ATLAS LITERARIO: LITERATURA DEL SILENCIO
El silencio como estética: Decir lo justo. Callar como forma de belleza
España contemporánea: Clavícula – Marta Sanz (Anagrama, 2017).
En Clavícula, Marta Sanz ensaya una forma de escritura que no busca representar el dolor, sino medirlo. Medirlo en el sentido más material: sopesar su peso específico, registrar sus oscilaciones, describir el modo en que se instala en el cuerpo y contamina la percepción del mundo. Esa operación, aparentemente íntima, está atravesada por una pregunta política y moral: qué hacemos con aquello que no se ve, con lo que no encaja en el relato social de la productividad, con lo que no puede convertirse en hazaña ni en ejemplo. En el marco de unas “literaturas del silencio”, el libro se sitúa en un territorio incómodo: el del malestar persistente que no se deja narrar con la épica de la enfermedad ni con el consuelo de una causa clara. Lo callado aquí no es vacío; es fricción constante entre lenguaje y experiencia.
La voz de Sanz se construye desde una primera persona que desconfía de su propia centralidad. No se instala en la confidencia ni en el desahogo; más bien trabaja con una autoconsciencia que vigila la tentación del dramatismo. Esa vigilancia no es un rasgo temperamental, sino un procedimiento formal: la frase se afila para no “decorar” el sufrimiento, para evitar que el dolor se convierta en espectáculo o coartada. El resultado es una voz que se permite la vulnerabilidad sin entregarse a la autocompasión: una vulnerabilidad crítica, que sabe que el relato del cuerpo puede ser, en manos ajenas, materia de consumo o de moralina. En esa tensión se cifra una ética de la contención: hablar, sí, pero sin reclamar el monopolio del sentido; escribir, sí, pero sin convertir la experiencia en mercancía sentimental.
El libro opera por fragmentos, acumulaciones, series y retornos. Más que progresar hacia una resolución, insiste. Esa estructura de insistencia reproduce el tiempo del dolor crónico: un tiempo sin clímax, sin “aprendizaje” lineal, que desgasta por repetición. Frente a la narración que avanza, Clavícula se afirma como una escritura que vuelve sobre sus pasos y reformula; que se interrumpe, se corrige y se contradice. Esa forma no es un capricho experimental: es el modo de no mentir. Si el dolor crónico impone un presente denso —un presente que invade y reorganiza la vida—, la estructura fragmentaria impide la ilusión de continuidad. El texto no “explica” el dolor; lo rodea, lo escucha, lo pone en relación con otras zonas de experiencia y deja que su opacidad permanezca.
En el lenguaje hay una deliberada economía de efectos. La prosa de Sanz, precisa y cortante, trabaja con una atención casi clínica a los matices, pero rehúye la neutralidad: la exactitud no elimina la emoción, la vuelve más incómoda. Lo que aparece es un estilo que alterna registros —del análisis a la ironía, de la anotación casi doméstica a la reflexión cultural— sin buscar armonía, como si el texto asumiera que la conciencia, bajo el dolor, se vuelve discontinua. Esa discontinuidad produce un tipo particular de silencio: no el silencio como omisión, sino como corte. El corte entre lo que puede decirse y lo que sólo se bordea; entre la palabra y el síntoma; entre el relato público y la vivencia que no encuentra comunidad inmediata.
En esa frontera del cuerpo —cuerpo como límite, como territorio de disputa— se juega gran parte del libro. La clavícula funciona menos como símbolo cerrado que como punto de localización: un lugar donde el malestar se concentra y, al concentrarse, obliga a pensar. La anatomía aquí no es decorado: es política de lo sensible. Porque el dolor no se vive en abstracto; se vive en un cuerpo sexado, situado, atravesado por expectativas y por discursos. Sanz escribe desde una tradición feminista que ha cuestionado la distribución de lo decible: qué cuerpos son escuchados, qué dolencias se toman en serio, qué quejas se interpretan como exceso. Sin proclamas, Clavícula expone cómo el silencio social se fabrica: a base de sospechas sobre la credibilidad de quien habla, de exigencias de entereza, de la obligación de “no molestar”.
En el contexto de la narrativa española contemporánea, el libro dialoga con la autoficción y con la escritura del yo, pero se distancia de sus versiones más complacientes. No hay aquí una promesa de autenticidad como valor en sí, ni un narcisismo de la experiencia. La primera persona funciona como instrumento de indagación y como campo de batalla: se interroga a sí misma, se acusa de privilegios, se mira desde fuera. Ese desplazamiento impide que el texto se cierre en la confesión. Además, Clavícula participa de una línea ensayística que ha ido ganando peso en nuestra literatura reciente: una escritura híbrida que mezcla relato, reflexión y comentario cultural para pensar la vida cotidiana como lugar de conflicto. Sin embargo, lo decisivo es cómo esa hibridez se pone al servicio de una poética del límite: cuando el dolor se vuelve constante, el pensamiento no se eleva; se encarna.
Desde una perspectiva ética, el libro plantea una pregunta sobre el derecho a hablar del sufrimiento y sobre los modos de hacerlo sin traicionar su complejidad. En las “literaturas del silencio”, el silencio puede ser protesta, herida o estilo. En Clavícula es, sobre todo, resistencia a las formas narrativas que piden sentido inmediato. El texto se niega a ofrecer la comodidad del diagnóstico moral: ni culpables ni redenciones. Y esa negativa es también un gesto político: frente a la cultura que demanda explicaciones rápidas —la causa, la solución, la moraleja—, Sanz defiende la zona gris donde la vida se sostiene sin promesa. El lector, entonces, no recibe una lección; recibe una obligación: ajustar su escucha, aceptar la incompletud, reconocer que hay experiencias que no se dejan domesticar por el relato.
La potencia de Clavícula reside en esa estética de lo medido: medir para no mentir, para no exagerar, para no convertir el dolor en retórica. Pero medir también para mostrar cómo lo íntimo se conecta con lo colectivo: el cuerpo como frontera entre lo visible y lo silenciado no es una metáfora; es un régimen de percepción. El libro nos recuerda que el silencio no es neutral: puede ser el efecto de la vergüenza, del cansancio, de la incredulidad ajena; puede ser una forma de cuidado; puede ser una respuesta a la violencia de la interpretación. Al escribir desde esa ambivalencia, Sanz convierte el silencio en un material literario: una tensión que no se resuelve, una grieta que sostiene el texto.
Hipótesis abierta: Clavícula podría leerse como una poética del “no cierre” —una escritura que, al renunciar a la explicación y a la épica, ensaya una forma de comunidad basada no en compartir respuestas, sino en aprender a convivir con lo que permanece sin nombre y, aun así, insiste.
REDACCIÓN



