Decir exactamente lo que se quiere decir

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Hay algo admirable —y a menudo esquivo— en la claridad. Decir lo que uno quiere decir, con las palabras justas, sin más ni menos, sin rodeos innecesarios ni pretensiones vacuas, es una aspiración antigua, compartida por escritores, periodistas y pensadores desde que existe la palabra escrita. Y, sin embargo, es uno de los retos más persistentes de la escritura contemporánea, donde la prisa, la sobreexposición a modelos foráneos y la pérdida de familiaridad con el uso matizado del lenguaje contribuyen a una progresiva erosión de la precisión léxica.

Hablar con propiedad no es hablar con rigidez. No se trata de convertir el texto en un museo de palabras exactas ni en una demostración de erudición descontextualizada. Se trata, más bien, de recuperar el sentido primero de la palabra precisión: cortar con exactitud, ajustar con medida, decir lo que se quiere decir y no otra cosa. En un entorno mediático saturado de sobreentendidos, lugares comunes y fórmulas vagas, la precisión es, paradójicamente, un gesto de resistencia. Decir lo justo es también una forma de cuidar al lector, de confiar en su inteligencia y de invitarle a mirar el mundo con atención renovada.

Uno de los malentendidos más frecuentes en torno a la precisión léxica reside en su confusión con la sencillez o, peor aún, con la pobreza expresiva. Se dice con frecuencia que escribir bien es escribir simple, y aunque hay algo de verdad en esa idea —la claridad es deseable, y el barroquismo gratuito no suele ayudar—, conviene matizarla. La sencillez, en los mejores escritores, es el fruto de un trabajo complejo de poda, de una elección deliberada y paciente. No es lo mismo escribir de forma elemental por falta de recursos que escribir con lenguaje depurado por decisión estilística.

En literatura, pensemos en Juan Benet y en Francisco Umbral, en Carmen Martín Gaite y en Rafael Sánchez Ferlosio: cada uno con su estilo, todos hicieron del lenguaje una herramienta precisa, nunca empobrecida. En el periodismo, el caso de Manuel Chaves Nogales es paradigmático: claridad, sí, pero nunca vulgaridad; accesibilidad, sí, pero sin renunciar a la riqueza de un idioma usado con propiedad. La precisión no está reñida con la expresividad; al contrario: cuanto más afilada está la herramienta, más posibilidades ofrece.

En la práctica editorial cotidiana, uno de los ejercicios más reveladores es revisar los sinónimos que se usan de forma automática. Palabras como “tema”, “cuestión”, “asunto” o “materia” tienden a usarse de forma intercambiable, como si fueran neutras, pero no lo son. Cada una lleva una carga semántica distinta: un tema tiene un desarrollo potencial, una cuestión implica una cierta controversia, un asunto remite a algo más práctico o administrativo, y una materia puede ser técnica o académica. Sustituir una por otra sin reflexión empobrece el texto y desdibuja el pensamiento.

La precisión léxica obliga, por tanto, a pensar con claridad antes de escribir. No es una cuestión ornamental, sino estructural. No se puede escribir bien sin saber exactamente qué se quiere decir. Esa es la raíz de muchos de los errores comunes en la redacción: la imprecisión no es sólo una falla lingüística, sino una señal de pensamiento borroso. Una buena redacción nace de una idea clara.

La especialización del lenguaje tiene su propio campo de batalla. En el periodismo cultural, en particular, es habitual enfrentarse al uso excesivo de tecnicismos, anglicismos innecesarios o jerga de iniciados que excluye más que informa. ¿Es preciso hablar de storytelling, de performance, de mainstream, de outsider o de spin-off, cuando existen alternativas en español que, bien elegidas, pueden ser igualmente eficaces? No se trata de una cruzada purista ni de cerrar la puerta a préstamos lingüísticos ya asentados, pero sí de preguntarse, en cada caso, si el término extranjero aporta algo que la lengua propia no puede expresar.

A veces, lo que se busca con estos términos es conferir un aura de sofisticación o actualidad, pero el resultado suele ser el contrario: un lenguaje impostado, que suena falso o desubicado. El buen estilo es el que se acomoda a lo que se quiere decir, no el que busca llamar la atención sobre sí mismo. Como recordaba Josep Pla —maestro de la precisión narrativa—, “la claridad es la cortesía del escritor”.

En algunos entornos intelectuales o académicos, se ha cultivado una forma de escritura deliberadamente ambigua, llena de perífrasis, sustantivos abstractos y estructuras retorcidas. Esta forma de prosa pretende sugerir profundidad, pero a menudo encubre una falta de contenido o una inseguridad en el pensamiento. Decir algo oscuro no es decir algo profundo: a menudo, es sólo no saber decirlo mejor.

La buena prosa —también en el ensayo, en la crítica o en el análisis— debe ser capaz de enfrentarse a la complejidad sin volverse opaca. El escritor preciso no evita las palabras difíciles si son necesarias, pero no las usa para impresionar. Y, desde luego, no recurre a frases vacías como comodines. En el lenguaje periodístico, este vicio se traduce en expresiones como “en clave de”, “poner en valor”, “dinámicas emergentes”, “territorios creativos”, “visibilizar realidades” y tantas otras fórmulas que funcionan como envoltorios de cartón piedra. Palabras que parecen decir algo, pero que no dicen casi nada.

Decir exactamente lo que se quiere decir no es sólo una cuestión estilística, sino también ética. En un tiempo donde la desinformación, la propaganda y la manipulación del lenguaje están a la orden del día, afinar el uso del idioma es una forma de honestidad. Nombrar bien las cosas no es un capricho del escritor maniático, sino un acto de responsabilidad. Cada palabra elegida con cuidado contribuye a la construcción de una esfera pública más lúcida y menos sometida a la confusión interesada.

Esto es especialmente importante en el periodismo cultural, donde los conceptos que se manejan —identidad, memoria, tradición, vanguardia, género, canon, resistencia, creación— son muchas veces objeto de disputa simbólica. Nombrarlos con precisión, desde el conocimiento y la reflexión, es parte del trabajo editorial. De lo contrario, el discurso cultural corre el riesgo de convertirse en una sucesión de eslóganes o en un decorado vacío.

La precisión no se alcanza de una vez para siempre. Es un ejercicio constante de ajuste, lectura y relectura. Quien escribe con seriedad sabe que las palabras no siempre llegan a la primera. El texto necesita reposo, revisión, poda. Y, sobre todo, necesita ser leído por otros ojos, que detecten lo que uno no ve: ambigüedades, repeticiones innecesarias, términos inadecuados. En ese sentido, el trabajo editorial no es sólo una labor de corrección, sino de afinación. Es un trabajo casi musical.

También es importante mantener viva la curiosidad léxica: leer con atención a los buenos escritores, anotar palabras nuevas, explorar matices, no conformarse con lo primero que viene a la cabeza. Como decía Lázaro Carreter, “las palabras son como los instrumentos de un cirujano: hay que conocerlas muy bien para no cometer errores fatales”.

En un mundo donde el ruido es constante y las palabras se gastan con rapidez, la precisión es un gesto de respeto. Respeto al lector, respeto al idioma, respeto al pensamiento. Decir exactamente lo que se quiere decir no es fácil, pero es, quizá, lo más importante que puede hacer quien escribe. Y, en el contexto de un periódico cultural como Hojas Sueltas, se convierte en una seña de identidad irrenunciable.

La riqueza del español no está en su abundancia sin medida, sino en su capacidad para ajustarse con rigor y belleza a lo que se quiere expresar. En ese punto exacto —donde la forma y el fondo coinciden— es donde nace el estilo.

© Redacción: Punto y Seguido

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