Cuando una publicación cultural deja de publicarse

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El cierre de The Skinny muestra que la gratuidad amplía el público, pero no garantiza la independencia: sin ingresos diversos, el periodismo cultural queda expuesto a cada crisis

El último número de The Skinny no clausura solamente una revista escocesa. Su desaparición permite observar una fragilidad compartida por buena parte del periodismo cultural independiente: se le pide que descubra autores, conecte escenas y sostenga una conversación pública, pero se confía su supervivencia a una publicidad menguante, a unas ayudas inciertas y a lectores acostumbrados a no pagar. El problema no es que falte cultura ni que hayan desaparecido los públicos. Es que el valor cultural y el valor económico rara vez llegan a encontrarse.

Un cierre que no obedece a la falta de materia cultural

En septiembre de 2026, The Skinny anunció que aquel número sería el último. Radge Media CIC, la empresa que publicaba también Fest y GNAW, había cesado su actividad. La explicación mencionaba las dificultades económicas del sector artístico escocés, la presión sobre la financiación, el aumento de los costes y la crisis del coste de la vida. No se hablaba, por tanto, de agotamiento editorial. Al contrario: la revista se despedía recordando la vitalidad de las escenas que llevaba dos décadas cubriendo.

Fundada en 2005 por diez voluntarios, The Skinny nació porque la cultura local carecía de un lugar donde ser documentada y discutida. La revista mensual gratuita cubría música, cine, teatro, artes visuales, libros, gastronomía y vida nocturna en Edimburgo, Glasgow y Dundee. Había superado los doscientos números, creado guías y boletines y mantenido una presencia digital reconocible. También ofrecía una suscripción anual para recibir la revista, sus guías y obra gráfica en casa: trataba de sumar difusión abierta, publicidad, productos editoriales y una comunidad fiel.

Ese recorrido impide una explicación cómoda. No cerró una publicación irrelevante incapaz de conectar con su entorno, sino un medio que se había convertido en infraestructura cultural. Descubría creadores, orientaba al público, proporcionaba contexto y registraba escenas que los grandes periódicos atienden de forma intermitente. El cierre demuestra que la utilidad social de una revista no constituye, por sí sola, un modelo de negocio.

La gratuidad no es gratis

La revista cultural gratuita rebaja a cero el precio de entrada y lleva los contenidos hasta bares, librerías, universidades, salas y festivales. Favorece el descubrimiento fortuito y alcanza a lectores que no comprarían una cabecera especializada. En ciudades con una vida artística densa, el ejemplar funciona además como mapa.

Pero la gratuidad introduce una dependencia. Si el lector no paga —o paga solo una parte pequeña de la audiencia—, alguien debe financiar la redacción, la edición, la impresión y la distribución. Tradicionalmente lo hacen anunciantes vinculados a conciertos, editoriales, cines, galerías, restaurantes, instituciones y festivales. Precisamente los actores más interesados en aparecer en una revista cultural suelen ser los primeros en reducir su gasto cuando suben los alquileres, la energía, el papel o los salarios. La crisis del ecosistema cultural se transmite así al medio que lo cuenta.

Hay, además, un desequilibrio digital. Las plataformas tecnológicas permiten segmentar públicos, medir clics y modificar campañas casi en tiempo real. Una revista independiente ofrece contexto, prestigio y afinidad, valores menos inmediatos para una hoja de cálculo publicitaria. Puede tener lectores atentos y una influencia real en su comunidad y, sin embargo, perder frente a soportes que prometen métricas más abundantes. La publicidad no desaparece: cambia de destinatario. La gratuidad puede ser coherente con la voluntad de acceso. El error consiste en confundir alcance con sostenibilidad: una cabecera puede ser muy leída y seguir siendo económicamente frágil.

Suscribirse no es pagar por unas páginas

La respuesta más repetida ante la retirada publicitaria es la suscripción. Tiene ventajas evidentes: ofrece ingresos previsibles, reduce la dependencia de un solo anunciante y convierte al lector en parte consciente del proyecto. El estudio Realidad y perspectivas de las revistas culturales 2024, elaborado por la Asociación de Revistas Culturales de España (ARCE), muestra que las suscripciones aportan el 32,7 % de los ingresos de las cabeceras analizadas y la venta de ejemplares sueltos otro 15,1 %. Juntas forman su principal sostén.

La suscripción tampoco obra milagros. Requiere una relación trabajada durante años, una propuesta distinguible y una gestión eficaz de cobros, renovaciones y atención al lector. Si el contenido siempre fue gratis, levantar de repente un muro de pago puede reducir la influencia sin conseguir suficientes altas. Si el papel se distribuye gratuitamente, la suscripción debe ofrecer comodidad, pertenencia o servicios adicionales, como intentó The Skinny.

El pago puede excluir a estudiantes, jóvenes y lectores con menos recursos. La alternativa razonable no es elegir dogmáticamente entre gratuidad y pago, sino construir capas: una parte abierta, una membresía voluntaria, ediciones impresas, boletines y encuentros. Pagar no debería significar comprar silencio para los demás, sino sostener un espacio común.

El espejo español: pequeñas economías, grandes funciones

El caso escocés tiene una correspondencia clara en España, aunque conviene evitar equivalencias automáticas. Las revistas agrupadas en ARCE son muy distintas entre sí y no representan todo el periodismo cultural. Aun así, su radiografía de 2024 describe un tejido de escala reducida: el 69 % factura menos de 100.000 euros anuales y han desaparecido de la muestra las cabeceras con facturaciones superiores a 400.000 euros que sí aparecían en 2017. Para el 51,7 %, los costes de producción superan los 75.000 euros. El margen para absorber una subida de imprenta, distribución o personal es, por tanto, escaso.

La composición de los ingresos resulta reveladora: ventas y suscripciones aportan conjuntamente el 47,8 %; las subvenciones, el 23,6 %; la publicidad, el 16,9 %; y otras actividades, el 11,7 %. La publicidad había representado cerca del 30 % en 2007 y cayó hasta alrededor del 17 % en 2017, nivel en el que se mantiene. Ocho de cada diez revistas dedican como máximo el 10 % de sus páginas a anuncios pagados. Entre los anunciantes predominan la publicidad institucional y la vinculada al ámbito temático de cada cabecera.

El mercado publicitario general podría inducir a engaño. InfoAdex calculó para 2025 una inversión de 216,3 millones de euros en revistas, un 1 % más que en 2024. Pero el dato no indica cuánto llega a las publicaciones culturales pequeñas ni cómo se reparte entre grandes grupos y medios independientes. El leve avance puede ocultar concentración y campañas que favorecen audiencias masivas.

La precariedad se aprecia también en el trabajo. Según ARCE, el 45,3 % del empleo asociado a estas revistas es externo; el empleo propio a tiempo completo representa solo el 19,8 %, y el parcial, el 34,9 %. La externalización puede aportar flexibilidad, pero también desplaza el riesgo hacia colaboradores que cobran por pieza y carecen de continuidad. Cuando cierra una cabecera no desaparece únicamente una marca: se extingue una cadena de encargos, aprendizaje, prescripción y memoria.

Subvenciones y publicidad institucional: apoyo sin obediencia

Las ayudas públicas suscitan dos reparos legítimos: la dependencia política y la posibilidad de sostener proyectos sin lectores. Exigen convocatorias transparentes, criterios públicos, límites a la concentración y evaluación posterior. Sin esas garantías, pueden premiar cercanía institucional en lugar de calidad o pluralismo. Pero retirar toda financiación pública no crea independencia: sustituye una dependencia visible por la del anunciante, el propietario o la plataforma. Si una revista produce un bien cultural que el mercado remunera de manera insuficiente —archivo, crítica, descubrimiento, atención a territorios periféricos—, la intervención pública puede justificarse del mismo modo que se apoyan bibliotecas, festivales o traducciones. La clave es financiar la función sin comprar docilidad.

También la publicidad institucional necesita reglas específicas. No debería concederse como favor ni repartirse únicamente en función del volumen bruto de audiencia, criterio que condena de antemano a los medios especializados. Pueden incorporarse pluralidad territorial, afinidad real con la campaña, calidad del soporte y servicio a comunidades concretas. La transparencia debe abarcar importes, criterios y beneficiarios.

El cierre de The Skinny invita a desconfiar de las soluciones únicas. La publicidad puede condicionar y fluctuar; la suscripción encuentra límites sociales y de escala; las subvenciones son discontinuas y pueden politizarse; los eventos exigen personal y asumen riesgos; el contenido patrocinado amenaza con confundir información y promoción. Cada vía contiene una posibilidad y una servidumbre. La supervivencia más verosímil pasa por combinarlas y fijar límites: publicidad identificada, varios patrocinadores, membresías accesibles, alianzas con librerías y bibliotecas, ediciones especiales, servicios editoriales y ayudas plurianuales independientes. ARCE constata que el 65,5 % de sus revistas también edita libros y el 58,6 % organiza eventos. Diversificar se ha convertido en una forma de defensa.

Conviene no romantizar la multiplicación de tareas. Si una redacción debe organizar actos, vender anuncios, gestionar socios y alimentar redes, lo accesorio puede consumir el tiempo de investigar y escribir. Diversificar ingresos debe proteger el núcleo editorial, no vaciarlo. Una revista cultural deja de publicarse mucho antes de que se anuncie su último número: comienza a desaparecer cuando reduce encargos, posterga pagos, pierde distribución, renuncia a cubrir territorios y transforma la crítica en promoción para sobrevivir. El cierre formal solo vuelve visible ese desgaste. La pregunta que deja The Skinny no es si todavía queremos revistas culturales. Las seguimos utilizando para orientarnos, descubrir y discutir. La pregunta es si lectores, empresas e instituciones estamos dispuestos a pagar por aquello cuyo valor proclamamos después de perderlo.

En Hojas Sueltas, periódico cultural cuyo primer número apareció el 1 de enero de 2023, no querríamos llegar a una situación semejante. Por eso queremos haceros partícipes de las decisiones y fórmulas de colaboración que pueden fortalecer el proyecto. No es una alarma, sino una invitación a cuidar entre todos un espacio cultural que adquiere sentido mientras mantiene viva su relación con los lectores.

Fuentes consultadas

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