Antes de pedir a los dos agentes acompañaran al detenido a la sala de interrogatorios, Pinillas quiso leer con detenimiento los datos enviados en discos por el benefactor desconocido.
—¿Que haces? —preguntó Esperanza Miro.
—Preparándome para el interrogatorio. Seria conveniente que hicieras lo mismo. En estos discos hay bastante información sobre la Agencia GH & Asociados”. Creo que muy interesante para lo que haremos. Además debemos leer el atestado de la Guardia Civil, y el informe de los tres asesinatos en el edificio de Raimundo Fernández Villaverde.
—Te acompañaré.
Ambos se mantuvieron en silencio leyendo la información contenida en los discos. Al acabar, volvieron a leer el atestado de la Guardia Civil. Poco después avisaron que interrogarían a Renato Pavone. Cuando estuvo sentado en la silla frente a la mesa. Esperanza y Luis, se acercaron abriendo la puerta.
—Gracias pueden dejarnos con el detenido —pidió a los agentes que le acompañaban.
—Ahora mismo, inspeector Pinillas.
Ambos inspectores se sentaron frente a Renato Pavone. Esperanza comenzó a hablar.
—Luis, será mejor que le interrogues tu, a mi los terroristas asesinos no me gustan nada. Cuanto antes acabes, antes irá a prisión y en paz. Una escoria menos.
—Oiga señorita, o lo que sea, que yo no soy un asesino y menos terrorista — dijo Pavone alterado y molesto.
—Haga el favor de callarse y solo responda a las preguntas que le haré — señalo Pinillas.
—De acuerdo inspector. Y por favor ,que ella no me haga pregunta alguna.
—Permítame una cosa. Yo dirijo este interrogatorio, por el momento y seré quien determine si lo hace o no. ¿Me explico con claridad?
—Desde luego.
—Entonces comencemos. Digamos su nombre, edad, domicilio y ocupación.
Durante unos minutos respondió a preguntas sin importancia. Se le veía confiado, tranquilo y dispuesto a seguir respondiendo. De pronto Esperanza lanzó su primera andanada.
- —¿Por qué mató a sus tres compañeros?
—¿Qué compañeros?
—Pavone. ¿usted. no trabaja para la Agencia GH & Asociados?
—Por supuesto.
—Entonces los tres asesinados por usted. son sus compañeros. Ellos también trabajaban para su Agencia.
—Pero si yo no he matado a nadie. Se lo dije a sus compañeros. Alguien, estoy seguro, ha querido gastarme una broma macabra. Esas pistolas no son mías.
—Ya. Y yo soy Mary Popins.
—Se lo juro. No son mías. Además, que es eso de compañeros. Ni los conozco.
—No se preocupe, ahora mismo le enseño sus fotos. Están muertos, pero, creo que podrá reconocerlos.
—Le repito que no he matado a nadie, y si son compañeros, aún menos.
—Mire —señala Pinillas enseñándole las fotos de los tres cuerpos y otras con los rostros únicamente.
—No los he visto en mi vida. Bueno a este si —dijo señalando el cuerpo de Curtis.
—¿Quien es?
—Me parece que se llama Curtis, es norteamericano y desde hace años trabajaba para la misma Agencia que yo.
—¿También tiene un Volvo como usted?
—Tenía un puesto directivo. A todos nos entregan uno.
—¿De que se ocupaba? —le instó Pinillas,
—No lo se. Cada directivo se ocupa de un área. Solo cuando celebramos las reuniones semestrales nos vemos, aunque no estábamos juntos mucho tiempo.
—No lo entiendo, vaya empresa rara la suya.
—Y que lo diga.
—¿Y usted en que área está en la empresa? ¿Lo sabrá, supongo?
—Viajo mucho, contacto con empresas, veo anoto y transmito. Después otros se ocupan de preparar los expedientes para presentarlos a la dirección ejecutiva.
—Muy bien, pero no me convence. ¿A que se dedica? ¿Es usted. acaso uno de esos sicarios que matan por dinero?
—Inspector de que me está acusando. Piensa usted. que soy tonto acaso.
—Díganos entonces a que se dedica dentro de la empresa. Además lleva mucho tiempo, el mismo que su firma lleva funcionando.
—Soy socio fundador. ¿Le parece bien?
—A mi parece bien que llamemos al Juez. ¿te parece bien a ti Esperanza?
—A mi si. Quitemos a esta lacra del medio.
—¿De que me acusan?
—Del asesinato de tres personas y por supuesto de tenencia ilícita de armas. Tiene prisión para unos cuantos años, como mínimo, veinte.
—Les repito que no he matado a nadie.
—Claro, claro.
—Hazme el favor Esperanza. Llama al Juez de Guardia para que se haga cargo.
Esperanza salió de la habitación mirando y gesticulando ante el detenido. Luego esperó en la puerta.
—Inspector —comenzó diciendo Renato Pavone.
—Adelante.
—No he matado a nadie y se lo voy a demostrar. Ustedes deben investigar las coartadas ¿no es así? Pues yo no pude matar a esos compañeros, primero porque no se donde lo hicieron. Segundo porque no me encontraba en Madrid a la hora en que se produjeron las muertes, que también desconozco. Y tercero, en mi trabajo no uso arma alguna. No se utilizarlas. Si comprueban mis huellas dactilares, me someteré a las pruebas que crean necesarias, verán que no disparé, ni en ellas hay restos de ADN míos ni restos de pólvora.
—Lo siento mi compañera ya habrá llamado al Juez de Guardia. No puedo hacer nada. Si lo que dice es verdad será el quien de la orden de averiguarlo. De verdad que lo lamento.
—Pero inspector, como puedo decírselo. No maté a nadie, mi trabajo en la empresa en buscar y localizar a jóvenes que se incorporen a trabajar con nuestra agencia. Tenemos muchas sucursales y necesitamos constantemente gente nueva capaz de suplir a quienes nos abandonan.
—¿Jóvenes?
—Si. Jóvenes preparados física e intelectualmente.
—Comprendo. ¿De que edades?
—Entre 20 y 25 años. Nuestra plantilla es muy joven. Además no necesitan mucho sueldo inicialmente. Luego aprenden y ascienden en categoría y sueldo. Hay muchas posibilidades.
—Ya. Entiendo. ¿Y donde estaba localizando jóvenes ese día?
—En Cuenca.
—¿Tiene a alguien que le vio durante ese día?
—Por supuesto. Almorcé en un Restaurante llamado La Cocina, la dirección no la recuerdo, pero sí que estaba cerca de un Parque llamado Los Moralejos. Un camarero al retirar los platos de una mesa dejó caer algo sobre mi chaqueta manchándola. Poco después una camarera estuvo intentando limpiarla. Ellos me recordaran sin duda.
—¿Estuvo todo el día en la ciudad?
—Recorrí algunas poblaciones cercanas. Almorcé donde le he dicho y por la tarde continué con mi labor de regreso a mis oficinas en Madrid.
—Comprobaremos los detalles que me ha dicho, pero no tiene más remedio que quedarse aquí en la comisaría. Pediré a mi compañera que anule el pase al Juez de Guardia, si es que puede.
Abrió la puerta para pedir volviera a bajarle al calabozo, mientras entraba Esperanza.
—Precisamente iba a buscarte, debes volver a llamar al Juez y pedirle disculpas. Antes debemos comprobar la coartada del señor Pavone.
—Está bien, pero no se lo merece. Me gustaría que se pudriera en la cárcel este asesino.
—Esperanza por favor. Cálmate. Y ahora vuelve a llamar y pedir a los agentes que le acompañen al calabozo.
—De acuerdo.
Después de que el detenido saliera acompañado por dos policías, Esperanza y Luis, caminaron juntos en dirección a la sala de interrogatorios. Ambos reían jocosamente.
El coche utilizado por Derque permanecía aparcado frente a la puerta de la agencia. A distancia, un agente de la Guardia Civil se mantuvo observando según las ordenes recibidas y solo hasta que alguien le sustituyera. A la hora aproximadamente, contactó con el superior para comentar que un vehículo marca Volvo, acababa de pararse junto al sujeto observado. También que dos hombres salieron de él y pasaron dentro de la agencia Inmobiliaria. Cinco minutos después volvían a comunicarse con el agente para decirle que miembros de la Policía Nacional se harían cargo de la investigación y seguimiento.
—Gracias por cuanto han hecho hasta el momento, oficial.
—De nada comisario, a su disposición.
—Ahora seguiremos nosotros. Si precisáramos ayuda, no dude que se la pediría a usted. Gracias de nuevo.
—A sus órdenes.
Dobles fotografió los coches y sus matriculas para enviarles inmediatamente a Pinillas. Luego dio órdenes de cercar el perímetro del edificio por si era necesario y espero ordenes de su jefe.
—Esperaremos por ver si salen y quiero que las fotos las transmitas inmediatamente a Pinillas, que las cruce en su base y nos envíe urgente lo que encuentre.
—Ya se lo he dicho, estará preparado.
Esperaron sin que nada ocurriera o alguien saliera del edificio. Dentro, los dos hombres comprobaban el contenido de los discos entregados por Derque. Repasaron con detenimiento los datos, y tras comprobar eran correctos, salieron de la sala, subieron las escaleras hasta las oficinas y luego a la calle para meterse de nuevo en el coche.
—Roberto, el Volvo este, está a nombre de la Agencia GH & Asociados, según dice Pinillas. El otro es robado, está a nombre de Florencio Díaz Jiménez. Lo denunció hace una semana.
—Entonces esas oficinas son una tapadera.
—Supongo. Espera, acaban de subir dos hombres al coche. ¿Qué hacemos?
—Seguirlos. Pide a una de las patrullas que se adelanten a la carretera por donde hemos venido.
—Claro. Y con el coche robado que hacemos.
—Da orden de que lo retiren y lo lleven al depósito de la comisaría.
El Volvo con los dos hombres giró con rapidez en la propia calle y salió con prisa hacia la salida de la población.
—Tenemos la información contenida en los discos, ¿ahora que haremos con esos dos? —preguntó Gordon.
—Es obvio. Eliminarlos en cuanto lleguemos.
—¿Nosotros?
—Claro, no tenemos a ninguno de nuestros agentes de campo. La gente que ahora hay en La Granja son estudiantes.
—Bien. ¿Tú o yo?
—Ambos si te parece.
—De acuerdo.
Salieron a la carretera en dirección a Guadarrama. Delante de ellos un coche camuflado de la policía observaba el camino seguido, detrás el conducido por Dobles en compañía del comisario.
—No quiero detenciones por el momento —pidió Roberto.
—¿Y eso jefe?
—Necesito eso si, controlarlos, nada más.
Derque abrió el armario ropero, situado entre la puerta del cuarto de baño y la ventana. Estaba vacío, como el resto de la habitación. Esperando sin duda a que otro joven como ellos lo ocupara. Mientras, Marina observaba los movimientos que realizaba. Levantó con esfuerzo hasta romper las planchas de madera barnizadas del suelo. Debajo apareció una trampilla de madera. Tiró con ambas manos de la anilla metálica incrustada, y tras un tercer intento se abrió dejando salir un aire denso y cargado de olor terroso.
—Ya está, ven aquí por favor —la pidió.
—Voy. ¿ Que es eso?
—La salida a la libertad. Prepárate para bajar. Te ayudaré. Espera que abra la ventana para crear corriente y evitar que puedas marearte con el aire falto de oxigeno. Debe estar cerrado desde que me marché y supongo que nadie lo descubrió.
—¿Lo hiciste tu?
—Si, durante mi retención y luego en la etapa de formación. Al principio pensé escapar, luego decidí aprender, ver que querían de mi y no obstante continué trabajando este túnel. Cuando lo acabé, de vez en cuando, me escapaba por la única razón de saberme por un momento dueño de mi, de encontrarme libre, aunque luego regresaba.
—¿Habrá algún animal?
—No lo creo, pero ten cuidado. Saldrás al otro lado de la tapia, entre unos arbustos. Cuando lo hagas no mires atrás, solo corre cuanto puedas hasta el cruce de la calle principal con la carretera en dirección a Guadarrama, a tu derecha. Busca unos arbustos pegados a una jara, allí encontraras mi teléfono, lo puse antes de entrar. Úsalo y pide enseguida que te pongan con el comisario. Te repito no mires atrás y corre cuanto puedas.
—¿Quieres decir que te quedas?
—Si. No tengo más remedio.
—Es posible que te maten.
—No lo creo. Tranquila, todavía tengo un as en la manga, como se suele decir. Y ahora no perdamos más tiempo, prepárate para bajar por la trampilla.
Marina comenzó a sollozar, se enrollo al cuello de Derque y tuvo que separar con fuerza sus brazos para obligarla a meterse en la trampilla.
—No te preocupes, nos veremos antes de lo que piensas.
—¿Me lo prometes?
—Claro. Y ahora dame un beso y marcharte, por favor. Esa gente estará a punto de regresar y no quiero que te vean correr.
Derque le entregó su linterna, la miró por última vez y a los dos minutos cubrió el hueco abierto, volvió a poner las láminas de madera y cerró la puerta del armario ropero. Mantuvo la ventana abierta durante unos minutos y después se sentó en la cama tras obstruir la cisterna y cerrar la puerta del cuarto de baño. Se dispuso a esperar su fin.
Marina tuvo que agacharse durante los primeros metros del túnel, luego se levantó y pudo caminar más rápido. La anchura del pasillo de tierra era limitada al cuerpo de una persona. A medida que se acercaba el final del túnel fue achicándose de nuevo. Tuvo que volver a agacharse para continuar. Diez minutos pasaron cuando alumbró lo que parecía ser la salida. Una madera superpuesta dejaba entrever los últimos reflejos del día que empezaba a declinar. Empujó con ambas manos la madera, que cedió al segundo intento. Salió de rodillas y respiró profundamente. Miró un momento a su alrededor, después colocó de nuevo la madera y la cubrió con ramas esparcidas. Tal y como le había dicho Derque estaba al otro lado de la tapia del conjunto. La luz del sol apenas era perceptible. A lo lejos vio las luces de un coche que se aproximaba, y como giró a la derecha acercándose a menos de cincuenta metros de donde estaba. Se ocultó tras unos matorrales y cuando desapareció, comenzó a correr como le había recomendado. No dejó de hacerlo hasta donde supuso encontraría el teléfono escondido. Después de recogerlo se incorporó a la carretera y comenzó a caminar con pasos ligeros, esperando encontrar un coche que la llevara a Guadarrama. No era mucha la distancia, se veían luces de edificaciones y urbanizaciones a lo largo y ancho de la carretera. Nada más alejarse del cruce, otro coche giró dirigiéndose hacia La Granja. Volvió a correr hasta divisar las viviendas de una urbanización. Tomó aliento y esperó escondida unos minutos. Decidió marcar el 112.
—Buenas noches, necesito contactar con el comisario Roberto Hernán Carrillo. Lo siento pero no se a que comisaría pertenece, ni su dirección, por favor es urgente, es un caso de vida o muerte.
—No se retire señorita y díganos, si puede, donde está.
—No lo se, estoy en una carretera que va de Los Molinos hacia Guadarrama, pero solo lo creo, no tengo ninguna referencia. Lo siento.
—Espere, no se retire ,intentaremos ayudarla. ¿Se encuentra bien, tiene alguna herida?
—No, gracias estoy perfectamente, pero a mi amigo es posible que intenten matarle. Por favor dése prisa. Es muy urgente. Localícenme por el teléfono ¿pueden?
—Claro lo estamos intentando, por favor no pierda la comunicación.
—Desde luego que no. Esperaré.
La encargada de recibir la llamada hizo señas a uno de los oficiales responsable de área, que se acercó inmediatamente.
—¿Que pasa?
—Alguien pide comunicarse con un comisario y que la localicemos a través del móvil por el que nos llama.
—Dame el nombre del comisario, y tú intenta localizar exactamente desde donde lo hace. No la pierdas.
—Eso la he dicho, que no cuelgue.
Desde otra línea y después de averiguar el número de la comisaría pedida, el responsable llamó inmediatamente.
—Quisiera hablar con el comisario.
—¿Quien le llama?
—Soy un oficial del 112, alguien que dice tener urgencia, llama desde un teléfono móvil, solicitando hablar con el, por un caso de vida o muerte.
—No está, pero le paso con uno de sus inspectores, el podrá ayudarle.
—¿Si?
—Le decía a su compañero que es necesario hablar con su comisario.
—Está ocupado fuera de la comisaría ¿puedo ayudarle?
—Supongo.
—Una mujer llama desde, espere un momento, me están diciendo ahora mismo desde donde lo hace, un segundo. Si. Gracias. ¿inspector?
—Le escucho adelante.
—Está en un punto cercano al cruce de las carreteras M-614 y M-623, prácticamente en una población llamada Guadarrama, al noroeste de la provincia de Madrid.
—Hagan el favor de pedirle que describa su fisonomía y la ropa que lleva para que podamos identificarla, no corten la línea, mientras, haga el favor de darle mi numero de móvil y así estaremos en contacto directo. Muchas gracias. Dejo el teléfono bloqueado para que pueda llamar ella. Díganle que soy el inspector Pinillas.
—Claro. Gracias inspector.
—A usted, oficial.
—Señorita, acabamos de hablar con la comisaría, le voy a facilitar un numero de teléfono, es de un inspector llamado Pinillas, el le dará las instrucciones necesarias.
—Gracias, son muy amables, ¿han conseguido localizarme?
—Si. Mantengase tranquila, cuelgue, están esperando su llamada.
—Gracias.
Marina respiró profundamente, colgó, comprobó la batería del teléfono y seguidamente marcó el número memorizado y esperó respuesta.
—Soy el inspector Pinillas, ¿es usted. la mujer que ha pedido ayuda?
—En efecto, me llamo Marina, y estoy en …
—Lo sé, no se preocupe está localizada y ahora mismo una patrulla de la Guardia Civil va a su encuentro. La llevarán junto al comisario, tranquila,ahora dígame como va vestida y mire a su alrededor para darnos un punto de referencia.
—Claro.
—No corte la línea por favor, mientras hablaré con el comisario por otra línea.
—De acuerdo.
Pinillas pidió el móvil a Esperanza para hablar con el comisario. Después de comentarle lo ocurrido, que tenía a la joven esperando en otro teléfono, éste pidió que aguardara en el puesto de la Guardia Civil indicado por Pinillas. Mientras anotó el número de ella para hablar directamente.
—Marina, escuche —solicitó Pinillas.
—Dígame.
—Acabo de hablar con el comisario, confirmado que la recogerán y llevarán a un puesto de la Guardia Civil, mientras el propio comisario hablará con usted.
—Gracias inspector.
—Tranquila, todo se solucionará.
—Eso deseo.
Segundos después Roberto marcaba el número de Marina.
—Soy Roberto, el comisario con quien ha solicitado hablar. Dígame en que puedo ayudarla.
—Es urgente que ayuden a mi amigo Derque Abrante. Esta dentro del recinto llamado La Granja, perteneciente a la Agencia GH & Asociados. El me ha rescatado hace unas horas, me tenían retenida. Para conseguirlo les hizo entrega de algo, que supongo es muy importante para ellos. Se marcharon a comprobarlo y nos dejaron encerrados en el edificio de los dormitorios. Me ayudó a escapar y supongo que cuando regresen intentaran matarle si usted. no lo impide.
—¿Quién es usted.?
—Ya le he dicho, Marina Segura, y hasta hace poco trabajaba para esa Agencia.
—Dígame por favor donde puedo encontrar esa Granja.
—Está en una zona alejada de Los Molinos. Tiene una tapia de unos tres metros y un cartel con una frase latina encima.
—¿Algún edificio singular que me permita reconocerla?
—Si, muy cerca de la entrada hay uno con una torre acabada en un pararrayos. Cuatro altavoces orientados en diferentes direcciones y la torre pintada de color granate.
—Bien, espere ahí, la recogerán enseguida, luego iremos a recogerla. Ahora no tenga miedo y espere. Cuelgue y espere por favor. Nos ocupamos de su amigo ahora mismo. Estoy viendo esa torre. Estamos muy cerca.
—Gracias comisario. Por favor, evite que le maten.
—Haremos lo imposible. Tranquilícese.
Esperó unos minutos, los justos para que una patrulla la recogiera y llevara de inmediato al puesto de la Guardia Civil.
Mientras tanto en La Granja, dos hombres golpeaban la puerta del dormitorio ocupado por Derque, quitó el cerrojo y los dejó pasar.
—Acompáñenos. El director quiere hablar de nuevo con ustedes dos.
—Claro. Ahora mismo en cuanto salga del baño —dijo señalando la puerta.
Unos minutos después se mantenía el mismo sonido del agua cayendo en la cisterna. Los hombres impacientes golpearon con los nudillos insistentemente. Viendo que la mujer no salía, la abrieron sorprendiéndose al no encontrarla.
—¿Dónde está?
—¿Qué dicen? ¿que se ha ido?
—Eso parece. Ha debido escapar.
—Pues desde luego por esa puerta no.
—No importa, enseguida veremos por donde ha podido huir. Tenemos cámaras que lo graban todo.
—Lo supongo.
—Usted. Sigamos, por favor.
Abandonaron la zona de dormitorios conduciéndole hasta una sala en el Edificio de Administración.
—Disculpe director, pero ella ha debido saltar por la ventana del baño.
—Vale, salgan a buscarla, no andará muy lejos. Es posible que se haya escondido. No es posible salir de aquí. ¿Me estas oyendo Diego?
—Si, claro que te oigo.
—Bien —dijo después de esperar a que salieran los dos jóvenes— ahora tenemos que decidir que hacer contigo.
—Supongo que dejarme marchar, como deberías dejar que lo hiciera Marina, si es que la encontráis.
—No tan rápido amigo.
—¿No estás conforme con el contenido de los discos?
—Sí, de todo lo que hay en ellos si, pero no estamos seguros de que hayas hecho alguna copia.
—Te dije que sí, que las había enviado con algo de información a un comisario, pero nada de importancia, solo los esquemas y oficinas que tenéis en todo el mundo, sin más datos. Claro que si no llego vivo a un determinado lugar, alguien enviará obligatoriamente las otras copias más interesantes.
—Seguramente. Bueno, todo estará acabado cuando se acabe el día.
—Como queráis. Os advierto que no me importa morir. Llevo esperándolo mucho tiempo, desde que me separasteis de mis padres. Pero mi venganza no acaba aquí. Es posible que muera, pero vuestra organización no levantará el cierre un día más. De eso si que estoy seguro.
La puerta de la sala donde los tres hombres se encontraban, la golpearon por fuera en dos ocasiones.
—Adelante.
—Señor director. Dos hombres están llamando desde la puerta principal, uno al parecer es un comisario y el otro un inspector. Quieren hablar con alguien responsable del Centro.
—Claro. Llama al secretario y que los atienda. Nosotros estamos ocupados ahora.
JH y Williams Gordon, salieron inmediatamente de la Sala. Dejaron encargados a dos jóvenes la custodia de Diego, pidiéndoles que no le dejaran hablar con nadie.
—Y digo con nadie. ¿Me han entendido?
—Si señor.
La puerta principal del Centro se abrió para dejar entrar el coche del comisario. Ante la del edificio de administración, un hombre cercano a los cuarenta años, esperaba para recibirlos.
—Soy el comisario Hernán Carrillo, él es mi inspector de homicidios Ignacio Dobles.
—Bienvenidos. Soy el secretario del Centro, mi nombre es Guillermo del Real. En que puedo ayudarles.
—Necesitamos hablar con los dos hombres que han entrado en un coche marca Volvo.
—Lo siento pero no tengo noticias de que haya entrado a este recinto un coche como el que dice.
—Entonces está mal informado. Nosotros mismos lo hemos visto atravesar esa misma puerta hace un rato.
—Tal vez sea así, estuve ocupado dentro de la oficina.
—¿Quiénes pueden conducirlo?
—Solo el director del Centro o cualquier otro de los Directores.
—Bien, pues si es tan amable dígales que queremos hablar con ellos. Y de paso, que vengan acompañados por un joven llamado Derque Abrante, que también está en el recinto.
—Esperen aquí.
—Claro.
Dejó a los dos policías en el vestíbulo y entró en su despacho. Descolgó el teléfono y llamó mientras se abría la puerta principal para dejar salir al Volvo que la atravesaba velozmente. Roberto al verlo, pidió a las patrullas que los retuvieran inmediatamente. No había superado doscientos metros cuando dos coches camuflados le cerraron el paso. Las puertas se abrieron inmediatamente y dos agentes salieron a su encuentro. Los dos hombres salieron del vehículo y sin hacer ademán alguno, permanecieron quietos fuera del vehículo hasta que otros dos agentes se acercaron para invitarles a regresar con ellos al recinto de La Granja, como les había pedido el inspector Dobles.
Esperaron a que volviera el secretario.
—Ahora díganos donde podemos encontrar al joven que le hemos dicho.
—Yo, yo —balbuceó.
—Si no lo hace por las buenas lo hará por las malas. Sabemos que esta aquí. De orden de que le busquen inmediatamente o tendrá que acompañarnos junto a sus jefes al puesto de la Guardia Civil, de momento, después es posible que a otro lugar. Y alégrese de que no este herido o algo peor.
—Está bien. Pero mantengo que no se quien es, ni siquiera si está aquí.
—Inténtelo, haga el favor.
En el momento en que salía de nuevo al despacho, dos policías acompañaban a JH y Williams Gordon ante la presencia del comisario.
—Espere un momento señor Del Real —pidió el comisario— ustedes deben ser los directores del Centro ¿Verdad?
—En efecto.
—Pues den las ordenes oportunas para que encuentren a Derque Abrante.
—Se confunden no se llama Derque Abrante, sino Diego Martín Landa, y es un colaborador nuestro. No ha hecho nada punible, que sepamos.
—En efecto, que ustedes. sepan —dijo Roberto sorprendido al escuchar el nombre que le hizo reaccionar inmediatamente— .Es sospechoso de cometer dos asesinatos —dijo tras carraspear— .Tenemos cursada orden de búsqueda y captura y le hemos seguido hasta aquí.
—Está bien, colaboraremos en cuanto necesiten. No sabíamos que le buscaban por esa causa. Daremos orden de que le encuentren. De joven estuvo aquí pasando una temporada y según creo vino a saludar a unos antiguos compañeros.
—Adelante. Esperaremos. Mis hombres les ayudaran a encontrarlo.
—Gracias comisario —dijo el director.
JH junto al secretario y Gordon, caminaron hasta la sala donde hacían guardia dos jóvenes del centro custodiando a Diego. Dentro él esperaba impaciente.
—Bien amigo Diego, o Derque, como te llaman ahora. Hay un comisario que te va a ayudar mucho. Te llevaremos a su lado. Todo solucionado.
—Y ese cambio de actitud, ¿ a que es debido?
—Ya te lo dirá el personalmente. Pero no creo que sea nada bueno.
—Siempre será mejor que estar con vosotros. No me importa de que pueda tratarse.
—Te puedo adelantar que te buscan por asesinato.
—¿Por qué?
—A-se-si-na-to. ¿Entiendes? Serán los de tu última misión.
—Supongo.
—Entonces adiós, te caerán al menos veinte años. Ahora acompáñanos te esperan.
Despidieron a los jóvenes que lee custodiaban, y los tres, acompañaron a Derque junto al comisario que aguardaba su llegada.
—Comisario le presento a Diego Martín Landa. Es todo suyo.
—Gracias señores…
—José Hernández Valiño y él mi adjunto, Williams Gordon.
—Gracias. ¿Podremos contar con ustedes por si necesitamos alguna declaración?
—Por supuesto, estamos a su entera disposición.
—Usted. queda detenido como sospechoso de los asesinatos de Nereo Lasso y su esposa Mayra Corona. Hagan el favor de esposarle — solicitó a dos agentes.
Derque no entendía nada, pero pensó que lo mejor era callarse y salir de aquel lugar. Más tarde trataría de contarle todo al comisario. Dos agentes le llevaron a uno de los coches patrulla.
—Ahora vayamos a recoger a la mujer que nos espera en el puesto de la Guardia Civil —anadió el inspector Dobles.
Lo oyó cuando le sujetaban la cabeza para entrar en la parte trasera del vehículo policial. Sonrió satisfecho. Sin embargo no la vería hasta llegar a la comisaría. A el lo bajaron al calabozo, ella se mantuvo junto al comisario y después de conocer que le habían rescatado, pidió verlo, a lo que Roberto se negó. Solo después de que prestara declaración podría hacerlo — le dijo.
No sabia donde ir ni donde pasar la noche. Estaba aturdida, asustada y temerosa de que aún estuvieran buscándola. Pidió al comisario pasar la noche en un calabozo también. Tras algunas discusiones, en las que intercedió Dobles, aceptó. Después de tomar un bocado junto a dos agentes que le trajeron de la cafetería Sanchidrian, se dispuso a pasar la noche sabiendo que Derque estaba a pocos metros de ella durmiendo, aunque intranquilo.
Roberto Hernán Carrillo e Ignacio Dobles acabaron tarde el informe para después retirarse a sus respectivos domicilios. La mañana del día siguiente y los posteriores iban a ser sin duda correosas, llenas de intenso trabajo y ambos no imaginaban cuanto.
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