El espejismo del canon instantáneo

0
98

Sobre el ritual anual de los “mejores libros” y su deriva hacia el ranquin comercial

Cada diciembre, la industria editorial y parte de la crítica convierten el listado de los “mejores libros del año” en una suerte de canon fugaz, más atento al eco mediático que a la sustancia literaria. Bajo esa superficie se esconde una operación donde la voz propia y la exploración formal quedan relegadas ante la urgencia del producto que más ha circulado.

El espejismo del canon instantáneo

Finaliza el año y, como si obedeciésemos a una liturgia establecida, reaparece el desfile de selecciones, listas, ranquin y balances que pretenden señalar lo más relevante del curso literario. Se trata de un fenómeno que, aunque disfrazado de orientación crítica, se pliega con demasiada frecuencia a una lógica de consumo. La operación, lejos de proponer una lectura detenida del panorama narrativo, reproduce un mapa repetido de títulos, muchos de ellos indistinguibles entre sí en su factura estética, y casi todos reunidos bajo la etiqueta cómoda —y difusa— del éxito de ventas.

Conviene aclarar desde el principio que no es el éxito de ventas lo que deslegitima un libro. Ni siquiera lo hace necesariamente la sobreexposición mediática. El problema reside en la reducción de la complejidad literaria a un gesto validado por la repetición, en una coreografía de consagración sin fricción, sin disidencia crítica, sin riesgo. El gesto de incluir un título en estas listas no es inocente: se presenta como lectura cualificada cuando en realidad responde a coordenadas externas al texto —su editorial, su autoría previa, su posibilidad de adaptarse a otros formatos, su capacidad de generar discurso inmediato—. Bajo ese mecanismo, la literatura se vacía de su tensión específica y se transforma en acontecimiento.

Lo primero que salta a la vista en la mayoría de los títulos repetidos hasta la saciedad en estas selecciones es la homogeneidad de sus apuestas narrativas. Se impone una voz estandarizada, que evita el desvío estilístico, que diluye el conflicto en una sintaxis dócil, reconocible, apta para el tránsito cómodo del lector medio. Estas voces no buscan inquietar, ni complejizar la experiencia lectora, ni establecer zonas de ambigüedad. Al contrario, aspiran a ser comprendidas de forma unívoca, rápida, sin resistencia. La novela, así entendida, se pliega al imperativo de la transparencia, como si toda densidad fuese sospechosa de elitismo o antipatía.

Este patrón no es casual. La simplificación expresiva responde a una lógica de producción donde el libro debe poder ser comentado con inmediatez, sin margen para el tiempo de sedimentación. La novela se convierte en objeto de tertulia y no de lectura: lo que se valora no es su capacidad de transformación o su propuesta formal, sino su circulación. Bajo esta premisa, la literatura deja de ser espacio de conflicto para convertirse en superficie de consenso.

Otro rasgo común a muchos de los títulos seleccionados como “lo mejor del año” es su estructura lineal, su escasa exigencia compositiva. La trama avanza sin bifurcaciones, sin juegos de puntos de vista, sin fracturas temporales que propongan otra forma de experimentar el tiempo narrativo. Se privilegia el orden cronológico, la claridad causal, la eficacia argumental. En definitiva, la novela se escribe como si no hubiera existido una tradición formal a la que responder o sobre la que intervenir.

Esta renuncia a lo estructural —entendida no como artificio, sino como posibilidad expresiva— no es inocente. Revela un pacto tácito entre industria y autoría, donde el libro debe parecer “literario” sin serlo demasiado. Se permite cierta sofisticación en el lenguaje, algún guiño metaliterario, pero no una verdadera interrogación de sus propios procedimientos. De este modo, la novela deviene una forma de simulacro: simula profundidad sin construirla, simula originalidad sin romper los moldes.

En cuanto al lenguaje, se observa una tendencia preocupante hacia el virtuosismo superficial o el estilo anodino. En el primer caso, se recurre a imágenes efectistas, a una prosa que busca impactar por acumulación, por una suerte de lirismo descontextualizado que no responde a la necesidad interna del relato. En el segundo, se opta por un estilo funcional, casi despojado de ritmo, donde el lenguaje sirve solo para sostener una historia —habitualmente derivativa— que no interpela a nadie más allá de su anécdota. En ambos casos, el lenguaje no es herramienta de descubrimiento, sino un vehículo para una experiencia conocida, formulada de antemano. Se renuncia así al poder transformador de la palabra, a su capacidad de alterar nuestra percepción, de interrumpir el sentido. Se escribe para ser entendido, no para ser interrogado.

El fenómeno de los “mejores libros del año” debe leerse también desde una ética de la recepción. ¿Qué implica legitimar, año tras año, los mismos nombres, las mismas tramas, los mismos estilos? ¿Qué se excluye en ese gesto? ¿Qué formas de literatura quedan fuera de foco porque no encajan en el relato dominante de lo “leíble”?

La crítica, en muchos casos, ha asumido un rol de validación más que de confrontación. No interroga el mercado, lo reproduce. No propone lecturas excéntricas, sino que se alinea con lo ya consagrado. El crítico se convierte en un mediador amable, en un prescriptor de lo cómodo, cuando su función —si es que aún la conserva— debería ser precisamente la contraria: señalar lo que no se ha visto, lo que incomoda, lo que aún no ha sido asimilado. Este acomodamiento se manifiesta en la forma misma de las listas, donde se mezclan sin jerarquía géneros distintos, edades dispares, lenguas y tradiciones sin contextualización. Todo aparece en el mismo plano, como si un poemario pudiera ser comparado sin más con una novela gráfica o un ensayo pop. Esta horizontalidad, que parece democrática, es en realidad un gesto de simplificación extrema: todos los libros valen lo mismo si han sido suficientemente visibles.

¿Existe aún la literatura?

En este contexto, cabe preguntarse si lo que las listas celebran cada diciembre es todavía literatura o un producto cultural con forma de libro. La diferencia es sustancial. Mientras la literatura se define por su capacidad de subvertir, de reescribir, de problematizar su propia condición, el producto cultural busca confirmar una expectativa. Uno se sitúa en el terreno de la posibilidad; el otro, en el de la repetición. Frente a este panorama, queda la sospecha de que la literatura más relevante —la que desborda sus propias formas, la que no encaja en las narrativas de éxito, la que aún no ha sido etiquetada— se está escribiendo en los márgenes, con menos visibilidad pero mayor libertad. No es casual que buena parte de la escritura más significativa del año no aparezca en estas listas: o bien porque su propuesta es formalmente compleja, o bien porque no responde a las exigencias del mercado, o porque no ha tenido aún el tiempo necesario para ser leída con justicia.

Quizá lo que las listas de fin de año revelan no es lo mejor de la literatura, sino lo más eficaz de su conversión en mercancía. Ante ese diagnóstico, la crítica debería reclamar para sí una tarea menos complaciente: no reproducir el mapa, sino trazar nuevas cartografías. ¿Y si lo verdaderamente literario fuese, precisamente, lo que no entra en estas listas?

Es cierto, que a veces se cuelan en esas manidas listas de fin de año, algunos títulos, que destacan precisamente por una calidad literaria destacable y nos produce una alegre satisfacción.

Buen año 2026, buena literatura para cuantos la aman.

Anxo do Rego
-Director-

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí