Sucedió un viernes de sol radiante, inicio de un fin de semana que se presentaba bastante movido.
Evitando la aglomeración de estudiantes por los amplios pasillos, poco iluminados, Ann Kat fue una de las primeras en salir por las puertas abiertas del instituto a las dos y media de la tarde.
Tras bajar los seis escalones de acceso al recinto y cruzar la entreabierta verja de salida, Ann se dirigió apresurada a su domicilio, situado a menos de un kilómetro de distancia, caminando en solitario por la cuneta de la carretera comarcal.
La jornada de estudios había sido intensa y agotadora. Tocaba reponer fuerzas y, además, deseaba llegar cuanto antes a casa con la intención de ver a su mascota, sentada sobre sus patitas en el borde saliente de la ventana, tomando el sol y observando con curiosidad.
Pero aquel viernes no la vio. ¡Le extrañó muchísimo!
Cuando entró en la cocina, atraída por el agradable olor a comida, saludó a su madre y preguntó por Rous.
—¡Ya estoy aquí, mami! ¡Qué bien huele! Y la gatita, ¿la has visto?
—No, imagino que estará en el trastero. Pregúntale a tu hermana —le contestó su madre, que cocinaba un rico guiso a punto de servir.
—¿Ha llegado?
—Todavía no —negó, a la vez que ponía el hule sobre la mesa.
No contenta con la respuesta de su madre, Kat se encaminó rauda al desván. ¡Averiguarlo!
¡Allí estaba! Acostada, con los ojos cerrados, estirada encima de una vieja manta desplegada sobre unas cajas grandes, dispuestas a continuación de una cama mueble.
«Parece que duerme profundamente», pensó.
Al acercarse a ella, con cautela para no despertarla, el padre de Ann entró inesperadamente por la puerta que había dejado entornada. Se estremeció al oírlo hablar tan de repente.
—Ann, ¿qué haces? No la toques —le habló su padre en voz baja.
—Papi, ¡qué susto me has dado! —y Ann Kat le besó en la mejilla—. ¿Por qué?
—No te lo vas a creer. Tu preciosa gata cayó al vacío desde el borde resbaladizo de la ventana —respondió, mientras echaba alpiste en los comederos de una jaula con canarios.
Ann, muy sorprendida, palideció al escuchar la triste noticia.
—¿Estaba muerta? —preguntó.
—En principio, sí. Por casualidad, cuando salí a hacer unos recados, me percaté de que yacía en el suelo asfaltado. Al aproximarme, comprobé que aún tenía un hilo de vida. La cogí rápidamente y la traje hasta aquí. Le hice unos suaves masajes, logré reanimarla poquito a poco y la dejé descansar para que se recuperara de la fuerte caída —explicó complacido el señor Doug sin dejar su tarea.
La joven Ann, cada vez más asombrada, volvió a preguntar:
—¿Se pondrá bien?
—Claro que sí, hija. Vayamos a almorzar. Tu madre nos está llamando, ¿la oyes?
—Sí, vamos aprisa. Tengo que contárselo a mi hermanita. Seguro que le sorprenderá un montonazo la accidentada caída de nuestra gata.
© Anika



