El aforismo como arte del corte preciso

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«El aforismo ha de ser como una hoja de afeitar: breve, frío y cortante.»
— Ramón Eder

I. Una forma breve con largo alcance

Pocas formas exigen tanto con tan poco. El aforismo —esa línea solitaria que parece aislarse del mundo y al mismo tiempo decir algo definitivo sobre él— lleva consigo una tensión paradójica: quiere ser chispa y sentencia, inicio y cierre, fulgor y sombra. Como quien lanza una flecha y desaparece entre los árboles, el aforismo no explica: insinúa, sacude, deja la frase abierta como una herida o una idea que no se puede cerrar del todo.

No pertenece a la pedagogía, aunque muchos lo confundan con máximas o proverbios. Tampoco es un microcuento, aunque a veces se insinúe en él una historia entera comprimida. El aforismo, si se escribe bien, no es lo que se dice, sino lo que se dispara. No encierra un sentido: lo libera.

En su brevedad se despliega una arquitectura invisible: el ritmo interno, la ruptura justa, la elección minuciosa de cada palabra. De ahí que muchos aforismos logren lo que páginas enteras no alcanzan: tocar una fibra que no sabíamos expuesta, dar forma a una intuición, provocar una incomodidad que se queda.

II. La brevedad como forma de resistencia

En tiempos de verborragia, donde todo se explica en exceso, el aforismo ejerce una forma de resistencia. No ofrece contexto, ni desarrollo, ni moraleja. Su poder no está en lo que enumera, sino en lo que omite. Corta el discurso como quien cercena una rama innecesaria: por precisión, por economía, por respeto al lector.

Quien escribe aforismos debe asumir una mirada quirúrgica. Cada palabra cuenta, cada punto pesa. Hay que desconfiar del adorno, del encadenamiento fácil, de la tentación de explicar lo que ya se ha sugerido. El aforismo, cuando es auténtico, no suena bien: suena justo.

Escribirlo no implica decir algo ingenioso —aunque muchos se pierdan en el juego del ingenio—, sino saber observar lo esencial con una lucidez que bordea el silencio. No hay espacio para el titubeo. El que duda, se extiende. El que acierta, se detiene.

Desde esta perspectiva, la brevedad no es solo forma: es ética. Es una manera de respetar el lenguaje, de no invadir más de lo necesario, de no estirar lo que puede ser dicho en su núcleo más duro. Cada aforismo bien escrito es un acto de contención: un decir que sabe callar.

III. Pensar desde el fragmento

A diferencia del ensayo, el aforismo no busca rodear una idea, sino clavarla. Pero esa punzada no es necesariamente categórica: muchas veces es un temblor. Hay aforismos que no iluminan, sino que oscurecen con elegancia. Otros no enseñan nada, pero dejan al lector más despierto. Lo importante no es el efecto inmediato, sino la vibración residual que deja en la conciencia.

Quien escribe aforismos practica una escritura de la fractura. El fragmento no es aquí signo de precariedad, sino de una voluntad de forma: se acepta que no todo se puede articular, que hay cosas que solo pueden ser dichas desde el borde, en la tangente, en la grieta. Y desde allí se lanza la frase, con la esperanza de que alguien, en su lectura solitaria, encuentre una chispa o una herida compartida.

Hay, además, una forma de pensar que solo cabe en el aforismo. Ideas que se resisten a la continuidad, intuiciones que no soportan la explicación, vislumbres que si se intentan desarrollar se desvanecen. Lo que no puede ser dicho en extenso, tal vez pueda ser escrito en breve.

IV. Tradición y susurro

España ha sido fértil en escritores de aforismos: desde Baltasar Gracián, con su Oráculo manual y arte de prudencia, hasta la ironía lírica de Ramón Gómez de la Serna. Más cerca, José Bergamín tejió en sus aforismos una mirada moral y poética del mundo. Carmen Canet, Andrés Neuman o Ramón Eder continúan esa estirpe donde el aforismo no es fórmula, sino revelación.

El aforismo no ha gozado siempre de visibilidad, tal vez por su resistencia al ruido, su forma de quedarse al margen. Es una escritura que no busca el centro, que se mantiene en los márgenes como una voz baja. Por eso seduce tanto a quienes escriben: porque no exige una gran arquitectura, pero sí una mirada afinada; porque no requiere desarrollo, pero sí una conciencia aguda del lenguaje. No es un género menor, sino una forma menor de una ambición mayor.

En el espacio de una línea, el aforismo se emparenta tanto con el poema breve como con la sentencia filosófica. No le interesa el argumento, sino la visión. No le interesa tener razón, sino dejar al lector en la intemperie.

V. Variaciones del filo: estilos del aforismo

No todos los aforismos cortan del mismo modo. Los hay contundentes, como los de Cioran, que no dejan resquicio: «El pensamiento se arruina cuando se convierte en sistema.» Otros se visten de paradoja, como los de Gómez de la Serna: «La electricidad es el alma del universo, y el enchufe, su confesionario.» Algunos destilan poesía sin caer en lo lírico, como los de Antonio Porchia: «Aquello que por largo tiempo se sufre, por largo tiempo se ama.»

También existen los aforismos fallidos: frases rimbombantes que fingen profundidad, sentencias que no resisten una segunda lectura, o juegos de palabras vacíos. La brevedad, como el silencio, exige honestidad. Si el aforismo no nace de una mirada verdadera, es solo escombro verbal.

VI. Aforismos que acompañan a quien escribe

Para quien escribe, leer o escribir aforismos puede ser un ejercicio de desbroce. El aforismo obliga a preguntar: ¿qué quiero decir realmente? ¿Qué sobra? ¿Qué oculta esta palabra? En su dureza, ayuda a afilar el estilo, a limpiar lo accesorio, a cultivar la precisión.

Es también una forma de diario íntimo sin confesión. Muchos escritores anotan aforismos sin pretensión de publicarlos: como ejercicios de lucidez, como forma de captar una impresión o de dejar constancia de una idea a medio formar.

En ese sentido, el aforismo no es tanto un género como una actitud. Quien vive atento a lo que no necesita explicación, a lo que puede ser dicho sin envoltorios, quizá acabe, sin saberlo, escribiendo aforismos.

VII. El corte como estilo

Tal vez el aforismo no sea una forma, sino un gesto. El gesto de quien mira el mundo y prefiere callar… pero deja una frase. Una frase que, bien escrita, permanece como un filo que corta el ruido y deja algo en suspenso.

Quien se acerca al aforismo no debería preguntar “¿qué dice?”, sino “¿qué me hace?”. ¿Me despierta, me irrita, me empuja a mirar de otro modo? Ahí está su fuerza: no en la palabra escrita, sino en la inquietud que siembra.

Al final, lo breve no es lo opuesto a lo profundo. Lo breve, si está bien dicho, se hunde más. Como el bisturí. Como el relámpago. Como el recuerdo de una frase que, años después, aún no sabemos explicar del todo.

«Escribir un buen aforismo es como encender un fósforo en una cueva: no se trata de alumbrarlo todo, sino de mostrar que hay profundidad.»
— José Bergamín

Redacción por Punto y Seguido

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