Doble «D» Capítulo 13 – final

0
6

Durante una semana Eulogio Pariente y Pinillas, ayudados por Esperanza y a veces por Ignacio Dobles, descifraron la lista de agentes, la pasaron por los datos contenidos en el último CD, y comenzaron a descifrar claves. Muchos de sus niños habían muerto en el intento de ser adultos. Otros bajo siglas que tardaron en descifrar, se encontraban en diferentes países. Algunos detenidos por la policía al encontrarse implicados en algún asunto fuera de la Ley, muchos otros permanecían sujetos a decisión judicial o dejarlos en libertad tras las redadas realizadas. Los jóvenes encontrados en La Granja de Los Molinos, estuvieron a disposición del Juez durante unos días, después uno a uno fueron hablando con los allí congregados y la mayoría, dispuestos a que Eulogio Pariente los recomendara donde debían dirigir sus pasos hasta que él los visitara y acompañara a un encuentro.

Dos días antes de acabar y retirarse definitivamente de la comisaría, Eulogio pidió un último favor al comisario. Ser el quien hablara con Derque y Marina.

—Por supuesto, son tus niños. Adelante.

—Gracias Roberto.

—Seguramente necesitaran ayuda. Ponlos en manos de Esperanza.

—Lo haré. Muchas gracias. Después me iré, tengo un buen camino por recorrer.

—Lo sé. Pero antes de salir me gustaría que nos despidiéramos.

—No lo habría hecho sin darte un abrazo.

—Me alegro, yo también a tí.

Los dos jóvenes amantes aún no habían decidido que hacer con sus vidas. Hasta que el Juez decidiera si podían o no salir del país, se mantendrían en Madrid. Como consecuencia de la afición surgida con el personaje creado como Derque fotógrafo. Continuó haciendo fotos y presentándolas a agencias especializadas. Una de ellas se las admitió y poco después firmó un contrato. Lo tenía decidido, viajarían por todo el mundo haciendo fotos. El y su asistente Marina, luego las venderían y con lo obtenido volverían a viajar hasta agotar las ansias de libertad. Marina olvidó los días pasados y continuó su idílio con Derque. Le gustaba llamarle así, aunque ambos sabían que no era su verdadero nombre. No tenia ninguna prisa por avanzar al futuro. Descargó sus intenciones en las de su compañero y con él, se ocupó de mantener el cariño constantemente vivo. Más adelante, pensó, tendremos tiempo de imaginar y crear el futuro que nos espera. Estaban terminando de almorzar cuando el teléfono de Derque sonó repetidamente.

—Soy Derque Abrante. Dígame.

—Hola, buenas tardes. Soy Eulogio Pariente. Estuve colaborando con la comisaría de Roberto Hernán Carrillo, y me gustaría hablar con vosotros dos.

—Puedo antes confirmar esos extremos. Como comprenderá continúo sin fiarme de nadie.

—Lo entiendo. Por eso si os parece bien, podemos vernos en la propia comisaría. De esa forma no tendréis nada que temer. Luis Pinillas o la propia Esperanza Miró estarán presentes.

—Bien, si es así, iremos. ¿Cuándo?

—Esta misma tarde, a la hora que queráis, estaremos allí todo el día.

—De acuerdo, lo comentaré con Marina e iremos. ¿Puedo saber de que se trata?

—Preferiría decíroslo personalmente.

—Claro. Bien, hasta luego entonces.

—Hasta luego.

—¿Qué ocurre? —Pregunto Marina.

—No lo se, pero un tal Eulogio Pariente quiere vernos en la comisaría, estarán presentes dos inspectores llamados Pinillas y Miró.

—Los conozco personalmente. ¿Te ha dicho de que se trata?

—No. Lo hará cuando lleguemos.

—Entonces a que esperamos. No tenemos nada que hacer.

—Vale. Vámonos entonces.

Dos agentes les acompañaron hasta la sala donde esperaban los dos inspectores y el desconocido que les había citado.

—Pasen y tomen asiento. Me voy a presentar. Soy Eulogio Pariente, periodista independiente.

—Encantados —dijeron ambos jóvenes.

—A ellos ya los conocen supongo.

—Yo no —respondió Derque.

—Sí. Yo sí — dijo Marina.

—No quiero dilatar mucho la espera. Estarán preguntándose la razón de mi llamada.

—En efecto.

—Desde hace muchos años investigo la desaparición por rapto de niños en toda España. Como consecuencia del caso que han llevado en esta comisaría, estoy en disposición de demostrar a ambos, cuales son sus verdaderos nombres y el de sus familiares. La población donde nacieron y crecieron. En una palabra, la historia de sus vidas desde que ingresaron en La Granja, retenidos en contra de su voluntad y manipuladas sus mentes hasta hacerles olvidar quienes eran, por las gentes de GH & Asociados.

—¿Es eso cierto? — preguntó Derque a los Inspectores.

—Desde luego que lo es.

— Prosiga por favor.

—Les enseñaré sus expedientes personales con toda la información de sus vidas anteriores así como sus actividades dentro y fuera de la Agencia para la que trabajaron, sufriendo engaños, diciéndoles que lo hacían para una Institución del Gobierno. Al final aparecen ambos con unos números que hemos podido descifrar, y unas siglas, en sus casos significan que están vivos y en activo.

—¿Como nos llamamos?

—Usted, Derque Abrante, se le conoce como Diego Martín Landa. El nombre que utiliza ahora no aparece en los ficheros.

—Lo se. Yo mismo fui quien cree esa personalidad.

—Anteriormente como ves, tuviste otros nombres. Entro a darles detalles.

—No siga por favor, ya lo leeremos. Ahora dígame cual es mi verdadero nombre.

—Nació bajo el nombre Venancio y sus apellidos son Priego Codan.

—¿Y yo? — preguntó Marina –

—Tú te llamas Maria y tus apellidos Domínguez Arias. Ambos nacieron y vivieron en el mismo pueblo hasta los raptos. Desaparecieron con una diferencia de pocos meses el uno del otro. En una nota adjunta están las direcciones de sus familiares.

El periodista guardó silencio. Los ahora Venancio y Maria se miraron a los ojos que comenzaban a brillar hasta dejar escapar unas lágrimas de felicidad. Esperanza se acercó lentamente hasta ellos. Pinillas hizo lo propio. Todos esperaron la reacción de los jóvenes.

  • —Era lo que me decías en la nota. ¿lo recuerdas?

—Si cariño, eras tú.

Se levantaron para abrazarse y mezclar sus lágrimas. Luego se dirigieron al periodista quien les entregó los expedientes. Durante largo tiempo leyeron con detenimiento el contenido. Luego preguntaron si podían quedarse con ellos.

—Naturalmente, son suyos. Son su vida.

—Podremos recuperar nuestro pasado —preguntaron.

—Es posible — respondió Esperanza— En mi faceta de psicóloga he observado algunos casos, aunque supongo que deberíais poneros en manos de algún doctor especializado en esa materia. Pero si me permitís una recomendación, lo mejor para vuestras mentes seria enfrentarse a la única realidad.

—¿Cuál?

—Ir a visitar a vuestras familias, el entorno de aquella época, tal vez así podríais recuperar esos recuerdos perdidos en vuestras mentes.

—Seguro que lo haremos —dijo mirando a Marina.

—Gracias señor Pariente. ¿Somos muchos?

—Bastantes.

—¿En la misma situació n que nosotros?

—Permitirme que no conteste. Me debo a las familias y a sus compañeros.

—Lo entiendo. ¿Es todo? ¿Podemos marcharnos?

—Son libres de hacer lo que les venga en gana. ¿Me han oído? ¡Son libres!¡libres! —gritó entusiasmado el periodista.

Maria abrazó a Esperanza, luego a Pinillas y por último al periodista.

—Gracias por devolvernos la vida.

—A mi no, al comisario que creyó en mi, y a su equipo que me ayudó y logró desenmascarar a esos canallas.

—No lo olvidaremos nunca.

—Lo sabemos —dijeron los tres.

—Nos vamos, debemos prepararnos para hacer un viaje, el más importante de nuestra vida. ¿Me acompañas cariño? ¿me acompañas, Maria?

—Claro Der… digo Venancio.

Pariente dejo escapar de sus ojos, algo similar a lágrimas. Aún tenía mucho por hacer. Se despidió de los inspectores y regresó a su museo de niños perdidos. Antes de iniciar su periplo se despediría del comisario y del resto de quienes le ayudaron. Tenía toda su vida para estar suficientemente contento y alegrar a los numerosos padres que esperaban sin saberlo, su visita acompañada de buenas noticias.

Para ese viaje Venancio y Maria alquilaron un coche grande, lo llenaron con cuanto tenían y tomaron la A-2, luego se desviaron a una carretera Nacional, y pasados unos kilómetros, a una comarcal. Antes de entrar en el pueblo pararon en numerosas ocasiones. En silencio fueron preguntando a los árboles si todavía eran recordados. Si no habían olvidado a aquellos dos jóvenes que desaparecieron años atrás. Solo escucharon como respuesta, el cantar y aleteo de algunos pájaros soportados en sus ramas.

Atravesaron el puente que salvaba el río y dejaron el coche pegado a una vieja casa, antes molino de harina movido por su caudal, situada en una de las puntas del pueblo, como despedida o bienvenida. Decidieron ir caminando, forzando sus cerebros a recordar cuanto sus ojos veían en esos instantes. Atravesaron el que fuera campo de fútbol, pintado años atrás por el Cura del Pueblo, ahora remozado, con hierba artificial y porterías con postes de madera y redes. La Plaza Mayor, en ella y de frente, la Iglesia católica con el campanario donde los bautizaron, y a un lado, la Casa Consistorial frente a un bar pegado al antiguo casino. Nada de cuanto veían les recordaba su niñez. Pero lo miraban con la suficiente atención como para temer su inmediata desaparición que evitara recordarlos. Despacio, sin prisa y unidos por sus manos, se mantuvieron caminando a lo largo de las estrechas calles del pueblo.

En una de las casas y desde que desaparecieron años atrás, dos familias se reunían cada día. En la de los Domínguez Arias unas veces, otras en la de los Priego Codan. Aquella tarde correspondía hacerlo en la de estos últimos. Ellos acordaron visitar primero la casa de Maria. Golpearon con los nudillos, y no obtuvieron respuesta. Insistieron varias ocasiones con igual resultado. Optaron por caminar hasta la casa de Venancio. Tomaron aire antes de pulsar el timbre.

Una mujer que superaba los cincuenta y cinco años, con los ojos azules y rodeados de unas pronunciadas ojeras, abrió la puerta. Ella no quiso preguntar, dejó que quienes se presentaban, tomaran la iniciativa. Venancio miró a María y ésta le asintió con la mirada de sus verdes ojos.

—Buenas tardes. ¿Es esta la casa de la familia Priego Codan señora?

—Así es. Y quien desea saberlo —dijo mirando con escepticismo, sorpresa y alegría contenida.—

—Vera señora, nosotros, vivimos aquí hace tiempo y, bueno, nos gustaría recordar algunos rincones. Hemos visto esta casa y quisiéramos, no sé, invitarles a que nos acompañaran a dar un paseo. ¿Está su marido? —dijo apresurado, aturdido y azorado.

—Si, está dentro con unos vecinos y amigos. Esperen un momento.

Sin dejar la puerta, se volvió un instante para pedir la presencia de sus acompañantes del interior.

—Venancio, María, Pedro, creo que deberíais venir a la puerta, nuestros hijos nos quieren invitar a dar un paseo.

Los llamados se agolparon enseguida detrás de Consuelo y esperaron, sin atreverse a hablar, asustados temerosos y con desconfianza después de escuchar aquellas frases. Acostumbrados como estaban a oír siempre: Mi hijo esta vivo. Mi hijo aún vive. Se que algún día volveré a verle. Era tanta la confianza de aquella mujer y la pérdida de ella por los otros tres, que constante y diariamente escuchaban, que como en otras ocasiones, quisieron en un primer instante negar la ensoñación de aquella madre. Sin embargo aquel día no seria igual.

—¿Cómo has sabido que éramos nosotros Madre? —dijo Venancio.–

—¿Cómo puedes preguntarme eso hijo mío? Haz el favor de dejar que te vea lo grande y guapo en que te has convertido.

Maria se lanzó a los brazos de su madre, luego cayó en los de su padre, como lo hizo Venancio después. Apenas podía haber otra cosa que no fueran lagrimas de felicidad.

Días después comentarían que fue una suerte encontrarlos reunidos a los cuatro. Sin embargo aquella tarde y después noche, Maria y Venancio no durmieron, ni los padres de ambos tampoco. Les sorprendió el sol de un nuevo día cuando todavía no habían terminado de contar algunos de los avatares vividos. Soslayaron muchas historias, no existía necesidad de preocuparlos. Incidieron más en las cosas amables, dulces y cariñosas, sobre todo, que ambos se querían y estaban dispuestos a formar una familia, como los padres de ambos. Querían ver a sus hijos crecer, pero sobre todo vigilarlos más de cerca, para que no sufrieran el descalabro que ellos tuvieron.

No cerraron la puerta al futuro, como tampoco lo hizo a ninguna posibilidad durante años Eulogio Pariente. Antes de comenzar su periplo por toda España, dando razón de su trabajo y buenas noticias a familias de muchos lugares, llamó por teléfono a su nuevo amigo Roberto Hernán Carrillo, deseaba despedirse de él.

—Si lo prefieres puedo ir a tu casa — le dijo.

—Como quieras. Te espero para almorzar juntos.

—De acuerdo iré sobre las dos y media de la tarde.

—Estupendo —termino Pariente.

Al terminar el almuerzo en un restaurante cercano, Eulogio le invitó a conocer su museo de niños perdidos. Roberto recorrió con la mirada el esfuerzo y constancia de un hombre, que dedicó media vida a localizar y perseguir una meta. Hacer algo que nadie más hizo, sin ayuda, con su único esfuerzo y la única esperanza de conseguir felicidad para los demás.

—Y estos son todos mis expedientes. Ahora más extensos con la incorporación de los documentos sacados de la Agencia.

—¿Puedo verlos?

—Naturalmente, tienes tanto derecho como yo o más.

—De eso nada Eulogio.

—Claro que si.

Comenzó a revisarlos, mientras le explicaba las rutas que haría para dar a conocer sus descubrimientos a los familiares de los ahora encontrados, cuando reparó que cada carpeta tenia unas siglas en grandes caracteres sobre la portada principal.

—¿Que significan?

—Todas tienen una «D» de desaparecido, tal y como los señalaban en algunos expedientes la policía, copie la idea. Luego fui añadiendo mis propias siglas. «F» para fallecido por muerte natural después de ser localizado por prensa, revistas, incluso por la policía. «P» significa pendiente de contrastar. Una «V» significa que están vivos y localizados, y por ultimo una doble «D».

—¿Y esa doble D que significa?

—Desde hace poco y después de escuchar tus recomendaciones, Doble D, significa doble desaparición. No puedo decir a los familiares de esas criaturas que sus hijos son asesinos, o han sido muertos en tal o cual país y circunstancia. Tú, yo, y otros muchos, sabemos que los ocurrió, pero sus familiares jamás recibirán la verdadera información. No merecen revivir sus recuerdos y martirizarlos con esa noticia. Por eso he puesto esa doble D, para no equivocarme, para no dar señales de ellos a nadie. Prefiero que continúen pensando que como al principio de la investigación, no conseguí apenas nada y continúan con una D, de desaparecido y ahora la añadida D, de nueva desaparición.

—Eres una buena persona Eulogio.

—Tu también Roberto.

—No dejes de llamarme si necesitas algo. Te ayudaré con sumo placer.

—Lo se. Se que tengo un amigo y además policía.

—Yo también, pese a ser periodista. Que tengas suerte en el viaje que inicias.

—Que ella te acompañe siempre y la puedas repartir a tus amigos.

—Pues suelo hacerlo dándoles un abrazo.

—Y yo estoy dispuesto entonces a recibirlo. ¡Venga ese abrazo!

FIN

© Anxo do Rego. Todos los derechos reservados.

>>Capítulos anteriores

Artículo anteriorViaje al pasado. El pago de la deuda atrasada, de Stefan Zweig
Artículo siguienteEl origen literario de algunas calles
Narrador. Fundador, director y editor de la extinta editorial PG Ediciones. Actualmente asesora y colabora en las editoriales: Editorial Skytale y Aldo Ediciones, del Grupo Editorial Regina Exlibris. Director y redactor del diario cultural Hojas Sueltas. Fundador en 2014 de una de las primeras revistas digitales del género negro y policial «Solo Novela Negra». Participa en numerosas instituciones culturales. Su narrativa se sustenta principalmente en la novela policíaca con dieciséis títulos del comisario del CNP, Roberto H.C. como protagonista, aunque realiza incursiones en otros géneros literarios, tales como la ficción histórica, ciencia ficción, suspense y sentimentales. Mantiene su creatividad literaria con novelas, relatos, artículos, reseñas literarias y ensayos.