Libros, imágenes y voces para una ciudadanía que también empezaba fuera de las ciudades
Entre 1931 y 1936, las Misiones Pedagógicas llevaron bibliotecas, música, teatro, cine y reproducciones de pintura a miles de localidades rurales. Su importancia no reside solo en el repertorio transportado, sino en la idea política que lo sostenía: la cultura no debía depender del lugar de nacimiento. Aquel impulso reunió a maestros, bibliotecarios, artistas y escritores próximos al mundo del 27, pero también dejó preguntas que siguen abiertas sobre quién lleva la cultura, quién la recibe y de qué modo se evita convertir la igualdad en tutela.
La Segunda República heredó una desigualdad que no era únicamente escolar. En numerosos pueblos faltaban edificios adecuados, maestros, bibliotecas y comunicaciones; pero faltaba también el acceso cotidiano a aquello que en las ciudades formaba parte de la vida pública: una representación teatral, una película, un concierto o la contemplación de una obra de arte. El Decreto de 29 de mayo de 1931 creó el Patronato de Misiones Pedagógicas, presidido por Manuel Bartolomé Cossío y dependiente del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes. Su cometido unía tres tareas: difundir la cultura general, favorecer la orientación pedagógica de los maestros y promover la educación ciudadana.
El proyecto procedía de la tradición de la Institución Libre de Enseñanza y del Museo Pedagógico Nacional. No pretendía sustituir a la escuela, sino llegar allí donde la escuela resultaba insuficiente y abrir un espacio cultural para niños y adultos. La primera misión se desarrolló en diciembre de 1931 por localidades de la comarca de Ayllón, en Segovia. A partir de entonces, los equipos viajaron por caminos difíciles con cajas de libros, proyectores, gramófonos, discos, copias de cuadros y escenarios desmontables. La precariedad material era parte del itinerario: había pueblos sin electricidad y salas improvisadas en escuelas, plazas o locales cedidos.
El servicio de bibliotecas fue la pieza más extensa y duradera. Las actuaciones de teatro o cine podían durar una tarde; los libros permanecían. Los lotes, instalados sobre todo en escuelas de poblaciones pequeñas, combinaban literatura, divulgación, historia, geografía y lecturas infantiles. La selección buscaba lectores de edades y formación distintas, y el maestro solía encargarse del préstamo. Según los estudios basados en la documentación del Patronato, en junio de 1936 se habían creado 5.522 bibliotecas, con alrededor de seiscientos mil volúmenes. Durante los primeros años, este servicio absorbió cerca del sesenta por ciento del presupuesto de las Misiones.
La cifra importa porque corrige la imagen sentimental del camión que llega y se marcha. Hubo espectáculo y asombro, pero también una voluntad de infraestructura. María Moliner, vinculada a la delegación valenciana, defendió la formación de quienes atendían las bibliotecas y combatió el prejuicio que consideraba a los habitantes rurales incapaces de interesarse por la lectura. Juan Vicens de la Llave y Luis Cernuda participaron igualmente en el trabajo bibliotecario. En este terreno, la misión no consistía en entregar un objeto prestigioso, sino en crear hábitos de préstamo, conversación y lectura compartida.
El Museo del Pueblo trasladaba reproducciones de obras esenciales de la pintura española. Copistas como Ramón Gaya, Juan Bonafé y Eduardo Vicente hicieron posible que cuadros asociados al Museo del Prado pudieran contemplarse lejos de Madrid. Las imágenes se instalaban con cuidado y se acompañaban de explicaciones. No se trataba de fingir que una copia era un original, sino de romper la identificación entre patrimonio nacional y posesión metropolitana: Velázquez, El Greco, Goya o Murillo debían formar parte de una experiencia común.
El Teatro y el Coro del Pueblo, dirigidos respectivamente por Alejandro Casona y Eduardo Martínez Torner, reunieron a estudiantes que representaban entremeses, romances y piezas breves. El Retablo de Fantoches, impulsado por Rafael Dieste, ofrecía una forma más ligera y adaptable de teatro ambulante. A ello se sumaban las proyecciones cinematográficas y el servicio de música, con gramófonos y discos. José Val del Omar documentó y proyectó imágenes en numerosas expediciones. Para muchos espectadores era el primer encuentro con el cine; para los misioneros, el público rural dejaba de ser una abstracción estadística y adquiría rostros, preguntas y respuestas.
Las Misiones obligan a ampliar el mapa de la Generación del 27. El canon suele ordenarse alrededor de libros de poesía, revistas, tertulias, homenajes y residencias urbanas. Sin embargo, Luis Cernuda participó en expediciones y en tareas del Patronato; María Zambrano intervino en varias misiones; Rafael Dieste convirtió la dramaturgia y el guiñol en instrumentos de comunicación; Ramón Gaya trabajó en el Museo del Pueblo; Maruja Mallo colaboró en actividades educativas. No todos pertenecen al 27 en el mismo sentido, pero todos forman parte de la red cultural de la Edad de Plata que hizo posible su expansión.
Este desplazamiento cambia la lectura de la época. La vanguardia no se limitó a importar procedimientos europeos ni a renovar el lenguaje artístico dentro de círculos minoritarios. Una parte de aquella modernidad se preguntó cómo compartir la tradición y las nuevas formas con públicos excluidos de los centros culturales. Tampoco conviene confundir las Misiones con La Barraca, el teatro universitario dirigido por Federico García Lorca y Eduardo Ugarte. Coincidieron en años, impulso republicano y voluntad itinerante, pero dependieron de estructuras diferentes y desarrollaron programas propios. La distinción permite comprender mejor la diversidad de iniciativas sin fundirlas en una sola estampa conmemorativa.
La palabra misión contiene una ambigüedad que hoy resulta inevitable examinar. Sugiere entrega y desplazamiento hacia lugares abandonados, pero también puede colocar a unos como portadores de cultura y a otros como receptores pasivos. Algunas memorias del Patronato describen a los campesinos mediante categorías propias de la distancia urbana y educativa. El entusiasmo de los viajeros no eliminó por sí solo el paternalismo ni resolvió las desigualdades económicas, sanitarias o agrarias que condicionaban la vida rural. La misión de Sanabria en 1934, de marcado carácter pedagógico y social, mostró con especial crudeza que una sesión de cine no podía separarse del hambre y el abandono.
Esa objeción no invalida el proyecto; ayuda a medirlo. Las Misiones fueron más fértiles cuando entendieron que en los pueblos ya existían saberes, músicas, relatos y formas de sociabilidad. El encuentro podía transformar también a quien llegaba. La cultura popular recogida por músicos y escritores no era un vacío que hubiera que llenar, sino una tradición con la que dialogar. La justicia cultural no consiste únicamente en descentralizar una programación decidida en la capital: exige escuchar, sostener equipamientos y reconocer a las comunidades como productoras de cultura.
La polarización política, la reducción de apoyos durante el segundo bienio republicano y, finalmente, la Guerra Civil quebraron la continuidad del Patronato. Sus colaboradores conocieron destinos diversos: muerte, depuración, silencio o exilio. La dictadura desmanteló el marco cívico del proyecto y sometió su memoria a una lectura hostil. Sin embargo, las bibliotecas, las fotografías, las memorias y los testimonios conservan la huella de una política pública que quiso combatir la distancia cultural como una desigualdad real.
Su vigencia no está en repetir caravanas nostálgicas, sino en trasladar la pregunta al presente. ¿Qué ocurre con los municipios sin librerías, cines, teatros estables o programación continuada? ¿Basta con organizar una actividad aislada o hacen falta redes permanentes, profesionales y presupuesto? Las Misiones Pedagógicas enseñan que el acceso a la cultura requiere presencia, mediación y continuidad. También advierten que ningún programa será verdaderamente democrático si habla para los pueblos sin hablar con ellos.
Las Misiones hicieron visible una idea sencilla y radical: el patrimonio, los libros y las artes no debían ser privilegios territoriales. Su aportación más profunda fue convertir la cultura en una cuestión de ciudadanía y no de beneficencia. Pero su mejor legado aparece cuando se acepta también su zona problemática: llevar cultura no equivale a concederla desde arriba. La igualdad comienza con el acceso; la democracia cultural se completa cuando cada comunidad puede leer, interpretar, discutir y crear por sí misma.
Fuentes y referencias
• Patronato de Misiones Pedagógicas. Memoria de la Misión Pedagógico Social en Sanabria. Madrid, 1935.
• Residencia de Estudiantes y CSIC. Las Misiones Pedagógicas 1931 1936. Archivo y base de datos de misiones y participantes. https://cipres.residencia.csic.es/misiones/
• UNED. Instruir deleitando. Las Misiones Pedagógicas españolas y sus bibliotecas circulantes. https://instruirdeleitando.linhd.uned.es/
• Boza Puerta, Mariano y Sánchez Herrador, Miguel Ángel. Las bibliotecas en las Misiones Pedagógicas. Boletín de la Asociación Andaluza de Bibliotecarios, número 74, 2004.
• Dennis, Nigel. Ramón Gaya y el Museo del Pueblo de las Misiones Pedagógicas. Escritura e Imagen, volumen 7, 2011.
• Consejo Superior de Investigaciones Científicas. María Moliner mujer bibliotecaria y lexicógrafa. Exposición virtual Manuscripta. https://manuscripta.bibliotecas.csic.es/exposiciones/maria_moliner/
SUSANA DIÉGUEZ – Punto y Seguido



