Fuego

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Cada noche, pegado a la ventana, ensimismado, intuyendo certezas que no acertaba a comprender, contemplaba el avance del incendio estrechando el horizonte.

Otra noche, años atrás, durante una especie de reunión familiar, una visita de vecinos, o parientes, lo que venía a ser lo mismo en aquellas fechas y aquel sitio, había caído sobre una hoguera de forma aparatosa, en un primer intento (esa vez, involuntario) de revolcarme en las brasas del infierno. Escuchaba la conversación de los adultos mientras me balanceaba en un taburete de madera de espaldas y pegado al fuego, al calor de la lareira. De pronto perdí el control del balanceo, salí despedido hacia atrás y aterricé sobre las llamas: la rapidez de reflejos de un tío/primo/vecino llamado Pepe (creo recordar: tenía un hermano mayor, Manolo; eran tipos grandes de apariencia robusta y saludable y alguno de los dos, o los dos, trabajaba en un taller mecánico, como mi padre) evitó el desastre.

Pero no tenía nada que ver. El espectáculo hipnótico del incendio que a la luz del día daba la impresión de haber sido sofocado, con su espectacular resurgimiento al caer el sol, daba vida de igual forma a la posibilidad inquietante de alcanzar las casas de la aldea. Para eso tendría que salvar el cortafuegos del Xallas, pensaba yo antes de ponerme a mirar los dibujos animados del señor Rossi en un pequeño televisor en blanco y negro, junto a la ventana, acompañado por la visita de turno, unos parientes argentinos maravillados por el hecho de que en España hubiera solamente dos canales de televisión cuando ellos tenían tantos en su país.

Después tomaba mi cuenco de leche y subía a mi habitación. En el piso de arriba, tonalidades sepia y oro, aparadores antiguos, armarios enormes, pastillas de jabón y naftalina. Volvía a asomarme a la ventana: la silueta imponente del hórreo de cantería, iluminado por la débil luz de una farola, y el resplandor lejano, casi familiar, del fuego.

No me preocupaba el fuego. Me fascinaba: ejercía sobre mí una atracción morbosa, irresistible. Si me preocupaba algo (una preocupación relativa, al fin y al cabo) era la idea de que el viejo suelo de pino de mi dormitorio, acribillado de carcoma, cediera en algún momento y yo diera con mis huesos en lo que tenía debajo, la tenebrosa cuadra de los cerdos.

© Ángel Calvo Pose

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