Ojalá mi corazón fuese de piedra – Capítulo 27

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Una noche, en la leñera donde a veces se resguardaba del viento y de la lluvia para fumar, después de la minuciosa contemplación de dos arañas enormes (una de las cuales no tardó en desaparecer por un hueco entre dos piedras mientras la otra, por dudosa complicidad, desafío o simplemente indiferencia, permanecía inmóvil ante el humo de los cigarrillos y la luz del candil), en la inspiración y la certeza del cielo estrellado más allá de las dimensiones claustrofóbicas, recordó algunos instantes de su paso adolescente por el pueblo y esbozó una sonrisa, un inusual gesto de ensimismamiento: una mujer joven como presencia efímera con su vocación de eternidad (ahora lo confirmaba) en su memoria, siempre o casi siempre dos pasos por detrás de Faustino, casi siempre en otro plano, como una ensoñación fugaz, desapareciendo, volviendo a aparecer; hasta una mañana de sol y de calor providencialmente, al fin, sola, mostrando su perfil, su hermosura desafiante, al cielo azul, su gesto concentrado, su melena negra levemente agitada por la brisa después de llenar de agua una jarra de barro en una fuente. Él se había acercado, sigiloso, y le había hecho la pregunta, sorprendiéndola.

¿En qué piensas?

Se volvía sobresaltada, mirándolo con furia.

¿Qué? ¿Quién eres tú?

Soy el primo de tu novio.

¿Mi novio? Yo no tengo novio.

Bueno —decía él encogiéndose de hombros—, soy el primo de Faustino. Me llamo Antonio.

Ah —zanjaba ella, dándole la espalda.

¿Y tú? ¿Cómo te llamas?

Era mayor que él, tres, cuatro años, alguno más. Antonio hacía sus cábalas, observaba sus clavículas descubiertas por el vestido descolocado, intuía su cuerpo delgado bajo ese vestido; sonreía con cada músculo de su rostro como quien ondea la bandera blanca de su rendición sin condiciones.

Pilar —respondía ella finalmente, después de un breve silencio, casi sorprendiéndole.

Antonio pensó entonces (y se lo dijo) que era un nombre precioso, muy bonito. Lo seguía pensando ahora, después de tantos años. La araña, aparentemente, estaba de acuerdo con él.

Encendió otro cigarrillo en la leñera. Seguía pensando en ella, y tuvo la sensación definitiva de que las piezas encajaban. Fue cuando decidió volver a verla. No sabía si esa decisión significaba algo; no sabía si, en el fondo, podría significarlo alguna vez. Pero quiso pensar que sí. Quiso tener la seguridad.

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© Ángel Calvo Pose

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Madrid 1969. Publicó su primer poema en 1993, un alegato en contra del servicio militar obligatorio para celebrar su condición de insumiso. A partir de entonces colaboró y publicó relatos y poemas en diversas revistas literarias. Estudió Filología inglesa y Psicología en la Universidad Complutense de Madrid. Residió en Madrid, La Habana y Alicante, se dedicó a escribir guiones cinematográficos. Actualmente reside en Galicia, en una aldea al norte de Lugo, con vistas (si no hay niebla) al Cantábrico.

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