Carmen Kurtz o la ética de lo cotidiano como forma de resistencia

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La historia literaria española de posguerra está llena de nombres que se repiten con una facilidad casi automática —y de otros que, sin haber sido marginales en su tiempo, han quedado desplazados por la inercia del canon, por la precariedad editorial o por un tipo de lectura que solo concede valor a lo que encaja en un relato generacional simple. Carmen Kurtz (1911–1999) pertenece a esa zona de sombra: novelista con ambición formal, autora leída y premiada en el medio siglo, y a la vez figura hoy difícil de encontrar en librerías y, lo que es más decisivo, difícil de situar en la conversación cultural contemporánea.

Nacida en Barcelona en 1911, Kurtz escribe desde una doble condición que en su caso no es eslogan sino estructura íntima: la de una autora atravesada por el corte histórico de 1936 y la de una mujer que convierte lo doméstico —no como refugio sentimental, sino como laboratorio moral— en un campo de fuerzas literario. Su biografía, como la de tantas escritoras de su generación, se lee mejor no como anecdotario sino como presión histórica: la guerra, la posguerra, la censura, la reorganización social del miedo y la obediencia. En ese paisaje, escribir no era solo publicar; era decidir qué podía decirse y desde qué lugar de enunciación. Kurtz eligió, con una coherencia que hoy resulta incómoda (por poco espectacular), la indagación en la vida común, allí donde el franquismo pretendía imponer una normalidad sin conflicto.

Su obra narrativa se sitúa en el arco de la novela española de los años cincuenta, pero no se agota en las etiquetas del realismo social. En títulos como Duermen bajo las aguas (1955), quizá el más recordable de su producción novelística, Kurtz compone un tipo de relato donde la materia histórica —derrota, silencio, supervivencia— no aparece como consigna externa, sino como clima mental. No se trata de “contar la posguerra”, sino de mostrar cómo la posguerra se instala en la percepción: en lo que los personajes callan, en lo que aplazan, en la prudencia del lenguaje, en las estrategias de convivencia con la culpa o con la renuncia. Esa elección estética es ya una lectura ética del tiempo: frente a la épica (de un bando u otro), Kurtz trabaja la textura de lo vivido.

Formalmente, su narrativa se reconoce por una voz contenida, a menudo de frase limpia y observación concreta, que evita la ornamentación y desconfía del lirismo como coartada. Pero esa contención no equivale a neutralidad: es un modo de tensar el sentido. Kurtz narra con una economía expresiva que desplaza el dramatismo hacia la estructura: el acontecimiento decisivo suele estar fuera de plano o llega amortiguado; lo que importa es su onda expansiva. La escena cotidiana —una conversación interrumpida, un gesto doméstico, un trayecto mínimo— funciona como superficie donde se inscribe lo histórico sin necesidad de explicitarlo. En este punto su parentesco no es solo con el realismo de denuncia, sino con una tradición de novelistas que entienden la forma como conciencia: pensemos en Ana María Matute en su mirada sobre la infancia herida, o en Carmen Martín Gaite en la escucha de lo conversacional como archivo social. Kurtz comparte con ellas una atención al detalle que no es costumbrismo, sino método de conocimiento.

La estructura de sus novelas tiende a la progresión por acumulación de indicios más que por golpes de trama. En lugar de un relato que “avanza” a base de peripecias, suele construir un relato que “se densifica”: crece en capas, en retornos, en resonancias internas. Hay, además, un uso significativo del punto de vista: Kurtz no necesita el narrador omnisciente que reparte explicaciones; prefiere una focalización pegada a la experiencia —una cercanía que permite que la inseguridad, la sospecha o la ambivalencia no se resuelvan, sino que queden como estado. Ese estado es, de hecho, uno de los hallazgos de su mundo narrativo: la posguerra como vida en suspensión, como educación sentimental a la defensiva.

Su lenguaje —preciso, sin brillo retórico— trabaja con un tipo de ironía seca que no busca el chiste, sino la distancia moral. El franquismo impuso un régimen de palabras autorizadas (patria, orden, familia) y un régimen de palabras peligrosas. Kurtz responde con una escritura que no intenta derribar el muro a golpes, sino corroerlo por dentro: mostrando la contradicción entre lo que se proclama y lo que se vive. La familia, por ejemplo, no aparece como monumento ideológico, sino como espacio de negociación, de asfixia, de afectos contradictorios. En ese sentido, su literatura es contemporánea de un debate que hoy vuelve con fuerza: el de las violencias de baja intensidad, las que no siempre producen titulares pero organizan vidas.

Kurtz escribió también literatura infantil, un territorio que en España ha sido durante décadas una vía de trabajo frecuente para autoras, pero a menudo considerada menor por la crítica que distribuye prestigio. Ese “doble registro” (novela para adultos / literatura para niños) ha contribuido, paradójicamente, a su borrado: el sistema literario español ha tendido a separar por compartimentos lo que no debería separarse. Sin embargo, leído con atención, ese tránsito entre públicos puede interpretarse como una misma preocupación por el aprendizaje moral: cómo se forma una conciencia bajo condiciones adversas, qué se transmite, qué se silencia, qué se naturaliza.

Entonces, ¿por qué el olvido? No hay una sola razón, sino una convergencia de mecanismos. Uno es político y cultural: la posguerra generó un mapa de legitimaciones donde ciertas escrituras “representativas” —por su masculinidad tácita, por su encaje en la narrativa del realismo social o por su posterior disponibilidad editorial— ocuparon el centro. Otro es estrictamente material: la ausencia de reediciones estables y de circulación en colecciones vivas condena a muchos autores a la nota a pie de página. Un tercero es crítico: la historia literaria española ha leído a menudo la novela del medio siglo como una secuencia de movimientos (tremendismo, realismo social, experimentalismo) que deja poco sitio a trayectorias que no se ajustan a un “salto” visible. Kurtz no se presta al gesto vanguardista ni al manifiesto; su audacia es más silenciosa: convertir la discreción en forma.

Pero quizá la razón de fondo sea otra: Kurtz incomoda por su insistencia en lo ético sin moralina, por su capacidad de mostrar que la violencia histórica no termina cuando callan los fusiles, sino cuando se reorganiza la vida y se administra el recuerdo. Su obra, leída hoy, discute una tentación muy española: la de confundir reconciliación con amnesia, y normalidad con anestesia. En un momento cultural que vuelve a preguntarse por la memoria, por los relatos de familia y por el lugar de las mujeres en la transmisión de la experiencia, Kurtz resulta menos “autora de época” que autora de persistencias.

Su legado, por tanto, no es solo el de una novelista recuperable por justicia histórica. Es el de una escritura que ofrece herramientas de lectura del presente: cómo opera el silencio, cómo se heredan los miedos, cómo la vida común es política sin proclamas. Releer a Kurtz implica aceptar que la literatura no siempre se impone por estruendo; a veces sobrevive como un murmullo exacto que, cuando se escucha, reorganiza la percepción.

Tarea pendiente: en la sociedad cultural española actual —tan proclive a la novedad rápida y a la memoria selectiva— la obra de Carmen Kurtz merece volver a circular como lectura necesaria, no por nostalgia, sino por lucidez. Recuperarla (reeditarla, enseñarla, discutirla) sería una forma concreta de ampliar el relato de la posguerra más allá de los nombres habituales y de reconocer una tradición crítica de lo cotidiano que sigue interpelándonos.

Referencias para el lector (orientativas para localizar y contextualizar)

  • Carmen Kurtz, Duermen bajo las aguas (1955).

  • Catálogos y fichas de la Biblioteca Nacional de España (para el listado completo de ediciones y obras, incluidas las infantiles).

  • Repertorios y diccionarios: Diccionario de literatura española (Alianza) y volúmenes de Historia y crítica de la literatura española (Crítica) dedicados a la posguerra (para situarla en su marco generacional).

  • Entradas y materiales de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes (contexto y notas bio-bibliográficas, cuando disponibles).

 

©Valentín Castro 

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Nació en una aldea de A Coruña. Emigra con sus padres a Méjico. Licenciado en Comunicación y Periodismo por la Universidad Nacional Autónoma de México. Licenciado en Geografía e Historia por la Universidad Complutense de Madrid. Vive en Madrid, publica artículos y ensayos en diversos medios de comunicación mejicanos y españoles bajo varios seudónimos. Actualmente prepara una saga con personajes nacidos durante la ocupación de México por Hernán Cortés. Sus artículos y ensayos son efectistas, en ocasiones cáustico, y muy crítico. Actualmente es Redactor Jefe de Hojas Sueltas, dedicando su tiempo libre a escribir artículos con especial dedicación a la literatura y la historia.

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