Fue en mi primer viaje a Sevilla en el Ave. Allí la conocí. Yo iba como responsable de ventas de la empresa alemana de maquinaria que representaba en el sur del país. Agotadas las gestiones comerciales, el gerente con quien mantuve las conversaciones tuvo la amabilidad de invitarme a almorzar.
Dos minutos más tarde, vi entrar en el establecimiento a una mujer menuda, de melena corta y elegante. Miraba a un lado, a otro; fijaba sus enormes ojos en cada una de las mesas, algunas ya ocupadas por comensales. Fue acercándose hasta nosotros; a su paso, balanceaba los aromas de las flores expuestas en jarrones encima de los manteles, mezclados con el suyo.
El gerente nos presentó. Cruzamos saludos y accedió a sentarse a mi lado. A partir de ese momento no alcancé a imaginar lo que aquel encuentro me depararía.
Nos relacionamos con frecuencia tras mi regreso a la capital. A partir de entonces, los encuentros fueron aumentando, hasta duplicarse cada día: café a media mañana, refresco por la tarde. Charlas y conversaciones intensas que incidían en nuestras respectivas vidas interiores. Paseos inmensos. Noches de verano para disfrutar del fresco en el jardín de su vivienda, junto a dos hermosos y revoltosos labradores, hasta bien entrada la madrugada.
De regreso a mi casa —que no hogar— me dolía el silencio, pese a estar alegre y feliz. Inquieto como cada noche, memorizaba sus sonrisas, sus gestos y, sobre todo, cerraba los ojos para extraer el halo que dejaba su aroma en mí.
No existían caricias, ni besos, tampoco palabras cariñosas; tan solo las ya usadas cada día: hola y adiós.
Ansiaba el día en que pudiéramos abrirnos, realzar los bellos momentos que vivíamos —no completos— y sí obligados por la situación familiar que ella atravesaba. Imaginaba abandonar la monotonía de averiguar si el resultado del mutuo silencio mental, a preguntas sin respuesta, se convertiría en palabras tantas veces soñadas y no escuchadas.
Una mañana se atrevió a tomarme de la mano; más tarde, a enlazar su brazo con el mío y a acercar una mejilla a la mía. Me pareció un presagio. Sus palabras parecían prometer respuestas a tantos vacíos sin rellenar.
Antes de soltar su mano, la miré fijamente, tragué saliva, pero no pude articular las palabras que aguardaban salir con fuerza, tantas veces retenidas.
Inquieto como cada noche, memoricé su sonrisa, sus gestos y, sobre todo, cerré de nuevo los ojos para extraer el halo que dejaba su aroma en mí.
Un mes transcurrió desde su desaparición. Lloré su pérdida, me recriminé multitud de actos, palabras y rupturas de silencios, ahora perdidos.
No pude averiguar la causa. Solo me quedaba el perfume que me inundaba con su presencia cada día: Les eaux d’un instant immense.
— Anxo do Rego



