seguramente de segundo, con el tiempo llegaría a ser primero, y por fin amo del establecimiento. En fin, que todo iba bien y el porvenir les sonreía.

Estas cosas daban a Fortunata alegría y esperanza, avivando los sentimientos de paz, orden y regularidad doméstica que habían nacido en ella. Con ayuda de la razón, estimulaba en su propia voluntad la dirección aquella, y se alegraba de tener casa, nombre y decoro.

Dos días antes de la salida, confesó con el padre Pintado; expurgación larga, repaso general de conciencia desde los tiempos más remotos. La preparación fue como la de un examen de grado, y el capellán tomo aquel caso con gran solicitud y atención. Allí donde la penitente no podía llegar con su sinceridad, llegaba el penitenciario con sus preguntas de gancho. Era perro viejo en aquel oficio. Como no tenía nada de gazmoño, la confesión concluyó por ser un diálogo de amigos. Diole consejos sanos y prácticos, hízole ver con palmarios ejemplos, algunos del orden humorístico, la perdición que trae a la criatura el dejarse mover de los sentidos, y le pintó las ventajas de una vida de continencia y modestia, dando de mano a la soberbia, al desorden y a los apetitos. Descendiendo de las alturas espirituales al terreno de la filosofía utilitaria, don León demostró a su penitente que el portarse bien es siempre ventajoso, que a la larga el mal, aunque venga acompañado de triunfos brillantes, acaba por infligir a la criatura cierto grado de penalidad sin esperar a las de la otra vida, que son siempre infalibles. «Hágase usted la cuenta—le dijo también—, de que es otra mujer, de que se ha muerto y resucitado en otro mundo. Si encuentra usted algún día por ahí a las personas que en aquella pasada vida la arrastraron a la perdición, figúrese que son fantasmas, sombras, así como suena, y no las mire siquiera». Por fin, encomendole la devoción de la Santísima Virgen, como un ejercicio saludable del espíritu y una predisposición a las buenas acciones. La penitente se quedó muy gozosa, y el día que hizo la comunión se observó con una tranquilidad que nunca había tenido.

La despedida de las monjas fue muy sentida. Fortunata se echó a llorar. Sus compañeras Belén y Felisa le dieron besos, regaláronle estampitas y medallas, asegurándole que rezarían por ella. Doña Manolita mostrose envidiosa y desconsolada. Ella también saldría, pues sólo estaba allí por equivocación; pronto se habían de ver claras las cosas, y el asno de su marido vendría a pedirle perdón y a sacarla de aquel encierro. Sor Marcela, Sor Antonia, la Superiora y las demás madres mostráronse muy afables con ella, asegurando que era de las recogidas que les habían dado menos que hacer. Despidiéronla con sentimiento de verla salir; pero dándole parabienes por su boda y el buen fin que su reclusión había tenido.

En la sala esperaban Maximiliano y doña Lupe, que la recogieron y se la llevaron en un coche de alquiler. Estaba convenido de antemano llevarla a la casa del novio, cosa verdaderamente un poco irregular; pero como ella no tenía en Madrid parientes, al menos conocidos, doña Lupe no vio solución mejor al problema de alojamiento. La boda se verificaría el lunes 1.º de Octubre, dos días después de la salida de las Micaelas.

Sentía la señora de Jáuregui el goce inefable del escultor eminente a quien entregan un pedazo de cera y le dicen que modele lo mejor que sepa. Sus aptitudes educativas tenían ya materia blanda en quien emplearse. De una salvaje en toda la extensión de la palabra, formaría una señora, haciéndola a su imagen y semejanza. Tenía que enseñarle todo, modales, lenguaje, conducta. Mientras más pobreza de educación revelaba la alumna, más gozaba la maestra con las perspectivas e ilusiones de su plan.

Aquella misma mañana, cuando estaban almorzando, tuvo ya ocasión, con tanto regocijo en el alma como dignidad en el semblante, de empezar a aplicar sus enseñanzas. «No se dice armejas sino almejas. Hija, hay que irse acostumbrando a hablar como Dios manda». Quería doña Lupe que Fortunata se prestase a reconocerla por directora de sus acciones en lo moral y en lo social, y mostraba desde los primeros momentos una severidad no exenta de tolerancia, como cumple a profesores que saben al pelo su obligación.

Destinósele una habitación contigua a la alcoba de la señora, y que le servía a esta de guardarropa. Había allí tantos cachivaches y tanto trasto, que la huéspeda apenas podía moverse; pero dos días se pasan de cualquier manera. Durante aquellos dos días, hallábase la joven muy cohibida delante de la que iba a ser su tía, porque esta no bajaba del trípode ni cesaba en sus correcciones; y rara vez abría la boca Fortunata sin que la otra dejara de advertirle algo, ya referente a la pronunciación, ya a la manera de conducirse, mostrándose siempre autoritaria, aunque con estudiada suavidad. «En los conventos—decía—, se corrigen muchos defectos; pero también se adquieren modales encogidos. Suéltese usted, y cuando salude a las visitas, hágalo con serenidad y sin atropellarse».

Estas cosas ponían a Fortunata de mal humor, y su encogimiento crecía.

Consideraba que cuando estuviera en su casa, se emanciparía de aquella tutela enojosa, sin chocar, por supuesto, porque además doña Lupe le parecía mujer de gran utilidad, que sabía mucho y aconsejaba algunas cosas muy puestas en razón.

Molestaban a Fortunata las visitas que, según ella, sólo iban por curiosear. Doña Silvia no había podido resistir la curiosidad y se plantó en la casa el mismo día en que la novia salió del convento. Al otro día fue Paquita Morejón, esposa de D. Basilio Andrés de la Caña, y ambas parecieron a Fortunata impertinentes y entrometidas. Su finura resultole afectada, como de personas ordinarias que se empeñan en no parecerlo.

Las visitas le daban cumplida enhorabuena por su boda. En los ojos se les leía este pensamiento: «¡Vaya una ganga la de usted!». La señora de D. Basilio repitió la visita el segundo día. Iba vestida de pingajos de seda mal arreglados, queriendo aparentar. Hízose muy pegajosa; quería intimar y elogiaba la hermosura de la novia, como un medio indirecto de expresar las deficiencias de la misma en el orden moral.

Otra visita notable fue la de Juan Pablo, a quien llevó su hermano. Doña Lupe y el mayor de los Rubines no se hablaban después de la marimorena que tuvieron al repartir la herencia. Con gran sorpresa de la novia, Juan Pablo estuvo afectuoso con ella. Creeríase que intentaba hacer rabiar a su tía, concediendo su benevolencia a la persona de quien aquella había dicho tantas perrerías. Durante la visita, que no fue breve, sentose Fortunata en el borde de una silla, como una paleta, algo atontada y no sabiendo qué decir para sostener la conversación con un hombre que se expresaba tan bien. Al despedirse, diole Juan Pablo un fuerte apretón de manos, diciéndole que asistiría a la boda.

Luego fueron tía y sobrina a ver la casa matrimonial. Doña Lupe le mostró uno por uno los muebles, haciéndole notar lo buenos que eran, y que su colocación, dispuesta por ella, no podía ser más acertada. El juicio sobre cada parte de la casa y sobre los trastos y su distribución dábalo ya por anticipado doña Lupe, de modo que la otra no tuviese que decir más que «sí… verdad…».

De vuelta, ya avanzada la tarde, a la calle de Raimundo Lulio, se ocuparon en disponer varias cosas para el día siguiente. Maximiliano había ido a invitar a algunos amigos, y doña Lupe salió también diciendo que volvería antes de anochecido. Quedose sola Fortunata, y se puso a hacer en su vestido de gro negro, que había de lucir en la ceremonia, ciertos arreglos de escasa importancia. No tenía más compañía que la de Papitos, que se escapaba de la cocina para ponerse al lado de la señorita, cuya hermosura admiraba tanto. El peinado era la principal causa de la estupefacción de la chiquilla, y habría dado esta un dedo de la mano por poder imitarlo. Sentose a su lado y no se hartaba de contemplarla, llenándose de regocijo cuando la otra solicitaba su ayuda, aunque sólo fuera para lo más insignificante. En esto llamaron a la puerta; corrió a abrir la mona, y Fortunata no supo lo que le pasaba cuando vio entrar en la sala a Mauricia la Dura.


II

El sentimiento que le inspiraba aquella mujer en las Micaelas; la inexplicable mescolanza de terror y atracción prodújose en aquel instante en su alma con mayor fuerza. Mauricia le infundía miedo y al propio tiempo una simpatía irresistible y misteriosa, cual si le sugiriera la idea de cosas reprobables y al mismo tiempo gratas a su corazón. Miró a su amiga sin hablarle, y esta se le acercó sonriendo, como si quisiera decir: «Lo que menos esperabas tú era verme aquí ahora…».

—¿De veras eres tú…?

Y observó que Mauricia traía unos zapatos muy bonitos de cuero amarillo, atados con cordones azules terminados en madroños.

—¡Y qué bien calzada!…

—¿Qué te creías tú?

Después le miró la cara. Estaba muy pálida; los ojos parecían más grandes y traicioneros, acechando en sus profundos huecos violados bajo la ceja recta y negra. La nariz parecía de marfil, la boca más acentuada y los dos pliegues que la limitaban más enérgicos. Todo el semblante revelaba melancolía y profundidad de pensamiento, al menos así lo consideró Fortunata sin poder expresar por qué. Traía Mauricia un mantón nuevo y a la cabeza un pañuelo de seda de fajas azul-turquí y rojo vivo, delantal de cuadritos y falda de tartán, y en la mano un bulto atado con un pañuelo por las cuatro puntas.

«¿No está doña Lupe?» dijo sentándose sin ninguna ceremonia.

—Ya le he dicho que no—replicó Papitos con mal modo.

—No te he preguntado a ti, refistolera, métome-en-todo. Lárgate a tu cocina, y déjanos en paz.

Papitos se fue refunfuñando.

—¿Qué traes por aquí?—le preguntó Fortunata, que desde que la vio entrar, sentía palpitaciones muy fuertes.

—Pues nada… Estoy otra vez corriendo prendas, y aquí traigo unos mantones para que los vea esa tía pastelera…

—¡Qué manera de hablar! Corrígete, mujer… ¿Te has olvidado ya de la que hiciste en el convento? ¡Vaya un escándalo! Lo sentí mucho por ti. Aquel día me puse mala.

—Chica, no me hables… Vaya, que me trastorné de veras. Pero una tentación cualquiera la tiene. ¿Y qué, dije muchas barbaridades? Yo no me acuerdo. No estaba en mí, no sabía lo que hacía. Sólo me acuerdo de que vi a la Pura y Limpia, y después quise entrar en la iglesia y coger al Santísimo Sacramento… soñé que me comía la hostia… Nunca me ha dado un toque tan fuerte, chica… ¡Qué cosas se le ocurren a una cuando se sube el mengue a la cabeza! Créemelo porque yo te lo digo: cuando se me serenó el sentido, estaba abochornada… El único a quien guardaba rencor era al tío capellán. Me lo hubiera comido a bocados. A las señoras no. Me daban ganas de ir a pedirles perdón; pero por el aquel de la dinidá no fui. Lo que más me escocía era haberle tirado un ladrillazo a doña Guillermina. Esto sí que no me lo paso, no me lo paso… Y le he cogido tal miedo, que cuando la veo venir por la calle, se me sube toda la color a la cara, y me voy por otro lado para que no me vea. A mi hermana le ha dicho que me perdona, ¿ves?, y que todavía cuenta hacer algo por mí.

—Es que eres atroz…—le dijo Fortunata—. Si no te quitas ese vicio, vas a parar en mal.

—Quita, mujer, y no me digas nada… Pues si desde que salí de las Micaelas no he vuelto a catarlo… Soy ahora, como quien dice, otra. No quiero vivir con mi hermana, porque Juan Antonio y yo no casamos bien; pero a persona decente no me gana nadie ahora. Créetelo porque yo te lo digo. No lo vuelvo a catar. Y si no, tú lo has de ver… Y pasando a otra cosa, ya sé que te casas mañana.

—¿Por dónde lo has sabido?

—Eso, acá yo… Todo se sabe—replicó la Dura con malicia—. Vaya, que te ha caído la lotería. Yo me alegro, porque te quiero.

En esto Mauricia se inclinó bruscamente y recogió del suelo un objeto pequeño. Era un botón.

«Buen agüero, mira—dijo mostrándolo a Fortunata—. Señal de que vas a ser dichosa».

—No creas en brujerías.—¿Que no crea?… Paices boba. Cuando una se encuentra un botón, quiere decirse que a una le va a pasar algo. Si el botón es como este, blanco y con cuatro ujeritos, buena señal; pero si es negro y con tres, mala.

—Eso es un disparate.—Chica, es el Evangelio. Lo he probado la mar de veces. Ahora vas a estar en grande. ¿Sabes una cosa?

Dijo esto último con tal intención, que Fortunata, cuya ansiedad crecía sin saber por qué, vio tras el sabes una cosa una confidencia de extraordinaria gravedad.

—¿Qué?—Que te quemas.—¿Cómo que me quemo?

—Nada, mujer, que te quemas, que le tienes muy cerca. Te gustan las cosas claras, ¿verdad?, pues allá va. Volvió de Valencia muy bueno y muy enamoradito de ti. Lo que yo te decía, chica, lo mismo fue enterarse de que estabas en las Micaelas haciéndote la católica, que se le encendió el celo, y todas las tardes pasaba por allí en su featón. Los hombres son así: lo que tienen lo desprecian, y lo que ven guardado con llave y candados, eso, eso es lo que se les antoja.

—Quita, quita…—dijo Fortunata, queriendo aparecer serena—. No me vengas con cuentos.

—Tú lo has de ver.—¿Cómo que lo he de ver? Vaya, que tienes unas cosas…

Mauricia se echó a reír con aquel desparpajo que a su amiga le parecía el humorismo de un hermoso y tentador demonio. En medio de la infernal risa, brotaba esta frase que a Fortunata le ponía los pelos de punta: «¿Te lo digo?… ¿te lo digo?».

—¿Pero qué?

Se miraron ambas. Dentro de los cóncavos y amoratados huecos de los ojos, acechaban las pupilas de Mauricia con ferocidad de pájaro cazador.

«¿Te lo digo?… Pues el tal sabe echar por la calle de enmedio. Vaya, que es listo y ejecutivo. Te ha armado una trampa, en la cual vas a caer… Como que ya has metido la patita dentro».

—¿Yo…?—Sí… tú. Pues ha alquilado el cuarto de la izquierda de la casa en que vas a vivir; el tuyo es el de la derecha.

—¡Bah!… no digas desatinos—replicó Fortunata, queriendo echárselas de valiente.

Deslizose de sus rodillas al suelo la falda de gro negro que estaba arreglando.

«Como lo oyes, chica… Allí le tienes. Desde que entres en tu casa, le sentirás la respiración».

—Quita, quita… no quiero oírte.

—Si sabré yo lo que me digo. Para que te enteres: hace media hora que he estado hablando con él en casa de una amiga. Si no caes en la trampa, creo que el pobrecito revienta… tan dislocado está por ti.

—El cuarto de al lado… a mano izquierda cuando entramos… el mío a esta mano; de modo que… No me vuelvas loca…

—Lo ha tomado por cuenta de él una que llaman Cirila… Tú no la conoces; yo sí: ha sido también corredora de alhajas y tuvo casa de huéspedes. Está casada con uno que fue de la ronda secreta, y ahora tu señor me le ha colocado en el tren.

Fortunata sintió que se congestionaba. Su cabeza ardía.

«Vaya, todo eso es cuento… ¿Piensas que me voy a creer esas bolas?… ¡Como no se acuerde él de mí…!, ni falta.

—Tú lo has de ver. ¡Ay qué chico! Da pena verle… loquito por ti… y arrepentido de la partida serrana que te jugó. Si la pudiera reparar, la repararía. Créetelo porque yo te lo digo.

En esto entró Papitos con pretexto de preguntar una cosa a la señorita, pero realmente con el único objeto de curiosear. Lo mismo fue verla Mauricia que echarle los tiempos del modo más despótico.

«Mira, chiquilla, si no te largas, verás».

La amenazó con un movimiento del brazo, precursor de una gran bofetada; pero la mona se le rebeló, chillando así: «No me da la gana… ¿Y a usted qué?… ¡Mía esta!…». Fortunata le dijo: «Papitos, vete a la cocina», y obedeció la rapaza, aunque de muy mala gana.

«Pues yo…—prosiguió Fortunata—, si es verdad, le diré a mi marido que tome otra casa».

—Tendrías que cantarle el motivo.

—Se lo cantaré… vaya.—Bonita escandalera armarías… Nada, hija, que la trampa te la ponen donde quiera que vayas, y ¡pum!… ídem de lienzo.

—Pues ea… no me casaré—dijo la novia en el colmo ya de la confusión.

—¡Quia! Por tonta que te quieras volver, no harás tal… ¿Crees que esas brevas caen todos los días? Que se te quite de la cabeza… Casadita, puedes hacer lo que quieras, guardando el aparato de la comenencia. La mujer soltera es una esclava; no puede ni menearse. La que tiene un peine de marido, tiene bula para todo.

Fortunata callaba, mirando vagamente al suelo, con la barba apoyada en la mano.

«¿Qué miras?—dijo la Dura inclinándose—. ¡Ah!, otro botón… y este es negro, con tres ujeros… Mala señal, chica. Esto quiere decir que si no te casas, mereces que te azoten».

Recogiendo el botón, lo miraba de cerca. Anochecía, y la sala se iba quedando a oscuras. Poco después Fortunata veía sólo el bulto de su amiga y los zapatos amarillos. Empezaba a cogerle miedo; pero no deseaba que se marchase, sino que hablara más y más del mismo temeroso asunto.

«Te digo que no me caso» repitió la joven, sintiendo que se renovaba en su alma el horror al matrimonio con el chico de Rubín. Y las ideas tan trabajosamente construidas en las Micaelas, se desquiciaron de repente. Aquel altarito levantado a fuerza de meditaciones y de gimnasias de la razón, se resquebrajaba como si le temblara el suelo.

«El cuarto de la izquierda… de modo que… Eso es estar vendida… Una puerta aquí, otra allí…».

—Lo que te digo, una patita en la trampa; sólo te falta meter la otra.

Y rompió a reír de nuevo con aquella franqueza insolente que a Fortunata le agradaba, cosa extraña, despertando en su alma instintos de dulce perversidad.

«Nada, yo no me caso, que no me caso, ¡ea!—declaró la novia levantándose y dando pasos de aquí para allí, cual si moviéndose quisiera infundirse la energía que le faltaba».

—Como lo vuelvas a decir…—añadió Mauricia haciendo un gesto de burlesca amenaza—. ¿Piensas que una ganga como esta se encuentra detrás de cada esquina? Nada, chica, a casarse tocan. En ese espejo quisieran verse otras. Y para acabar, chica, cásate, y haz por no caer en la trampa. Vaya, ponte a ser honrada, que de menos nos hizo Dios… Oye lo que te digo, que es el Evangelio, chica, el puro Evangelio:

Fortunata se detuvo ante su amiga, y esta la obligó a sentarse otra vez a su lado.

«Nada, te casas… porque casarte es tu salvación. Si no, vas a andar de mano en mano hasta la consunción de los siglos. Tú no seas boba; si quieres ser honrada, serlo, hija. Descuida, que no te pondrán un puñal al pecho para que peques».

—Pues sí—dijo Fortunata animándose—, ¿qué me importa a mí la trampa? Como yo no quiera caer…

—Claro… El otro ahí junto… pues que le parta un rayo. ¿A ti qué? Tú di «soy honrada», y de ahí no te saca nadie. A los pocos días le dices a tu esposo de tu alma que la casa no te gusta, y tomáis otra.

—Di que sí… tomamos otra, y se acabó la trampa—observó la novia tomando en serio los consejos de su amiga.

—Verdad que él no se acobardará, y a donde vayas, él detrás. Créeme que está loco, Y te digo más. La criada que tienes, esa Patricia que le recomendó a doña Lupe el señor de Torquemada, está vendida.

—¡Vendida!… ¡Ah!…—exclamó Fortunata con nuevo terror—. Mira tú por qué esa mujer no me gustó cuando la vi esta mañana. Es muy adulona, muy relamida, y tiene todo el aire de un serpentón… Pues nada, le diré a mi marido que no me gusta, y mañana mismo la despido.

—Eso… y viva el caraiter. Tú mira bien lo que te digo: siempre y cuando quieras ser honrada, serlo; pero dejarte de casar, ¡dejar de casarte!, que no se te pase por la cabeza, hija de mi alma.

Fortunata parecía recobrar la calma con esta exhortación de su amiga, expresada de una manera cariñosa y fraternal.

«Otra cosa se me ocurre—indicó luego con la alegría del náufrago que ve flotar una tabla cerca de sí—. Le diré a mi marido que estoy mala y que me lleve a vivir al pueblo ese donde ha cogido la herencia».

—¡Pueblo!… ¿Y qué vas a hacer tú en un pueblo?—dijo Mauricia con expresión de desconsuelo, como una madre que se ocupa del porvenir de su hija—. Mira tú, y créelo porque yo te lo digo: más difícil es ser honrada en un pueblo chico que en estas ciudades grandes donde hay mucho personal, porque en los pueblos se aburre una; y como no hay más que dos o tres sujetos finos y siempre les estás viendo, ¡qué peine!, acabas por encapricharte con alguno de ellos. Yo conozco bien lo que son los pueblos de corto personal. Resulta que el alcalde, y si no el alcalde el médico y si no el juez, si lo hay, te hacen tilín, y no quiero decirte nada. En último caso, tanto te aburres, que te da un toque y caes con el señor cura…

—Quita, quita, ¡qué asco!

—Pues chica, no pienses en salir de Madrid—agregó la tarasca cogiéndola por un brazo, atrayéndola a sí y sentándola sobre sus rodillas—. Hija de mi vida, ¿a quién quiero yo? A ti nada más. Lo que yo te diga es por tu bien.

Déjate llevar; cásate, y si hay trampa, que la haya. Lo que debe pasar, pasa… Deja correr y haz caso de mí, que te he tomado cariño y soy mismamente como tu madre.

Fortunata iba a responder algo; pero la campanilla anunció que se aproximaba doña Lupe.

Cuando esta penetró en la sala, ya sabía por Papitos quién estaba allí.

—¿En dónde está esa loca?—entró diciendo—. ¡Pero qué oscuridad! No veo gota. Mauricia…

—Aquí estoy, mi señora doña Lupe. Ya nos podían traer una luz.

Fortunata fue por la luz, y en tanto la viuda dijo a su corredora:

«¿Qué traes por acá? ¡Cuánto tiempo…! ¿Y qué tal? ¿Te has enmendado? Porque el padre Pintado le contó a Nicolás horrores de ti…».

—No haga caso, señora. D. León es muy fabulista y boquea más de la cuenta. Fue un pronto que tuve.

—¡Vaya unos prontos!… ¿Y qué traes ahí?

Entró Fortunata con la lámpara encendida, y la tarasca empezó a mostrar mantones de Manila, un tapiz japonés, una colcha de malla y felpilla.

«Mire, mire qué primores. Este pañolón es de la señá marquesa de Tellería. Lo da por un pedazo de pan. Anímese, señora, para que haga un regalo a su sobrina, el día de mañana, que así sea el escomienzo de todas las felicidades».

—¡Quita allá!… ni para qué quiere esta mantones. ¡Buenos están los tiempos! ¿Y qué precio?… ¡Cincuenta duros! Ajajá… ¡qué gracia! Los tengo yo del propio Senquá, mucho más floreados que ese y los doy a veinticinco.

—Quisiera verlos… ¿Sabe lo que le digo? Que me caiga muerta aquí mismo, si no es verdad que me han ofrecido treinta y ocho y no lo he querido dar… Mire, por estas cruces.

Y haciendo la cruz con dos dedos, se la besó.

—«A buena parte vienes!… Si estoy yo de mantones…».

—Pero no serán como este.—Mejores, cien veces mejores… Pero me alegro de que hayas venido: te voy a dar un aderezo para que me lo corras.

Y siguieron picoteando de este modo hasta que entró Maximiliano, y doña Lupe mandó sacar la sopa. El novio, enterándose de que había visita en la sala, acercose despacito a la puerta para ver quién era. «Es Mauricia» le dijo su prometida saliéndole al encuentro.

Ambos se fueron al comedor, esperando allí a que su tía despachase a la corredora. Cuando esta se fue no quiso Fortunata salir a despedirla, por temor de que dijese algo que la pudiera comprometer.

REDACCIÓN

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí