La nochevieja de Montalbano, de Andrea Camilleri (06)

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En La nochevieja de Montalbano la novela negra se desplaza, con aparente ligereza, hacia un territorio menos habitual: el del relato breve como laboratorio moral. El volumen reúne veinte historias protagonizadas por Salvo Montalbano, comisario de Vigàta —esa Sicilia literaria que Camilleri inventa para decir una verdad reconocible—, y confirma una idea que atraviesa toda la serie: el crimen no es solo un enigma, sino un síntoma. Aquí, además, el síntoma se presenta en miniatura, en escenas que parecen cotidianas hasta que un gesto, una frase “fuera de tono” o una incongruencia minúscula desencadena la investigación. La intriga nace del detalle, y la ética, del modo en que se mira.

El resumen argumental, en un libro de esta naturaleza, no puede ser lineal. Cada relato plantea un caso autónomo: crímenes y delitos “pintorescos y variados”, sospechosos con motivaciones a menudo menos grandilocuentes de lo que el tópico policial promete, y una resolución que rara vez se reduce a la satisfacción del rompecabezas. El marco común es la comisaría, el tejido de relaciones profesionales (Fazio, Augello) y domésticas (Adelina, los célebres arancini), y la presencia de un Montalbano que interpreta el mundo con una mezcla de intuición y método. La “guinda” del libro —la Nochevieja melancólica del comisario— actúa como clave de lectura: no es un mero rasgo de carácter, sino la conciencia de que, aunque el caso se cierre, la vida sigue dejando un poso de pérdida, de tiempo que pasa y de bien frágil.

La localización es esencial. Sicilia no aparece como postal, sino como sistema social: una red de lealtades, silencios, jerarquías y teatralidad pública. Vigàta funciona como un microcosmos donde lo legal y lo legítimo no siempre coinciden, y donde la distancia entre la norma y su aplicación cotidiana es un espacio de negociación permanente. Camilleri no necesita subrayar la corrupción o el clientelismo: le basta con mostrar cómo circula la información, quién se atreve a hablar, qué se calla por prudencia y qué se dice por orgullo. En ese sentido, el libro se inscribe en una tradición mediterránea de novela negra en la que el crimen es inseparable del paisaje moral, pero evita el determinismo sombrío: hay humor, gusto por la comida, sociabilidad; y, precisamente por eso, la violencia o la injusticia resultan más visibles, menos “literarias”.

En comparaciones de género, Montalbano dialoga con varios detectives españoles contemporáneos sin parecer un trasunto. Como el Carvalho de Vázquez Montalbán, lee el entorno como un texto ideológico: detrás de cada delito late una estructura social, una forma de poder y de deseo. Pero Camilleri desplaza el cinismo hacia una ironía más doméstica, menos doctrinal, y su comisario conserva una fe intermitente en el sentido común, algo que lo acerca, en otro registro, a los investigadores de Lorenzo Silva: no tanto por el procedimiento policial como por la atención al desgaste moral del oficio y a la zona gris de la decisión. También puede emparentarse con la melancolía contenida de Domingo Villar: la investigación como manera de habitar un lugar, de escuchar sus ritmos, de respetar sus secretos. La diferencia está en el tempo: Camilleri escribe con una vivacidad que convierte la pesquisa en conversación, y la conversación en radiografía.

El estilo narrativo es el gran motor del libro. Camilleri cultiva una voz que parece oral sin ser descuidada: frases ágiles, ritmo de escena, diálogos que avanzan por elipsis y medias verdades. A ello se suma su marca más reconocible: la mezcla de italiano con inflexiones sicilianas (en traducción, a menudo trasladadas como giros, léxico y cadencia), que no es un adorno folclórico sino una política del lenguaje. La lengua marca pertenencia, distancia, poder; cada personaje habla desde su lugar social. Montalbano, atento a la palabra “fuera de tono”, investiga también escuchando: la discrepancia lingüística revela la discrepancia ética.

En lo formal, el libro aprovecha la estructura del relato para concentrar la atención en la chispa inicial —ese detalle incongruente— y en la consecuencia moral. La voz suele seguir de cerca la conciencia del comisario, con un foco que se estrecha sobre su percepción: la duda, la impaciencia, el placer de comer, el fastidio ante la burocracia, la irritación ante la estupidez. La estructura breve impone economía: menos despliegue de procedimientos, más precisión en la escena. Y, sin embargo, Camilleri no renuncia a una arquitectura de conjunto: los relatos, leídos en serie, componen un retrato del comisario como figura en tensión entre el deber y la vida, entre la ley y la compasión.

Ahí aparece la dimensión ética: Montalbano no es un ejecutor de normas, sino un árbitro imperfecto. El libro plantea con frecuencia dilemas donde la verdad jurídica no coincide con la verdad humana, y donde la justicia institucional puede resultar insuficiente o incluso cruel. Camilleri no convierte esto en consigna: lo expone mediante decisiones concretas, a veces incómodas, que dejan al lector en una posición de juicio. La melancolía de la Nochevieja, iluminada por los arancini de Adelina, funciona entonces como símbolo: el consuelo no niega el conflicto; lo acompaña. El placer —comer, conversar, mirar el mar— no redime, pero ayuda a sostener una vida que ve demasiado de cerca la miseria ajena.

La lectura interpretativa que propone el volumen podría formularse así: la inteligencia de Montalbano no consiste en desenmascarar al culpable, sino en detectar el punto donde una comunidad se engaña a sí misma. En cada relato, el crimen es un corte en la superficie de lo cotidiano que revela lo que ya estaba ahí: una humillación antigua, una codicia normalizada, una violencia aprendida, un miedo heredado. Camilleri escribe novela negra no para celebrar la maquinaria del caso, sino para observar cómo una sociedad gestiona sus sombras sin dejar de poner la mesa.

Una recomendación para su lectura por lectores amantes del género: para quienes disfrutan de la novela negra como exploración moral —más que como mero acertijo— y agradecen una prosa viva, irónica y profundamente atenta a los matices de la vida cotidiana.

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