¿De verdad todo el mundo puede escribir una novela?

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Decir que «todo el mundo puede escribir una novela» parece una invitación generosa: nadie necesita un título académico, una autorización ni el reconocimiento previo de la industria editorial para comenzar. Sin embargo, la frase también se emplea para rebajar el valor de la escritura, como si una novela fuera poco más que una ocurrencia prolongada durante doscientas páginas. Entre el privilegio excluyente y la facilidad imaginaria existe un territorio menos cómodo: la novela está al alcance de cualquiera que desee intentarla, pero su escritura exige aprendizaje, perseverancia, lectura y una severa capacidad de revisión.

El tópico contiene dos afirmaciones distintas. La primera sostiene que cualquier persona puede comenzar a escribir una novela. Es cierta y conviene defenderla. La literatura no pertenece a una clase social, una institución ni una minoría investida de autoridad. No existe un permiso para narrar ni una oficina que determine quién posee una experiencia digna de convertirse en ficción.

La segunda afirmación, disimulada dentro de la primera, resulta más discutible: cualquiera puede escribir una novela lograda por el mero hecho de saber redactar. Aquí la apertura democrática se transforma en menosprecio del oficio. Conocer una lengua permite formar frases, pero no garantiza saber construir personajes, administrar la información, sostener una perspectiva, organizar el tiempo narrativo o mantener durante cientos de páginas una tensión que justifique la lectura.

La confusión nace de utilizar el verbo escribir para designar tareas muy diferentes. Escribir puede significar anotar una idea, redactar un capítulo, terminar un manuscrito, corregirlo hasta darle coherencia o alcanzar una obra con alguna relevancia literaria. Son acciones relacionadas, pero no equivalentes. Casi cualquiera puede empezar; muchas menos personas terminan; menos aún aceptan revisar a fondo lo que han terminado. La apariencia material del género contribuye al engaño. Una novela está hecha con las mismas palabras que utilizamos en una conversación, un correo electrónico o una noticia. Sus herramientas parecen comunes y gratuitas. El novelista no necesita mármol, un estudio de grabación ni una orquesta. Le bastan, en principio, un cuaderno o un ordenador.

Pero la familiaridad del instrumento oculta la dificultad de su uso. Una novela no consiste en acumular acontecimientos, descripciones y diálogos. Cada decisión modifica el conjunto: quién cuenta, desde qué distancia, qué conoce el lector, qué se omite, cuándo aparece un conflicto, cuánto dura una escena o qué consecuencias tendrá un detalle introducido cien páginas antes. La naturalidad de la buena prosa también puede inducir a error. Cuando una narración fluye, parece escrita sin esfuerzo. Se borran las dudas, las versiones descartadas, los capítulos desplazados y las frases sometidas a sucesivas correcciones. El lector recibe el resultado, no el taller. Precisamente por eso puede confundir la transparencia alcanzada con facilidad de ejecución.

Cervantes convirtió materiales populares y formas narrativas conocidas en una exploración extraordinaria de la realidad y la ficción. Galdós necesitó observación, arquitectura narrativa y oído para levantar su universo social. Emilia Pardo Bazán no se limitó a «contar historias»: estudió corrientes europeas, discutió ideas estéticas y examinó las tensiones de su tiempo. Después, autores europeos tan distintos como Gustave Flaubert o Virginia Woolf demostrarían que una novela podía depender tanto del trabajo sobre la frase como de una nueva manera de representar la conciencia. Ninguno de estos ejemplos establece una receta; todos recuerdan que detrás de la obra existe una labor.

Nunca había sido tan sencillo producir, conservar y difundir un manuscrito. Los procesadores de texto facilitan la corrección; internet permite consultar archivos, diccionarios y bibliotecas; los talleres ofrecen espacios de aprendizaje; la edición digital y la autopublicación eliminan barreras que antes parecían infranqueables. Las herramientas de inteligencia artificial incluso pueden proponer tramas, reformular párrafos o generar versiones de una escena. Esta democratización merece ser celebrada. Ha permitido que aparezcan voces alejadas de los centros tradicionales de prestigio y que numerosos autores encuentren lectores sin aguardar la aprobación de un reducido número de intermediarios. Sin embargo, haber reducido la dificultad de publicar no significa haber reducido en la misma medida la dificultad de escribir bien.

En 2024 se inscribieron en España 89.347 obras con ISBN, un 2,6 % más que el año anterior, según la Estadística de la Edición Española de Libros del Ministerio de Cultura. El dato incluye numerosos subsectores y no permite saber cuántos títulos son novelas ni juzgar su calidad. Sirve, en cambio, para mostrar la amplitud de la producción. Que se publiquen muchos libros demuestra que existen más medios para llegar al mercado; no que todos posean el mismo valor, del mismo modo que el rechazo editorial tampoco demuestra por sí solo la falta de calidad de una obra.

La frase es engañosa por otra razón: presenta como universal una posibilidad distribuida de manera desigual. Escribir una novela requiere tiempo continuado, concentración, acceso a lecturas y cierta estabilidad material. No todas las personas disponen de una habitación propia, unas horas libres o una vida protegida de la precariedad y los cuidados. La vocación puede ser común; las condiciones para desarrollarla, no.

También cuentan la educación recibida, la confianza lingüística y la posibilidad de encontrar interlocutores exigentes. El talento existe, aunque resulte difícil definirlo, pero no actúa en el vacío. Puede crecer con la lectura, la práctica y la crítica; también puede desperdiciarse por falta de disciplina o de oportunidades. A la inversa, ninguna técnica garantiza una obra memorable. Los procedimientos se enseñan; la mirada, la necesidad interior y la capacidad de descubrir una forma propia no se transmiten como una fórmula. Defender el oficio no implica convertir la literatura en un recinto reservado. Hay escritores sin formación reglada que han construido obras perdurables y autores muy instruidos incapaces de dar vida a sus páginas. La novela no es un examen con una única respuesta correcta. Algunas de las obras más innovadoras lo fueron precisamente porque desobedecieron las convenciones de su época. Pero para romper una forma con sentido suele ser necesario comprender qué función desempeñaba.

Sería más preciso decir que casi cualquier persona alfabetizada puede intentar escribir una novela y que muchas pueden aprender a hacerlo mejor. Nadie debería quedar excluido de antemano por su origen, profesión, edad o falta de contactos. Ahora bien, el derecho a escribir no incluye la garantía de conseguir una obra valiosa, ser publicado, encontrar lectores o recibir reconocimiento. Comenzar depende sobre todo del deseo. Terminar exige constancia. Construir una novela capaz de sostenerse requiere, además, lectura, técnica, imaginación, criterio y reescritura. Publicarla introduce factores distintos: la oportunidad editorial, el mercado, la promoción, los contactos y, en ocasiones, la casualidad. Confundir estas etapas conduce tanto a la arrogancia del principiante como al desprecio injusto hacia quien todavía está aprendiendo.

Todo el mundo debería poder acercarse a la escritura sin pedir permiso. Esa es la parte emancipadora del tópico. Pero una novela no adquiere valor porque alguien haya tenido una idea, haya llenado muchas páginas o haya pagado su publicación. El oficio comienza justamente cuando el autor comprende que haber escrito el final no significa haber terminado el libro.

PUNTO Y SEGUIDO- Susana Diéguez para CONTRA EL TÓPICO