Después de los aplausos

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DANIEL S. LARDON – Diario de un eterno finalista

Los aplausos tienen una forma extraña de terminar. Durante unos segundos parecen una confirmación; después se apagan, las sillas se arrastran, alguien busca el aseo y otro pregunta dónde ha dejado el paraguas aunque lleve semanas sin llover. La gloria, incluso la más modesta, desemboca casi siempre en una cuestión práctica.

El editor recogía sus papeles cuando me acerqué a darle las gracias. Marcos se había despedido unos minutos antes. Me abrazó sin solemnidad y me dijo al oído:

Has sobrevivido. Procura que no se te note la decepción.

No tuve ocasión de responderle. Una pareja quería que le firmase dos ejemplares, una antigua compañera de facultad insistía en recordarme un seminario sobre Unamuno al que, según ella, habíamos asistido juntos, y Clara hablaba con una mujer junto a la puerta. La observé desde la mesa. Parecía tranquila. Durante la presentación había hablado de mi novela con una precisión que me produjo gratitud y una cierta desazón. Escuchar a alguien explicar lo que uno ha escrito se parece a contemplar cómo registran tu casa: reconoces los objetos, pero empiezas a dudar de que te pertenezcan.

Cuando ya apenas quedaban asistentes, se acercó un hombre al que recordaba sentado en la tercera fila. Tendría algo más de cincuenta años, llevaba una chaqueta de lino demasiado seria para aquel calor y sostenía el libro cerrado entre las manos. Había formulado una de las pocas preguntas que no me obligaron a fingir que conocía la respuesta.

¿Daniel Lardón?

Asentí.

Álvaro Santisteban.

Esperé una explicación. A veces, después de una presentación, las personas se presentan como si su nombre debiera activar en nosotros un archivo secreto. Debió de advertir mi desconcierto.

Trabajo como agente literario. Por mi cuenta, desde hace unos años.

Me entregó una tarjeta de color crema. Nombre, teléfono, correo electrónico y una dirección cerca de Alonso Martínez. Nada más.

No sabía que hubiera agentes que asistieran a presentaciones de editoriales pequeñas —dije.

Por eso encuentro a algunos autores antes que los demás.

Sonrió sin vanidad. Aquella respuesta, seguramente ensayada, me gustó a mi pesar.

¿Tiene usted representante?

Tengo editor. Desde hace poco.

No es lo mismo.

Lo sabía, pero nunca había tenido necesidad de decirlo en voz alta. Santisteban miró el ejemplar que llevaba.

Quiero terminar de leer la novela con calma. Y me interesaría saber qué está escribiendo ahora, si tiene algo inédito.

Estuve a punto de responderle que tenía demasiadas cosas inéditas, algunas incluso por razones fundadas. Me contuve.

Siempre hay algo en un cajón.

Escríbame la semana que viene. No le prometo nada. Usted tampoco debería prometerme nada a mí.

Esa última frase terminó de convencerme de que, al menos, no era un embaucador corriente. Nos estrechamos la mano. Cuando se marchó, Clara apareció a mi lado.

¿Quién era?

Le mostré la tarjeta.

Un agente literario.

Clara la leyó dos veces.

Eso es importante.

Es una cartulina.

Daniel.

De buen gramaje, eso sí.

Guardé la tarjeta en el bolsillo interior de la chaqueta. Clara me miró con esa mezcla de paciencia y cansancio que empezaba a conocer demasiado bien.

Cenamos en un pequeño restaurante cerca de Conde Duque. El aire acondicionado funcionaba con una voluntad intermitente y las ventanas abiertas dejaban entrar el ruido de las motocicletas. Pedimos algo ligero, aunque a esas horas yo tenía más sed que hambre. Clara brindó por el libro, por la presentación y, después de pensarlo, por Álvaro Santisteban.

No brindes por él todavía —le pedí—. Podría dedicarse a vender seguros.

Ha visto algo en ti.

Ha visto una sala con treinta personas. En el mundo editorial, eso ya cuenta como una multitud.

Clara sonrió, pero no insistió. Durante unos minutos hablamos del acto. Me reprochó con afecto haber respondido demasiado deprisa a una pregunta; yo le dije que había presentado una novela mejor que la mía. Parecía una conversación fácil, la clase de conversación que uno imagina recordar con alegría muchos años después.

Entonces ella dejó la copa sobre la mesa.

Podríamos vernos más.

No lo dijo con dramatismo. Precisamente por eso me inquietó.

Nos vemos bastante.

Nos vemos cuando conseguimos encajar dos huecos. Siempre como si tuviéramos que justificarlo.

Los dos trabajamos.

No estoy hablando de agendas.

Miró hacia la calle. Un camarero pasó a nuestro lado con una bandeja de vasos y durante unos segundos solo se oyó el entrechocar del cristal.

Desde que me mudé —continuó—, todo parece más complicado. Tu casa, la mía, las llamadas, decidir dónde cenamos, cuándo te quedas… Podríamos ordenar un poco las cosas.

La palabra ordenar me puso en guardia. Hay términos domésticos que esconden revoluciones.

¿Qué significa exactamente?

Que no todo sea una visita. Que pases más tiempo conmigo. Tres días, cuatro… Que tengas algunas cosas en casa. Y yo podría quedarme más en Argüelles. Sin convertirlo en un acontecimiento cada vez.

Eso se parece bastante a vivir juntos.

No te he pedido que vivamos juntos.

Todavía.

Clara apartó la mirada. Comprendí que había elegido la palabra equivocada, pero en lugar de corregirme me refugié en la siguiente.

Sabes que necesito mi espacio.

Todo el mundo necesita espacio, Daniel. Tú necesitas una frontera.

No me parece malo conservar cierta independencia.

Tampoco a mí. No quiero vigilarte, ni compartir una cuenta bancaria, ni decidir dónde pones los libros. Solo quiero dejar de sentir que debo llamar antes de entrar en tu vida.

Todo el mundo debería llamar antes de entrar en la vida de otro.

En cuanto lo dije supe que aquella frase iba a permanecer entre nosotros más tiempo del que merecía.

Clara respiró despacio.

Ahí está el problema.

No levantó la voz. Hubiera preferido que lo hiciera. Su serenidad me privaba de la posibilidad de defenderme contra un exceso.

No te estoy rechazando —dije.

Ya lo sé. Rechazas todo lo que podría hacer que esto dejara de ser provisional.

No es provisional.

Entonces dime qué es.

No supe hacerlo. Podía hablar durante veinte minutos sobre la estructura de una novela, distinguir la soledad de un personaje de su aislamiento y explicar por qué un final abierto no es un final incompleto. Pero no encontraba una palabra para aquello que Clara y yo llevábamos años construyendo y deshaciendo con tanto cuidado.

Estoy bien contigo —dije al fin.

Eso no siempre basta.

Pedimos la cuenta. El camarero pareció sorprendido de que no quisiéramos postre. Afuera, el calor seguía pegado a las fachadas. Caminamos juntos hasta la esquina, sin tocarnos. Clara consultó el teléfono y pidió un coche.

Podías quedarte en casa —dije.

Me miró con tristeza, no con reproche.

Esta noche prefiero dormir sola.

Quise recordarle que había sido ella quien acababa de pedir más cercanía, pero me pareció una crueldad demasiado fácil. Cuando llegó el coche, me besó en la mejilla.

Escríbele al agente —dijo antes de subir—. No dejes pasar esto por miedo.

No pregunté a cuál de mis miedos se refería.

Volví andando a Argüelles. Al llegar, saqué la tarjeta de Santisteban y la dejé sobre la mesa del estudio. Tenía una llamada perdida de Marcos y un mensaje:

Ya eres un escritor visible. Mis condolencias.

Sonreí, pero no lo llamé. Abrí la ventana. Madrid continuaba despierta, indiferente a mi pequeño ascenso literario y a mi fracaso sentimental de aquella noche.

Sobre la mesa, la tarjeta parecía ofrecerme una puerta hacia una vida nueva. Clara, unas horas antes, había intentado abrir otra.

La primera me daba vértigo porque quizá condujera a alguna parte.

La segunda, porque sabía perfectamente adónde podía llevarme.

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