Escribir es reescribir: el trabajo tras la primera versión
Toda escritura comienza con una necesidad: nombrar lo que aún no tiene forma, poner orden a lo disperso, compartir una mirada sobre el mundo. Pero lo que muchos olvidan —y otros prefieren disimular— es que ninguna primera versión basta. Escribir no es teclear, ni transcribir una ocurrencia más o menos afortunada: escribir, en rigor, es reescribir. Lo que se publica, lo que se lee, lo que permanece, no es nunca el primer impulso, sino el resultado de un proceso que exige tiempo, cuidado y distancia crítica.
Hay una resistencia casi natural a admitir esta verdad incómoda. El mito del escritor inspirado, que produce textos brillantes a la primera, ha calado hondo, no sólo en los imaginarios populares, sino en algunos entornos académicos y editoriales. Frente a ese espejismo romántico, conviene recordar que incluso los grandes escritores han sido grandes reescritores. Ninguna página memorable ha salido intacta de la primera tentativa. Entre el primer borrador y la versión definitiva hay una travesía ardua, pero necesaria, donde se forja el estilo, se afina el pensamiento y se depura el lenguaje.
La confusión entre escribir y haber escrito se produce, en parte, por una falta de formación en los procesos reales de producción textual. El escritor novato tiende a creer que su primer intento debe acercarse ya al resultado final. Esa expectativa no sólo es irreal: es contraproducente. Condiciona el ritmo, introduce inseguridad, bloquea la fluidez. Por eso, el primer paso hacia una escritura profesional consiste en aceptar que el primer borrador es un bosquejo, no un edificio terminado. Es un plano preliminar, lleno de repeticiones, dudas, frases a medio hacer, estructuras torpes y decisiones léxicas provisionales.
Esto no es un defecto: es la naturaleza del proceso. Como decía Hemingway, “el primer borrador de cualquier cosa es una mierda”. La crudeza de la frase es deliberada: pretende quitar solemnidad al momento inicial y aligerar la presión. La escritura nace siempre de la tentativa, del tanteo. Lo que cuenta no es tanto lo que se dice en esa primera versión, sino lo que permite construir. En el periodismo cultural, esta premisa es fundamental: si se intenta escribir una crítica, un perfil o una crónica con la pretensión de alcanzar la perfección en la primera sentada, lo más probable es que no se logre ni terminar el texto.
Reescribir es, en primer lugar, leerse. Con atención, con distancia, con cierta crueldad. Hay que detectar los puntos débiles, las frases fallidas, las ideas mal desarrolladas, las repeticiones inútiles. Pero también hay que leer con generosidad: reconocer lo que funciona, lo que puede mantenerse, lo que basta con ajustar. Reescribir no es rehacerlo todo, sino ajustar con criterio. A veces una frase necesita sólo una coma más. O menos. A veces una estructura entera debe invertirse para que tenga sentido.
Este proceso exige herramientas diversas: sentido del ritmo, dominio léxico, conocimiento gramatical, oído estilístico. Pero, ante todo, exige humildad. Reescribir es admitir que lo primero no basta. Que hace falta más. Que aún no está bien. Es una forma de autocrítica exigente, pero también constructiva. Implica preguntarse: ¿esto dice exactamente lo que quiero decir? ¿Hay una forma más clara, más justa, más eficaz de decirlo?
Y también: ¿lo entenderá el lector como yo espero?, ¿mantendrá su atención?, ¿le resultará relevante?
Uno de los errores más comunes en el trabajo editorial apresurado es revisar el texto demasiado pronto. Hay una urgencia —a menudo autoimpuesta— de cerrar cuanto antes, de corregir enseguida, de tachar y reemplazar sin distancia. Pero la relectura inmediata tiende a ser ciega: los ojos aún ven lo que quisieron escribir, no lo que realmente está escrito.
Por eso es fundamental dejar reposar el texto, aunque sea unas horas. En los casos ideales, un día o dos. La distancia temporal permite mirar con mayor lucidez. Aparecen los errores que pasaban desapercibidos, los huecos de lógica, las incoherencias, las frases que suenan extrañas. Lo que parecía cerrado se muestra entonces abierto a corrección. El tiempo, como en tantas otras artes, es parte esencial del proceso de elaboración.
En este sentido, la práctica de escribir de forma escalonada —primero un borrador rápido, luego una relectura estructural, más tarde una revisión de estilo— resulta mucho más eficaz que pretender corregir todo al mismo tiempo. Cada lectura debe tener un objetivo distinto. Primero se corrige el contenido, luego la forma, luego los detalles. De lo contrario, se corre el riesgo de embellecer un texto que sigue siendo confuso o de pulir una idea mal planteada.
Pocos recursos son tan eficaces para afinar un texto como leerlo en voz alta. El oído detecta lo que el ojo pasa por alto: las cacofonías, los ritmos forzados, las frases demasiado largas, las puntuaciones mal colocadas. La lectura oral transforma la relación con el texto: lo saca del plano mental y lo convierte en algo físico, sonoro, material. En contextos como el de Hojas Sueltas, donde el cuidado por la expresión es central, esta práctica debería ser casi obligatoria.
Muchos editores y escritores profesionales leen sus textos varias veces en voz alta antes de darlos por terminados. Otros los leen en voz baja, pero como si los dijeran en público. El objetivo no es teatralizar, sino comprobar la respiración del texto. ¿Dónde falta aire? ¿Dónde se tropieza el ritmo? ¿Dónde se pierde el hilo? La voz, incluso la propia, es un juez severo pero justo.
Uno de los mayores aprendizajes en el proceso de reescritura es aprender a cortar. El escritor principiante tiende a aferrarse a sus frases, como si todas fueran indispensables. Pero la mayor parte de los textos mejora aligerándose. Como decía Elmore Leonard: “intento dejar fuera las partes que los lectores tienden a saltarse”.
Eliminar no es empobrecer: es depurar. Cortar una digresión innecesaria, un adjetivo redundante, una metáfora fallida, puede dar aire al texto, devolverle fluidez, centrar el foco. Para saber qué cortar, conviene preguntarse: ¿añade algo? ¿Aclara? ¿Sostiene el tono? Si no lo hace, sobra. La poda es una forma de amor al texto: se elimina lo que estorba para que lo esencial brille.
En este punto, el editor externo puede ser un aliado decisivo. A menudo, uno no ve los excesos propios. Un lector competente, sin vínculo emocional con el texto, puede señalar lo que sobra con más facilidad. En los entornos editoriales, el diálogo entre autor y editor debe apoyarse en esta lógica: no de imposición, sino de afinamiento común.
Una de las confusiones frecuentes es identificar la reescritura con la simple corrección de erratas o errores gramaticales. Por supuesto, corregir es parte del trabajo, pero no agota su sentido. Reescribir es rehacer, ajustar, redefinir incluso el enfoque si es necesario. Es preguntarse de nuevo qué se quiere decir y cómo decirlo mejor. A veces, reescribir implica modificar la estructura entera del texto, desplazar un párrafo inicial, cambiar el orden de los argumentos, sustituir una conclusión floja por una más contundente.
Este proceso puede parecer frustrante o agotador, pero es precisamente ahí donde se define la calidad de un texto. Un artículo sin reescritura suele ser un texto plano, con partes flojas, con desequilibrios de tono o ritmo. Un artículo trabajado, en cambio, se nota. Tiene cohesión, fluidez, intención. Da gusto leerlo, aunque el lector no sepa por qué. Esa impresión de naturalidad es, en realidad, el fruto de muchas decisiones deliberadas.
Reescribir, en último término, es también una forma de autoconocimiento. Al enfrentarse a sus propios textos con espíritu crítico, el escritor descubre sus tics, sus comodines léxicos, sus tendencias estructurales, sus fortalezas y debilidades. Aprende a reconocerse, a corregirse, a reinventarse.
La reescritura, lejos de ser un trámite mecánico, es una dimensión creativa por derecho propio. Muchas veces las mejores ideas no surgen en el primer borrador, sino en la tercera revisión. Es entonces cuando aparece la frase justa, el giro eficaz, el título adecuado. La escritura viva no se agota en la inspiración: necesita del trabajo paciente que la acompaña después.
Redacción: Punto y Seguido


