Cuarenta años de cárcel. Sin redención, de Manuel Avilés

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Hay autores que escriben sobre lo que imaginan y hay otros, como Manuel Avilés, que escriben sobre lo que han respirado. Manuel es, en esencia, un hombre que ha mirado directamente al abismo y ha decidido no apartar la vista. «Cuarenta años de cárcel. Sin redención» no es una novela criminal al uso; es una autopsia social de esa España más cruda que muchos prefieren ignorar. Manuel pertenece a esa estirpe de los que conocen los pasillos donde la luz no llega y los expedientes donde la esperanza se quedó sin tinta hace décadas.

Lo que hace aquí Avilés es, de entrada, un ejercicio de honestidad intelectual apabullante. Antes de entrar en las galerías, nos regala un repaso brillante por la historia de España; se nota que sabe de lo que habla, que ha masticado el pasado para entender nuestro presente. De ahí nos lleva a la posguerra, a su propia infancia en Huétor-Tájar. Es fascinante ver cómo los valores de la tierra, aprendidos en la escasez de aquellos años, le sirvieron de brújula cuando el destino lo puso al frente de las prisiones más complejas del país. Para entender su mirada sobre la justicia hay que viajar con él a ese niño que observaba la vida en el pueblo antes de cargar con las llaves de una celda.

Pero lo que realmente eleva esta obra y la saca del montón es la inmensa cultura que Manuel destila sin pretensiones. El libro es un diálogo constante con los grandes: citas de filósofos y ecos de la literatura universal que aparecen de forma natural, como el que recurre a un viejo amigo en busca de consejo. Es ahí donde se descubre al gran lector que ha sido y es Manuel; un humanista que ha necesitado a los clásicos para procesar la barbarie cotidiana. Esa biblioteca personal es lo que le permite entender que detrás de cada delincuente hubo una vez un niño, y que es en la historia —la propia y la de todos— donde a veces se tuerce el camino.

Hay un detalle que conmueve especialmente: esos prefacios al inicio de cada capítulo. Es como si el autor, antes de lanzarse a la dureza de los recuerdos carcelarios, necesitara rendir cuentas y escribirle una carta a una mujer. Esa destinataria se vuelve nuestra cómplice y nos permite ver al hombre que hay detrás del uniforme: al hombre que ama, que duda y que necesita explicar lo inexplicable. Esos fragmentos son el contrapunto de luz necesario para soportar la sombra del resto del libro.

No se puede entender la madurez de Manuel hoy sin volver la vista a aquel puñetazo sobre la mesa que fue «De prisiones, putas y pistolas». Si aquel libro fue una fotografía de lo que se cocía en España y en sus cárceles, directa y sin filtros, «Cuarenta años de cárcel. Sin redención», es el legado de un hombre que ha pasado de ser testigo a convertirse en el guardián de nuestra memoria más oscura. Manuel Avilés nos ha entregado una llave: no para salir de la cárcel, sino para entrar en la comprensión de nuestra propia naturaleza. Gracias por recordarnos que, incluso tras los muros, la palabra, la memoria y el amor son lo único que nos mantiene a salvo.

© Kika Sureda

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