Ojalá mi corazón fuese de piedra – Capítulo 30, final.

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El bastón de mando del alcalde —que vuelve a pensar, revolviendo su oronda y recia humanidad en el desvencijado sillón, cómo ha descuidado sus obligaciones en los últimos tiempos—, es un pesado garrote de madera de roble que le sirve para desahogar su mala sangre golpeando las tablas de pino del suelo de la casa consistorial. Pero cómo haría para superar ese cansancio. Para volver a la energía, la vitalidad, el ímpetu invencible de la guerra. Para recuperar todos los años pasados y perdidos. Para volver a nacer, simplemente.

   El trasiego de uniformados por el pueblo le resulta agotador. Sobre todo la presencia del recién llegado al mando, el capitán Ricardo Muñoz, y el enojoso y turbio asunto que le ha llevado hasta la sierra —la batida formada por más de cincuenta agentes en busca de Francisco Tomé, sospechoso del asesinato de dos guardias civiles y un vecino del pueblo que sigue sin aparecer—. Por no hablar de su media sonrisa irónica bajo el bigotito perfilado que es todo un recordatorio y un gesto acusador de su flagrante negligencia. Cómo no fue capaz de darse cuenta, cómo no descubrió, cómo no supuso que, decía continuamente, sin decir, con ese gesto. Se repetía la historia del avión cubano; con la diferencia de que aquello fue un accidente, una mala jugada de los elementos, y esto era su responsabilidad. 

    Contempla a través del cristal de la ventana los movimientos del capitán, que acaba de interrogar de nuevo al sobrino del viejo Teodoro y ya ni siquiera se digna a informarle de sus avances ni de sus intenciones. Otro error: la primera y única vez que vio de lejos a aquel individuo enorme pensó que se trataba de algún agente de paisano que venía a inspeccionar los restos del avión. Y resulta que es un hijo del pueblo, un vecino más desde hacía tiempo. Qué bien le vendrían sus servicios, cuando todo termine, en el ayuntamiento. Enciende el grueso cigarro que lleva un buen rato mordisqueando y suspira, aliviado. Acaba de tomar una decisión.

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© Ángel Calvo Pose. Todos los derechos reservados. 

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Madrid 1969. Publicó su primer poema en 1993, un alegato en contra del servicio militar obligatorio para celebrar su condición de insumiso. A partir de entonces colaboró y publicó relatos y poemas en diversas revistas literarias. Estudió Filología inglesa y Psicología en la Universidad Complutense de Madrid. Residió en Madrid, La Habana y Alicante, se dedicó a escribir guiones cinematográficos. Actualmente reside en Galicia, en una aldea al norte de Lugo, con vistas (si no hay niebla) al Cantábrico.

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